Fue una noche larga, que duro días enteros, en aquel pozo oscuro donde apenas nada se dilucidaba. Recordaba su voz, que a ratos le hablaba y algún roce de su mano. Su cara al principio borrosa se fue volviendo nítida y familiar con el paso de los días. Largas sesiones en las que ella hablaba y el la observaba hasta que llegó un día en el que Paula lo estudió detenidamente y decidió que no quería perderlo.
Se sintió desnuda ante él, relatando cada detalle de su vida, cada lágrima derramada, todos sus anhelos y sus logros mientras se fundía en la profundidad de su mirada. Llegó a la conclusión de que todo lo había vivido de forma intensa, sólo para poder explicárselo y le pareció que por fin había encontrado un sentido a su existencia.
Intentó sorprenderlo buscando llamar su atención y provocando que se sentara a escucharla. El la miraba fijamente, a veces con gesto contrariado, Paula adivinaba con facilidad su nerviosismo e intuía cuando conseguía sacarlo de quicio, aunque el intentara disimularlo y aparentar frialdad, ella sabia como lograrlo con indudable maestría. Prisionera de ansiolíticos y antidepresivos le gustaba fantasear con la idea de que realmente a el, ella le importaba, que no solo era su trabajo estudiarla e intentar sacarla de aquel infierno.
Lo esperó durante toda la mañana, como cada día. Se arregló el cabello mientras oía abrirse la puerta, tantas horas allí encerrada daban para pensar la estrategia a seguir, pero al girarse se quedó helada, pues no era el quien se acercaba hacia ella.
La enfermera le ordenó que se tomara las pastillas que le dejaba encima de la mesilla, amenazó con administrarle la medicación por vía endovenosa si se negaba a ello. Ahora que el no estaba se sentía indefensa, fue entonces cuando las paredes de la habitación empezaron a moverse y los objetos cobraron vida a su alrededor. Salto encima de la cama quería taparse con las sábanas y acurrucarse en posición fetal.
Gritó para poder escapar por la boca de ese encierro, escuchó sus gritos distorsionados, como si lo hubieran conseguido, su voz estaba lejos de sus oídos y cada vez le costaba distinguirla más. Sintió como se desdoblaba, la vista la había abandonado también, los colores se fueron desvaneciendo mientras se fundían unos con otros y ahora todo estaba oscuro. Un quemazón le recorrió todo el torrente sanguíneo, provocandole una respiración acompasada mientras perdía la conciencia creyendo haber escapado por fin.
Cuando él entro al día siguiente, se dirigió directamente a su cama. Observo que sus ojos miraban fijamente al techo, pero no fue capaz de distinguir los gritos de ella que cerraron la puerta tras de si.
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