LA LEPISMA
Entonces recibí el libro de la mano del ángel, y lo devoré; y era en mi boca dulce como la miel, pero habiéndolo devorado, quedó mi vientre lleno de amargura. (Apocalipsis 10,10)
A la mamá de Juliana Babilonia, la había matado un monstruo, pero su padre encerró a la bestia, en el sótano de la casa.
Juliana Babilonia no conoció a su madre. Creció temerosa y creyéndose la historia de la fantástica muerte de su progenitora. Fue el papá quien se la contó, y desde aquella espeluznante revelación, su tierna infancia, irreversiblemente se marchitó; tornándose triste y solitaria. Juliana nunca vio al monstruo, pero muchas veces se lo imaginó alto como dos hombres y tan fuerte como diez. Debía ser así, de imponente, de lo contrario ya su padre lo habría liquidado, en vez de hacerlo prisionero en las entrañas de la casa. Por otro lado, la apariencia de la bestia, sí la tenía bien clara, pues, Diomedes, (su padre) le confirmó que era igual a las lepismas; esos insectos de hábitos nocturnos que roen el papel, de cuerpos cilíndricos cubiertos de escamas plateadas muy tenues, cabeza pequeña y largas antenas, con el cuerpo terminado en un afilado apéndice flanqueado por otros dos más pequeños, y que huyen rápidamente al abrir algunos libros viejos.
Beatriz, (la madre) falleció; aunque tal vez no de la forma quimérica que Diomedes pretendía hacerle creer a su niña. Resultaba evidente entonces que le ocultaba algo importante tras la puerta que daba al sótano; allí, donde la verdad descansaría segura, en el obscuro y subterráneo mundo de "la lepisma". No obstante, Diomedes tuvo a bien, jamás prohibirle bajar al sótano, pues, prudente como éste era, sabía que para cualquier mortal, no existía nada más tentador que aventurarse a lo prohibido. Además, la sola idea latente, de un monstruo vagando en la mente de un niño, bastaba para ahuyentar toda precoz osadía.
Durante un quindenio, la estratagema de Diomedes funcionó muy bien, hasta que la niña temerosa, se convirtió en una mujer temeraria; fortalecida por el odio, a ese enemigo oculto que ocupaba más lugar en su mente, que el amor al padre en su corazón. Fue entonces que, un día la curiosidad parió al gato, y Juliana, armándose de valor (además de un filoso cuchillo de cocina y de la mezquina luz de una linterna), abrió al fin la puerta e inició lentamente el descenso hacia la lobreguez del sótano, bajando por los quejumbrosos peldaños de la escalera; y llevada de su suerte, exploró los recónditos muros de la pieza, arrastrando consigo el lastre de su temprano temor infantil, hasta que, repentinamente se topó con la única cosa apreciable que merecía ser rescatada del hediondo suelo: Una vetusta biblia.
Cuando tuvo el libro en sus manos y lo alumbró con la linterna, una pequeña lepisma (que surgió de entre las páginas) la asustó tanto, como para soltar un grito despavorido y, con el susto dejó caer la biblia, retornando nuevamente al suelo. De improviso, toda la pieza quedó iluminada con la rubia luz de una bombilla que, únicamente podía encenderse desde afuera. Juliana entonces, tuvo la certeza de que el papá la sospechaba, dentro del sótano. Pasaron algunos silenciosos minutos, de una tensa calma que le pareció sofocante; pero viendo que su padre no evidenciaba las menores intenciones de bajar (ni para asomarse a la puerta), aliviada volvió a recoger la biblia, y hojeándola halló en ella viejas cartas que Beatriz, (su mamá) había ocultado, con la esperanza de que alguien, algún día las encontrase. Con sólo tocarlas, Juliana sintió una explosión de júbilo en el alma, que iluminó su mustio semblante; y sin perder más tiempo, comenzó a leerlas, una a una; pero mientras más leía, la feliz dulzura inicial, se fue corrompiendo, hasta hacerse tan amarga como el intenso sabor del odio, porque todas las cartas le contaban que su amada madre había pasado los últimos ocho meses de su vida encerrada entre los muros de ese frío sótano. Por lo tanto, no le fue muy difícil (a Juliana) deducir que su propio padre era y fue siempre, el único cruel monstruo asesino de esta fatídica historia.
Juliana empuñó el cuchillo, fundiéndose con él, y enloquecida de ira subió presurosa las escaleras (dominada como por una monstruosa bestia que despertaba a la vida, insaciable sed de venganza en su interior); y cuando tropezó con su padre, que la aguardaba sereno detrás de la puerta, lo mató asestándole más de treinta cuchilladas en el pecho, sin que éste le ofreciera la mínima resistencia.
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Es posible que toda nuestra efímera vida haya sido escrita proféticamente por la ubicua mano de un anónimo autor, en un libro vedado para nuestros ojos, para que no podamos cambiar lo impreso en sus páginas. Éste sería uno de esos libros de la vida, y sus oscuros personajes, las ciegas lepismas que lo roen:
Veinte años atrás, la mamá de Juliana Babilonia, asesinó a su pérfida hermana; después que la encontrase desnuda en la cama junto a su marido (Diomedes). Al borde de la locura y por temor a matar también a su esposo, Beatriz bajó al sótano (por su propia voluntad) y no volvió a salir de ahí, con vida. Diomedes jamás bajaría por ella, debido a la claustrofobia que padecía, pero durante ocho meses cuidó de su esposa proporcionándole, agua y alimentos, que le arrojaba desde lo alto, a través de la puerta del sótano. Durante todo ese tiempo, Beatriz le ocultó su embarazo, y cuando Juliana vino al mundo, Beatriz falleció.
Alertado por el llanto de la bebé, Diomedes, venció a su fobia y descendió hasta el sótano para rescatar a su hija... el resto ya es historia conocida.
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