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Inicio / Cuenteros Locales / robosar / La Línea imaginaria...

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Un regalo de humanidad…






En 1978 el rumor de un conflicto armado con Argentina obligó al ejército chileno a establecer una red de campamentos a lo largo de la línea de la Concordia: hito demarcatorio imaginario situado al norte de Chile. Eran tiempos de dificultades e incertidumbres, eran los tiempos del miedo...























La pacífica mañana que se cernía sobre la inmensa llanura desértica amainó con la abrupta irrupción de un helicóptero. Tras maniobrar a baja altura el aparato logró posarse sobre una explanada cercana al campamento. Desde uno de sus costados dos soldados saltaron ágilmente y ayudados por otros dos que quedaron arriba, comenzaron a bajar pertrechos y víveres. Al ir bajándolos, los conscriptos formaban dos pilas diferenciadas: en un sector se almacenaban paramentos y enseres militares, y en el otro una mezcolanza de cajas y cofres multicolores.
Mientas los soldados bajaban los últimos paramentos, una hilera de soldados en perfecta formación apareció por entre las dunas, dirigidos por la figura alta y fornida de un oficial que marchaba delante de ellos: la prestancia y la rudeza de sus maneras hacían evidente el peso de su autoridad. Al llegar al helicóptero, el hombre detuvo la marcha y señalando hacia la columna ordenó prestar auxilio a los soldados del helicóptero.
En esos momentos el rostro de un hombre extremadamente delgado se asomó por un costado. Tenía los ojos pequeños y atónitos. Vestía una camisa chillona, llevaba puestos unos pantalones blancos y sobre su cabeza un estrafalario sombrero de alas anchas. Su rostro: lampiño y pálido, remataba en un par de ojillos negros como de roedor cetrino. La pequeñez de su boca contrastaba con la prominencia de su nariz. Su cráneo ancho estaba cubierto de unos mechones ralos que caían sobre sus ojos los que, sin embargo, no lograban disimular su calvicie.
El hombrecillo permanecía estático y silencioso mirando con tímido semblante hacia los militares que lo escrutaban con rudeza. De pronto el oficial irrumpió desde la fila plantándose en seco delante del hombre. El oficial escrutó de pies a cabeza al recién llegado y éste sintiéndose intimidado por aquella presencia llevó instintivamente la mano derecha a la altura de su sien, cuadrándose ante el oficial:
-¡Cristóbal Muñoz Santelices: voluntario del cuerpo civil…, mi…, mi…, mi Sargento!
El militar lo fulminó con la mirada y atizado no tanto por la informalidad de sus maneras como por la inconveniencia de su aspecto, su voz atronadora vomitó el desagrado evidente que aquel hombre le prodigaba:
-¡Niños…: llegó el circo!-gritó con sorna, el oficial.
Sonoras carcajadas rompieron el ambiente. Aquella ironía concentrada en aquel grupo de uniformados acentuó la rigidez con que Cristóbal adoptaba la posición de firmes. La tirantez del momento unido a la nerviosidad del visitante se tradujo al fin en un chorro espeso de sudor que bajó por sus sienes caldeadas y expectantes.
-¡Eh, señor Muñoz, sígame!- Interrumpió, por fin, el oficial.





Cristóbal agarró sus trastos ayudado por los escoltas y caminando a paso ligero se internó rumbo al campamento. Al llegar a una zona de carpas, el oficial detuvo la marcha y señalando con su dedo índice hacia una de las tiendas, exclamó:
-¡Esta será su suite presidencial…!- Hizo una pausa, y luego, contorsionando su cuerpo en una venia grotesca, concluyó:
-¡Ah, y bienvenido al paraíso…, Mu…, Mu…, Muñoz!
El sarcasmo arrancó fuertes risotadas pero tras unos instantes el capitán demudó su rostro apagando abruptamente su expresión burlesca.
-¡Basta!- vociferó, serio.
Despachó a los escoltas, se volteó hacia el civil clavándolo con su mirada mientras éste acomodaba sus pertrechos al interior de la tienda; después hizo una mueca de desánimo y caminando a paso vivo desapareció detrás de una duna.
Mientras Cristóbal tomaba posesión de su habitáculo, el helicóptero de las provisiones levantó el vuelo y tras girar en semicírculo desapareció por el mismo punto por el que había llegado.
Cuando Cristóbal logró ordenar sus cosas, sintió de lleno el sopor de la tarde; entonces se tendió en el piso, puso bajo su cabeza tres gruesos libros que sacó del interior de uno de sus baúles y dando un hondo bufido se quedó con la vista clavada en el techo…
El campamento se emplazaba en medio de una gran hondonada. A lo largo del frente norte, seis piezas de artillería empotradas en la arena conformaban la batería de fuego; una y otra se interconectaban a través de una ancha zanja cavada a unos tres metros de distancia. Los tubos rozaban el borde de la cañada a un nivel suficiente para que los soldados pudieran servirse de ellas de tal forma que sus movimientos no delataran el mimetismo que las cubría. Sendas ametralladoras cubiertas por un tupido camuflaje guarecían ambos costados de cada pieza. Veinte metros detrás de la primera línea, una segunda zanja, más profunda y más fortificada, estaba dispuesta parea el parapeto del contingente de servidores ante un eventual ataque.
