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Inicio / Cuenteros Locales / ANDRESCARNEDERES / El Eterno fluir del vacío

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:312139]

No he dejado de pensar en aquel día.
Aún reposa un alarido o un grito o tal vez un suspiro, al que no he podido dar vida. Aún se enmarañan en mi mente oscuros pensamientos, que me llaman traidor por querer olvidarlo todo, que se niegan a dejarme olvidar.
Pensará usted acaso: ¿Qué horrible suceso, o cuán macabra vivencia agobia a este hombre?; pero ¿acaso sé yo cómo calificar lo sucedido? No, no lo sé. No podría discernir entre si me aqueja nostalgia u horror, o ¿Acaso todo fue un sueño?
He divagado sobre esto demasiado, sin hallar otro resultado diferente a una creciente y profunda angustia que parece ceñirse al sinsentido. No seguiré rondando por mi mente, no quiero conversar con esa traidora, así que sólo me dedicaré a relatar lo sucedido.
Parecía ser temprano, porque el crepúsculo se veía nuevo y alegre, el de una mañana, no el triste y desolador que se despide en la tarde. En realidad todo me era confuso y extraño, el tiempo no transcurría, no tenía sentido, y no podía diferenciar entre un instante de existencia y otro, sólo había esa masa que se extiende y acosa, que parece dormir despierta en un eterno fluir. Desperté de ese sopor existencial (¿o acaso me sumí aún más?) y tuve conciencia de que la callejuela donde caminaba era muy larga, muy larga y no sabía en donde estaba, ni cómo había llegado. Miré a todos lados en un vano esfuerzo por ubicarme. Luego de instantes de desesperación seguidos por un triste sentimiento de resignación, apareció en el plano visual el alero de una casa, a guisa de redentor, ¡por fin algo conocido!. Efectivamente el alero me era familiar, era, era… Me sobresalté violentamente, ¡Estaba en aquel sitio! Empecé a temblar, el terror me apresaba fuertemente.
No sabía por qué pero este sitio me inspiraba un pánico absoluto: Jamás me había infiltrado en él, jamás me permitiría hacerlo, todo el mundo lo sentía y nadie lo veía, estaba ahí pero no podíamos entrar a él.
Era un sitio cualquiera, pero sentía en él la presencia de algo profundo e indescriptible, como un dominio-cosa que envolvía y se preparaba para atraparme, dándome la certeza de algo terrible e ineluctable.
Intenté huir, corrí y corrí. Era demasiado tarde la cosa estaba conmigo. Seguía en los mismos sitios pero no eran los mismos, eran, eran extraños, estaban vivos y me miraban. Corría mucho, no podía escapar de la cosa, la cosa, ¡la cosa era yo!, ¡se había hecho yo! Traté estúpidamente de librarme de mí, por esta torpe labor me descuidé del entorno acechante.
Cuando volví a mirar el lugar en el que estaba, noté impávido que había sido presa de una terrible mutación. Era una mutación inconcebible, irracional. Todos mis intentos por abstraer se convertían en marejadas de nuevas incoherencias vivas. Todo parecía apartarse de mí y a la vez encerrarme.
Presa del pánico, por la burla a mi razón, comencé a girar desesperado. No sé qué intentaba.
Comenzó a dibujarse una estructura, ¿un túnel? Sí, era un túnel, pero se extendía hacia abajo y conducía hacia arriba. No tenía entrada, sin embargo podía entrar, ¡No, yo no entraba!, yo salía, salía, era yo, venía. Se acercó a mí, me miró sin mirarme. Sus ojos tenían tal profundidad que no pude evitar estremecerme. Él era y no era, como una estela, y lo inundaba todo con su nada.
Me dijo algo que no comprendí, pero a lo que obedecí a la perfección.

¿Quién eres?- Dije.
Se rió con una risa impresionantemente triste, muy fría.
Sentí algo extraño, sentí que había hecho algo, pero no sabía qué, algo con mi boca, algo estrepitoso y convulsionante. No cesaba de reír. Interrumpió de golpe su risa y respondió:
-¿Cómo es posible, señor C, que no lo sepa? Usted me conoce desde siempre.
-¿A qué se refiere?- Dije.
Rió nuevamente y desistí de mi pregunta. Desconcertado pregunté:
-¿Dónde estoy? ¿Cómo llegué aquí?
De pronto me pareció muy familiar, muy familiar… Interrumpió mi pensamiento diciendo:
-¿Legar aquí? Acaso puede usted decir “aquí” o “allá”. Usted ha sido, este lugar ha sido con usted, desde el inicio.
Entonces comenzó a contarme su historia, que cruzaba por mi mente como un vívido dejavú. Pero, ¿por qué? Esto me desconcertaba aún más.
-Llegué aquí como sombra, fluí. Era un hombre, sumido en la profunda desesperación de un absurdo que yo mismo creé, me entregué al mayor absurdo, con un cuchillo. Mi muerte me sumió en el sinsentido de la razón que me llevó a buscarla. Mi condena no es por mi suicidio, es por huir del absurdo hacia la nada, el mayor absurdo; pero no hay condena, es sólo el absurdo.
-¿Quién es usted?- Le pregunté una vez más.
-Señor C., ¿aún no lo acepta? Usted lo sabe señor C., lo sabe. ¿No recuerda el cuchillo señor C.?
El cuchillo, ¡el cuchillo! ¡el cuchillo! La mano, la mano estaba viva, rebelde. La mano toma el cuchillo, corta a su hermana, el miserable se mira al espejo, se parece… se parece… ¡se parece a mí! ¡soy yo! ¡fui yo!
-Yo soy la cosa, señor C. ¿Recuerda quién es la cosa? Usted lo supo, usted es la cosa ¿Acaso ya no se reconoce señor C.? ¿No reconoce su infierno? ¿No nota dónde está? Mírese. Usted no habla, está solo.
Miré el sitio donde estaba de pie. ¡Yo no estaba ahí! Estaba al frente, en aquella figura sombría. Sólo estaba la figura sombría, sólo estaba yo, la cosa.
La cosa que hablaba con la cosa, que no hablaba, que no era, que fluía eterna, absoluta y muerta.


Texto agregado el 17-09-2007, y leído por 5 visitantes. (0 votos)


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