Durante el día el campamento era una gran mancha diluida a la distancia y el único rastro de actividad humana era el relevo de los centinelas que cada cuatro horas se desplazaban como una silueta compacta hacia los puestos de vigilancia. Para llevar a cabo su misión, la dotación de guerra del campamento la constituían un capitán de batería, dos tenientes de sección, un escuadrón logístico, seis comandantes de pieza y setenta y siete soldados conscriptos.
Cristóbal aún no terminaba de despabilarse cuando la irrupción abrupta de un soldado se interpuso delante de su tienda, sacándolo de su ensimismamiento:
-¡Tome!- le dijo-Mi capitán lo está esperando-.
El ordenanza dejó un raído uniforme y un par de viejas botas a la entrada de la tienda, marchándose luego tan pronto como había llegado. Cristóbal estiró su cuerpo para tomar las prendas y vestirse, pero antes de hacerlo un raro estremecimiento le hizo sentir que aquel acto de vestir el uniforme semejaba más un rito de bautismo que una simple acción cotidiana. Finalmente, Cristóbal se sobrepuso a sus escrúpulos y partió rumbo al campamento.
Al llegar al lugar de la cita, una actitud distinta se reflejó en los tres oficiales que lo aguardaban. La contemplación del civil vestido a la usanza militar logró abatir la naturaleza cáustica del capitán arrancándole una sonrisa fácil; luego el oficial se acercó hacia él y en un gesto casi paternal le palmoteó el hombro, intercambió una mirada de inteligencia con sus oficiales y exclamó:
-Ahora, sí, hijo, díganos: ¿En qué lo podemos ayudar?-.
La confianza que inspiraba el tono de su voz apaciguó toda desconfianza. Cristóbal, solícito a las preguntas e indagatorias del trío castrense, dio a conocer los propósitos de su presencia en el campamento.
El diferendo limítrofe con Argentina había impuesto al Ejército chileno la necesidad de movilizar sus tropas a lo largo de la línea de la Concordia. El establecimiento de una red de campamentos a lo largo de la frontera norte implicaba un constante estado de alerta lo que desgastaba la moral del contingente. Un número considerable de soldados conscriptos, espoleados ante la inminencia de la guerra, abandonaba las filas internándose en el desierto inhóspito. El Ejército, previendo el peligro que esto representaba organizó un plan especial para combatir la fiebre de desaliento que se cernía en la tropa y poner punto final a las deserciones.
Cristóbal Muñoz carecía de instrucción militar, pero tenía una vocación de servicio y un espíritu patriota que compensaba su falta de disciplina. Sus dotes de comediante, sus habilidades de mago e ilusionista y su talento para el canto y el baile fueron los atributos que le permitieron formar parte del plan general de moralización impuesto por el Estado Mayor del Ejército. El helicóptero que había despegado aquella mañana desde la base general de Iquique llevaba el fruto de aquel inaudito proyecto, encarnado en la figura de aquel fantástico misionero.
El capitán, después de informarse de los pormenores de aquella misión impartió instrucciones para la conformación de un grupo especial de trabajo poniéndolo bajo las órdenes del singular emisario.
Cristóbal Muñoz, con la ayuda de una cuadrilla conformada por nueve soldados hizo desplegar entre dos camiones aljibes en su parte posterior varios tablones que afianzó mediante listones; usando cartulinas tornasoladas, guirnaldas y paños multicolores que extrajo desde uno de sus baúles, hizo decorar el escenario y desplegó alrededor de la tarima siete focos de iluminación.
Poco a poco el ímpetu de los obreros permitió concluir la obra con el levantamiento de un improvisado escenario cuya realización satisfizo a Cristóbal quien, con las manos en garra, contemplaba a corta distancia la culminación de su trabajo, sin embargo la irrupción abrupta del capitán aguó de un golpe aquel momentáneo regocijo. Cristóbal lo saludó pero éste apartó su rostro hacia la tramoya, permaneció estático unos segundos y luego subió al escenario. Con evidente desgano el oficial inspeccionó detenidamente cada detalle de la construcción: verificó la firmeza de la plataforma, rozó con sus manos los elementos de utilería que la adornaban y al llegar al centro del tramado, fijó la mirada en derredor exclamando:
-¡Ahora sí…, que comience la función!-.
El tono solemne de su voz sonaba como un sarcasmo inconsciente: un malestar recóndito incrustado en las fronteras de la locura.
El oficial descendió de un salto, convocó a sus oficiales y acercándose a Muñoz, le dijo:
-Hijo, haga lo que tenga que hacer…mmm… Me apremian asuntos importantes… Verá: a esta manada de reclutas hay que cuidarlos como si fueran mocosos de pecho… Pero, en fin, si no fuera por ellos yo mandaría todo esto a la misma mierda… Pero ¡vamos!, Relájese. Está todo bien, ¿no? Bueno, bueno… ahora lo dejo... Discúlpeme, pero aquí vienen mis tercios-. Sus ojos reflejaron de pronto una extraña conmoción…
-Teniente Carrasco, queda usted al mando.- Prosiguió. -Releve a la guardia, distribuya las escuadras para la asistencia y organice la vigilancia. La retreta se hará dentro de una hora... avíseme para la cuenta-. Dirigió un saludo de compromiso y se alejó después silbando una melodía ininteligible.
A la hora señalada, las seis escuadras presididas por sus respectivos comandantes tomaron ubicación frente al escenario. Cinco minutos más tarde hicieron su ingreso los tres oficiales. Después de los honores de reglamento, el capitán de la batería recibió el parte oficial y al terminar de informarse de las novedades dio la orden de tomar asiento.
La luz del sol se fue apagando lentamente. La espera se transformó al cabo de unos instantes en un murmullo generalizado. Tímidos silbidos se sumaron al clamoreo general. De pronto, agazapada por la penumbra, la ansiedad de la tropa se desbordó como un reguero incontrolable: las protestas derivaron en insultos, las rechiflas se tornaron en abucheos y un caos generalizado se coló a lo largo y a lo ancho de las aposentadurías.
Cuando parecía que el desorden desbordaba todo límite, las destempladas notas lanzadas por una vetusta victrola acallaron las protestas.
Los focos que circundaban el escenario se encendieron de pronto envolviendo con vívidos destellos la figura estrafalaria de Cristóbal Muñoz Santelices: lucía unos lustrosos zapatos de charol negros, un brillante pantalón de lentejuelas y una pequeña chaquetita con borlas doradas e incrustaciones metálicas. Aquella aparición era como una imagen incubada entre las brumas de un paisaje onírico: era la culminación del largo periplo que había comenzado aquella mañana con su particular arribo y que ahora, vestido con ropas de gala, confería todo sentido a su presencia; él, como un insigne artista circense daba lo mejor de sí desenvolviéndose con increíble destreza y talento dejando perplejos a todos.
En un momento de su rutina, Cristóbal tomó una vara y un sombrero sometiendo a juicio el discernimiento de la audiencia. Hizo aparecer de la nada tres mazos de naipes, invocó la presencia del capitán y ante su mirada incrédula comenzó a efectuar una truculenta manipulación de las barajas. El oficial, pese a la agudeza de sus observaciones, fue incapaz de develar el secreto de aquellos juegos de prestidigitación. Sin duda, la exhibición de sus argucias había logrado sortear la línea del recelo para instalarse en un terreno más seguro; Muñoz tuvo plena conciencia de ello cuando en una pausa de su rutina escrutó la expresión azorada de los militares que, como moscas, caían atrapados por la telaraña mágica de su ilusionismo.
Después de una pausa, Cristóbal agitó los brazos, giró sobre sí mismo, y al terminar de dar la vuelta, desde su vientre aparecieron dos blancas palomas batiendo desaforadamente sus alas; abandonaron el improvisado lecho y remontando el vuelo desaparecieron entre las sombras de la noche. Un silencio estremecedor inundó el ambiente. Aquel cierre fantástico arrobó la emoción de Muñoz: sus humedecidas pupilas evidenciaban el sentimiento gozoso que brotaba desde lo más profundo de su alma artística. Después de unos momentos de expectante espera, el artista se deshizo en una reverencia tan digna y solemne, que el público, respondiendo ante aquél exhibicionismo de su honor, premió su actuación con una estruendosa ovación.
Después de los aplausos, Cristóbal dio inicio a un número de malabarismo; la limpia ejecución que imprimía a su acto acabó por derribar la opinión adversa del capitán que no podía menos que reconocer las virtudes de aquel hombre extraordinario.
Al finalizar la rutina, una nueva ovación repercutió en el ambiente; unos vibrantes aullidos de admiración y respeto dieron alas a Cristóbal para gritar a voz en cuello el anuncio de su siguiente número artístico:
-¡Ahora respetable público: un acto de equilibrismo!-
Después de su anuncio, que más bien parecía un desafío, Cristóbal se montó sobre un viejo monociclo y comenzó a efectuar una serie de evoluciones en torno al escenario. Al pasar cerca del baúl de utilería encorvaba el cuerpo y cogía un balón desde el interior. Repitió la maniobra en diez ocasiones procurándose la misma cantidad de balones, balanceándolos a medida que pedaleaba.
Aquél número era el más fiel reflejo de su destreza. Los orígenes de su talento se remontaban a tres generaciones de artistas circenses; pero además de aquella herencia, Cristóbal albergaba en lo más profundo de su ser una pasión que desde hacía muchos años se hallaba oculta en los meandros de su memoria: un desaforado amor por los libros.
En los primeros años de su vida, Cristóbal siempre encontraba la forma de robarle el tiempo a su itinerario para hundirse en los médanos de la imaginación y del conocimiento. Aquella fiebre literaria cimentó su oficio de equilibrista: la filosofía de los grandes pensadores y de los escritores clásicos apaciguó su personalidad díscola, otorgándole la parsimonia mental que necesitaba para estar en medio del alambre.
Cristóbal aprovechaba cada mudanza del circo para clavar anclas en los templos de la sabiduría: las bibliotecas. Como un impulso incontrolable el pequeño artista hurgaba entre las estanterías, escogía algún ejemplar y burlando la vigilancia conseguía incorporarlos a su propiedad.
En uno de sus viajes por el Caribe, Cristóbal hizo suya un compendio con las mejores obras de los escritores del Boom latinoamericano; en otra de sus andanzas por Centroamérica sustrajo desde los aposentos de un convento jesuita tres libros de teología. De esta suerte, Cristóbal armó su propia biblioteca casi sin darse cuenta, con una colección de más de seiscientos volúmenes.
Las constantes mudanzas del circo hacían difícil el traslado de sus libros, por lo que su padre no tuvo reparos en sacrificar al oso bailarín (que era una de las máximas atracciones) para armar con la jaula vacía una biblioteca móvil.
No era de extrañar que su padre tuviese tales gestos de desprendimiento pues los lazos sentimentales que lo unían a él estaban reforzados por una pérdida común: la madre de Cristóbal y que él jamás conoció porque un desangramiento persistente después del parto la fulminó para siempre en el lecho de una choza en la guajira venezolana.
Su padre procuraba mantener vivo el calor de su recuerdo colmándolo de atenciones y afectos, y en cierta forma aquel delirio de su hijo por la literatura se lo debía también a una especie de consentimiento consciente.
A pesar de la ausencia de la madre, Cristóbal llevaba una existencia feliz y sin privaciones. Sin embargo, la placidez de aquel mágico mundo había de desbaratarse abruptamente una tarde cuando su padre, en plena ejecución de un acto de equilibrismo en altura, perdió el dominio de sus piernas cayendo hacia el vacío. Cristóbal jamás olvidó la imagen de su padre descalabrándose contra la pista del circo y menos aún el júbilo del público infantil que estalló en risas inocentes.
Aquel terrible despojo taló para siempre el bosque de sus sueños. Cristóbal, llevado por el peso inmenso de la desolación, arrumó en un rincón apartado todos sus libros, encendió un fósforo y lanzándolo contra la pila incineró todos los fetiches de su infancia. Sin embargo, el azar libró de las llamas a dos libros de cabecera que Cristóbal guardaba celosamente en la gaveta de su velador. Solo cuando la hoguera no era más que un montón de cenizas, Cristóbal se acordó de ellos. Se dirigió a su tienda y tomándolos con el corazón aún encendido por la cólera, los llevó hasta la pira; no obstante, una ráfaga de indecisión le frenó el impulso a último momento. Uno de ellos era un libro de Freud con su cubierta intacta y el otro, un viejo ejemplar en cuya carátula la palabra “Zarathustra” era la única huella de legibilidad que le quedaba al título: Cristóbal no pudo explicarse jamás los motivos de aquella retracción.
Después de evolucionar una y otra vez sobre el escenario, un fugaz e inesperado deslumbramiento de inconsciencia desbarató su concentración. En un instante tan imprevisto como fatal, Muñoz estiró el cuerpo para seguir la trayectoria errática de un balón: aquel milimétrico desplazamiento le descompuso el equilibrio lanzándolo delante del escenario. Un silencio impenetrable siguió a la caída...
Cristóbal logró incorporarse lentamente. Se apoyó sobre sus manos y escrutó el rostro anodino de los tres oficiales que lo miraban a su vez con una mezcla de perplejidad y lástima. Se puso de pie. Caminó lentamente subiendo al escenario con el rostro demudado. Una gran conmoción lo invadió por completo pues vislumbró la profunda rotura de la línea imaginaria que había logrado establecer con los espectadores.
Se mantuvo varios segundos inmovilizado. Tuvo que asilarse en el muro de la indolencia para campear el vendaval de burlas que provocó su caída. Trató de responder. Tenía que zafarse de la situación a toda costa, desembarazarse de la vergüenza y tornar la vista hacia adelante para ver la cara del chusco que hurgaba entre sus ropas y que logrando desembrollarse de sus risotadas cerraba el ojo y enfocando directamente hacia el escenario lanzaba resuelto la estocada réproba, simbólico depositario de todas las burlas de esa turbamulta de energúmenos rodando asimétrica en torno de la naranja imperfectamente redonda que férrea en su trayectoria pasaba silbando las cabezas y cruzaba como una exhalación delante de los tres oficiales de artillería que apostados en sus palcos de honor veían cómo la presteza del apuntador lograba que el irregular y anaranjado proyectil señalara el fin de su itinerario espacial estrellándose certera y furiosa contra la atónita faz de Cristóbal Muñoz Santelices.
Fue sólo el comienzo, la chispa que encendió la hoguera. Los demás soldados aunados por un fraternal sentimiento de camaradería se sumaron al tirador vomitando los escupitajos de su desprecio: una miríada de objetos caía sobre el entablado circense convirtiendo su superficie en un muladar. El bombardeo amainó cuando la certeza empírica de los espectadores constató que muchos de los proyectiles habían dado de lleno en el blanco.
Con una calma prodigiosa, Cristóbal se limpió el rostro. Ante los demás y también ante sí mismo tuvo la más cruda sensación de inutilidad, no por consecuencia de su descalabro equilibrista sino por el hecho de encarar por vez primera el abismo inescrutable de su vacuidad.
Hasta ese momento, Muñoz había vivido al amparo de un albedrío que a pesar de las circunstancias adversas trazaba una existencia sin sobresaltos. Pero ahora la duda vital era atenazada por el traspié, lo ponía a la vera de una encrucijada urdida maquinalmente para saltar años de olvido y encallar en las profundidades de un viejo dolor.
Se incorporó. Se sobrepuso a sí mismo. Tomó las riendas de su voluntad y dando un corte decisivo a los hilos que lo sujetaban, salió del charco de su derrota y se plantó en seco en medio del escenario...
Arqueó las piernas y separó ligeramente las rodillas. Clavó la mirada hacia un punto imaginario situado más allá del área iluminada por los focos. Levantó los brazos, empuñó las manos y luego, bajándolas lentamente, las puso a ambos costados. Levantó el talón derecho depositando el peso de su cuerpo sobre la punta del pie. Con un leve movimiento, Cristóbal deslizó su pie izquierdo trazando un semicírculo paralelo al que le servía de apoyo. Minúsculas gotas de sudor rodaron por sus mejillas. Aspiró una bocanada de oxígeno y exhaló después con profusión.
Cristóbal comenzó a golpear la superficie del estrado: primero con la punta de sus zapatos y luego con sus tacos. Con cada golpe, la superficie respondía con un sonoro tic-tac. La rapidez de la ejecución arrancó un sonido en ráfaga. Un silencio sepulcral se apoderó de los presentes ante aquella arremetida del artista.
La delicadeza de sus movimientos y la gracilidad de su figura habrían convocado por sí solos la mofa fácil de la concurrencia; pero era tal la majestuosidad de su exhibición que bastó apenas unos segundos para que la ácida actitud de los espectadores se trocara abruptamente en una admiración sincera.
Cristóbal había recobrado el dominio de su voluntad; ejecutaba el zapateo americano con tal garbo y apostura que no fue difícil percibir el hálito adulador que brotaba desde las aposentadurías. El rigor de sus músculos y la perfecta sincronía de sus desplazamientos hacían de él un prodigio de motricidad y coordinación.
El capitán hurgó en el silencio de sus reflexiones, navegó a través del mar de su resentimiento y recaló en la ínsula más remota e inhóspita de su universo emocional: la víscera del desprecio con la que tradujo palabra por palabra la consistencia de sus sentimientos:
-¡Payaso!-Musitó.












2da parte.-












Cristóbal no percibió el ronco sonido que arreciaba en el horizonte. Una fuerte vibración en las alturas fue desbaratando gradualmente la atención. No fue el estallido del proyectil lo que borró el hechizo del baile, sino la violenta resurrección de los sentidos cuando la onda expansiva de la bomba desarraigó brazos y piernas…
La terrible detonación volatilizó los cuerpos de los tres oficiales. Una lluvia de esquirlas esparció acero fundido contra los espectadores. Cuando al cabo de un rato la fronda de los gases se difuminó, un fangal de rastrojos humanos se desperdigó sobre el terreno. El espectacular impacto había borrado de la faz de la tierra las tres primeras hileras de espectadores.
Fuera de aquella zona letal una veintena de soldados de debatían en una horrenda retirada, arrastrando ululantes sus cuerpos mutilados. Algunos sostenían casi por instinto el racimo florido de sus entrañas y erráticos en su deambular caían de bruces al suelo. Otros, se revolcaban como animales heridos, estragados por los gases de la deflagración.
Después de un instante que pareció una concesión arbitraria de la muerte, una conmoción en el cielo despedazó el celaje negro de la noche con el filo de mil cuchillos.
Una granizada de proyectiles se precipitó sobre el campamento con el estruendo de una tormenta. El ataque sorpresa descerrajado por el enemigo caía con un ímpetu devastador y los escasos defensores que aún sobrevivían desplegaban esfuerzos sobrehumanos para restablecerse al holocausto.
Frenética y desorientada, la línea defensiva corría en desbandada hacia los puestos de combate. Nueve soldados que conformaban la guardia perimétrica apenas si habían tenido tiempo para deshacerse de sus fusiles y abalanzarse despavoridos hacia las seis piezas de artillería emplazadas en la vanguardia; uno de ellos ajustó como pudo los niveles, calculó la distancia y dándole a la pieza el alza que le pareció adecuada a la emergencia, no esperó a que el sirviente tirara del disparador sino que él mismo dando un brinco desesperado desplazó con un codazo al horrorizado conscripto y con todas sus fuerzas jaló de la cuerda. El proyectil de 55 mm salió del ánima dando una violenta sacudida a la pieza, hundiéndola en la arena. Cuando el conscripto logró ponerse nuevamente a punto de tiro, una estruendosa explosión lo levantó de su sitio junto a los soldados que lo acompañaban, pulverizándolos.
El grupo de reacción, a pesar de las numerosas bajas, logró reagrupar a algunos hombres en torno a la zanja de protección. El nido de las ametralladoras respondía bien a las exigencias de defensa frente a un ataque convencional; pero la formidable maquinaria bélica del enemigo hacía risible y anacrónico todo amago de resistencia. Los defensores fueron cayendo uno a uno cercenados por el poderío de la batería adversaria.
Diez kilómetros al norte, el campamento enemigo era un bunker bien apertrechado y contaba con una batería de fuego compuesta por nueve obuses de 155mm y cuatro enormes piezas de fabricación israelí de 300mm de diámetro, cuyo tronar las convertía en verdaderos cíclopes vomitando fuego a través de sus bocas metálicas.
Instantes previos al ataque, cuatro comandos, -silenciosos e inmóviles-, acechaban los movimientos del enemigo. El militar que comandaba la expedición ajustó sus binoculares. Recorrió con mirada atenta cada rincón y cada detalle hasta que su mirada se encontró con la imagen de un hombre que, entre bastidores y candilejas, se descomponía en una serie de giros inverosímiles. La singular visión, sin precedentes en los anales de la guerra, minaba los fueros de la estrategia militar.
Cuando el oficial se recobró de la sorpresa, esbozó una sonrisa. En el más absoluto silencio se acercó al que estaba tendido a su lado, tomó el equipo de radiotelefonía, llevó el micrófono a sus labios y susurrando sílaba por sílaba el mensaje en clave, los aires de la noche parecieron estremecerse ante el fatídico enigma:
-“El gavilán ha abandonado a sus polluelos…el gavilán ha abandonado a sus polluelos…”-
Cuando la señal se decodificó en la frecuencia de los aparatos receptores, el tiempo pareció detenerse. Luego de la conmoción de aquel primer instante, la lucidez recobró la simétrica secuencia de los segundos cuando el cronómetro del comandante enemigo inició la cuenta regresiva. Un profundo estremecimiento recorrió como un reguero desbocado las venas del trémulo batallón de artillería. Antes del último segundo, aquella espera impaciente que mortificaba el alma se desbordó por entre las manos de un sirviente de pieza, haciéndole arrojar un proyectil antes de tiempo…

La luna, que hasta entonces había permanecido oculta, asomó su rostro melancólico entre las nubes, llamada por el fragor del rebato; pero un terror profundo la borró de la faz de la tierra al contemplar la barbarie que se consumaba.
Los espolonazos de la artillería hacían inútil toda acción defensiva. El ejército del norte asestaba el golpe masivo y furioso cuya mira fijaba el hito de campamentos chilenos surtos a lo largo de la Línea de la Concordia.
Decúbito sobre el tablado, Cristóbal Muñoz se sacudió la arena que lo cubría. Se incorporó como pudo. En ese instante, los dos camiones cisterna volaron por los aires impulsados por la detonación de dos certeros proyectiles. Una humareda gris coronada en una ígnea llamarada envolvió el fuselaje de los vehículos, cayendo a ambos costados del escenario.
La flama que los camiones vomitaban desde sus tanques de combustible no era sino un nuevo martirio a su capacidad de resistencia. Las llamas le ofrecieron la dantesca imagen del campo de batalla: cuerpos informes y moribundos se arrastraban en medio de un paroxismo generalizado. Cristóbal oteaba desde aquel regazo incólume sin dar crédito a lo que estaba viendo. El escenario circense era el único rincón vedado a la furia enemiga; parecía que la zona de ataque se diseminaba a partir de aquel punto y todo lo que lo circundaba caía bajo el fuego implacable de la artillería, pero a pesar de ello Cristóbal lograba campear ileso aquel vendaval de furia.
Ante aquel panorama de horror, Cristóbal albergó el convencimiento falaz de que todo aquello no era más que las imágenes delirantes de su peor pesadilla; sin embargo, la evidencia de la masacre que se vislumbraba entre las flamas fulminó de un golpe aquella certidumbre. Entonces, abrumado por el peso de la desolación, Muñoz se echó de bruces al suelo.
Pero en aquellos momentos algo indefinible y supremo surgió en lo más profundo de su alma. Fue quizás su desfallecimiento moral lo que atizó en sus entrañas el profundo deseo de sobrevivir; espoleó con una valentía sobrehumana todos sus miedos y temores emergiendo después hacia la superficie de la realidad. Con la templanza de un mártir, Cristóbal se cubrió con la coraza deslumbrante de su propio valor.
Dejándose llevar por aquella inspiración, el artista se sacudió el polvo, se abrochó los zapatos y se plantó en seco en medio del escenario.
Cristóbal comenzó a dar golpes de punta y taco. La vehemencia de sus tañidos arrancó un sonido en ráfaga esparciéndose como un chasquido de metralla. En medio de las explosiones su silueta adquiría una presencia sobrenatural pues a pesar de los anunciadores monólogos de la muerte, el arlequín lograba aferrarse al escenario con todas las fuerzas de su espíritu.
Un frenético desborde de energías vigorizó sus glándulas anegándolo en sudor. Cristóbal miraba fijamente hacia adelante desafiando con sus giros y despliegues a un enemigo distinto del que se aproximaba. Abría y cerraba los ojos con cada arremetida. La fuerza del zapateo le despedazaba la punta de sus pies. Dominado por el ímpetu de su danza, un hilillo de sangre comenzó a escurrirse por entre sus suelas irisando la tarima de un color carmesí. Su alma dirigía la comparsa de sus latidos dejándose llevar por las improvisaciones de su alma coreográfica ejecutando un baile sin parangón.
A cien metros de distancia, la infantería invasora apuraba la marcha prorrumpiendo en un chivateo ensordecedor. La horda arrasó la zanja de las ametralladoras rematando a los últimos defensores a punta de corvo. A pesar de la humareda y de los disparos postreros de la artillería, el pelotón avanzaba en desbandada trasponiendo todos los límites de lo imaginable pues ya no era la escaramuza del asalto la razón de ser de aquella sinrazón, sino la ira corporizada en la falange que se precipitaba hacia el fondo del campamento.
Muñoz lo percibió nítidamente por la silbatina de las balas que rasgaban el aire; pero lejos de amilanarse, Cristóbal aspiró lo que más pudo de aquel aire casi irrespirable e infundiendo más brío aún a sus movimientos, enfrentó a sus enemigos con una determinación suicida.
Como un torrente avasallador la algarabía de los infantes de guerra aplacaba el quejido de los moribundos. Por un momento, el bailarín creyó posible sortear el espolonazo que se le venía encima; pero el toque de zafarrancho que se oyó a corta distancia lo disoció de aquel pensamiento abriéndole los ojos una vez más para ver cercanas las descargas de fusilería brillando como ojos fulgurantes.
Una granada de mortero se coló a un costado del escenario incrustándose contra el blindaje de uno de los camiones que todavía humeaban. A pesar de la inminencia del asalto, los movimientos del bailarín eran alentados por una devoción que era más grande e imperativa que su instinto de supervivencia.


La horda rasgó con sus bayonetas la tela gris que rodeaba al escenario. En ese momento una decena de soldados de la primera línea cayó de bruces al suelo sembrado de cuerpos deshechos. En medio de aquel charco de sangre, muchos se arrodillaron y dirigiendo la mirada hacia adelante vieron a un palmo de narices la efigie de un hombre, un hombre extraordinario, golpeando con una furia descomunal un desvencijado proscenio y ejecutando como ningún hombre lo haría jamás, un deslumbrante baile de tap.
Un sentimiento de perplejidad se apoderó de la cuadrilla. ¿Era posible concebir, en medio de una acción bélica, tamaña situación?
Aquel hombre cubierto de harapos acribillaba el escenario con sus mandobles de danza enmudeciendo al incrédulo séquito de beligerantes. La impecable faena del artista exhibiéndose en la plenitud de sus facultades alentó el sentimiento alborozado de un oficial que se abrió camino entre los soldados, aplaudiendo. Muchos se adelantaron a cualquier interpretación y soltando una carcajada estrepitosa dieron rienda suelta a sus burlas, trocando el ambiente en otro muy distinto de aquel que animaba Muñoz desde el estrado.
Nadie se percató tampoco del cholo que se había adelantado al resto. Caminó unos metros y apuntando con su armamento descerrajó un tiro sobre el bailarín. El sonoro estampido estremeció la noche incrustándose de lleno en el muslo derecho de Muñoz; pero el artista no perdió pie y a pesar del certero impacto continuó desplegando sus movimientos casi sin inmutarse.
A pesar de su denodado propósito, su pierna acusó la herida haciéndole tambalear y tras perder el equilibrio, cayó pesadamente al piso. Una sonora risotada siguió a la caída. Cristóbal, herido en su orgullo, volvió a reacomodar el cuerpo y poniéndose nuevamente en pie, retomó los movimientos de su heroico zapateo.
La pérdida de sangre aminoró la fluidez de sus movimientos restándole elegancia a sus evoluciones; aún así, Cristóbal lograba infundir a sus extremidades la vitalidad necesaria para seguir arrebatándole sonidos al desportillado tablón que a esas alturas más bien parecía proferir quejidos de lamento.
El bailarín respiraba entrecortadamente. Las risotadas celebraban el desenvolvimiento del sangriento espectáculo lanzando exclamaciones de delirio. Cuando parecía que aquella juerga estrepitosa rayaba las fronteras de la locura, un pelotón de comandos atravesó al trote el grueso de la tropa formando una hilera en formación de tiro delante del escenario. Desenvainaron las bayonetas y alistaron sus fusiles. Excitados por el fandango de la crueldad abrieron nutrida descarga contra el escenario irreal; el propósito implícito de aquellos bárbaros buscaba realzar la actuación del artista con un acompañamiento de fuegos artificiales.
Las balas tronaban mordiendo con el filo incandescente de su trazadura la maltrecha humanidad del danzarín. A pesar de los estragos de la fusilería, Cristóbal logró incorporarse nuevamente y encarando con una valentía sobrehumana al pérfido tropel de fusileros que lo apuntaban como a un pato de feria, redobló sus movimientos.
Fijó la vista hacia delante y vislumbrando entre los fuegos unos inmensos ojos que le observaban no supo si era la mirada obscena de la guerra o su odio hacia ella la que estaba del otro lado de las descargas. De pronto, una flecha del anhelo bajó a horcajadas a través de la estela gris de la humareda; se clavó límpida y precisa en el alma del artista, y entonces comprendió. Como hijo ilegítimo de una realidad que no le pertenecía, frente al odio de los que lo asediaban, un maternal instinto se apoderó de él. La nutrida descarga no amainó siquiera cuando, Cristóbal, tocado por aquel rayo beatífico, abrió sus brazos y fijó la mirada sobre el pelotón de tiradores que se arrodillaban: el golpe de gracia agazapándose en la arena. Respiró dificultosamente y sin dar indicios de desvanecimiento, el bailarín aprovechó esa leve pausa para ponerse nuevamente en pie.
Una mancha púrpura atravesada en medio de su pecho caía a borbotones deslizándose por entre sus piernas flexionadas, desaparecía detrás de sus talones y rodeaba en un charco su encorvada figura. A pesar de su extraordinaria fatiga, Cristóbal logró levantar el pie derecho e incorporándose hacia adelante logró trocar aquel esfuerzo en un golpe seco; la fuerza del tacazo levantó minúsculas gotas de sangre que embadurnaron el rostro atónito de los soldados más próximos. Un silencio inescrutable se apoderó del ambiente... Con un quebranto desgarrador, Cristóbal entró definitivamente en los anales del heroísmo. Los soldados, sin embargo, interpretaron aquel gesto como una provocación deliberada y cogiéndolo a fuego cruzado derramaron las últimas gotas de su iniquidad…

Las tenazas de plomo barren el toldo detrás del escenario. El odio exacerbado arroja flama a través de los fusiles. El fragor de los disparos silba como un lamento al abandonar el hermético casquete; muchas vuelan sin dirección desperdigándose entre las dunas. A pesar del ensañamiento, unas cuantas logran sortear la valla del azar, trazando certeras trayectorias que se incrustan precisas y letales sobre la mortaja de carne destazada que es Cristóbal Muñoz. Garras invisibles parecen cercenar sus miembros, le arrebataban las fibras de su carne y lo destazan como a un animal de presa. Pero a pesar del desenlace inminente, a pesar del nubarrón lluvioso que forman los fusilazos, aún es posible ver las cadavéricas contorciones del bailarín cuyas cárdenas mortajas que se descuelgan de su cuerpo, recubren la tarima púrpura del estrado. Sin embargo, aquella postal de pesadilla no impide que el escuadrón de asalto redoble la descarga, esta vez sí dispuestos al exterminio total.

El pelotón de fusileros, la vanguardia y el grueso de la reserva son ahora un solo cuerpo: una bestia de mil caras repetidas vomitando metralla. Esta vez sí, las violentas andanadas caen sobre el escenario, tronando, irrumpiendo con salvajismo. Bocas que se abren, ojos que vomitan odio, músculos que ya no responden: fatiga en los brazos, pólvora en el corazón…, y la cara del comando que blande la granada, vocifera, despotrica contra el chileno maricón.
El estallido que parte la noche, que mutila miembros, que lacera la carne viva. Cuerpos que son lanzados por los aires friendo la humanidad en la flamígera flama y la mano suicida enarbola aún la argolla letal en una muda y anónima protesta, en una indignación que se palpa en el aire, vociferando, clamando…como diciéndote a ti, a tu madre, y a todos los hijos de la gran puta…: Ahora sí…, ahora sí... ¡la función debe terminar!
















Texto agregado el 21-09-2007, y leído por 19 visitantes. (0 votos)


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