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Inicio / Cuenteros Locales / bakerstreet / No es un adios

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Esa mañana no tuve que despertarme, puesto que no había dormido. Si me acosté, pero no dormí. Solo fueron horas boca arriba, mirando el techo sin nada que mirar, sin siquiera mirar. Creo tampoco haber pestañeado, no lo sé, porque mis ojos estaban secos de antes.
La voz de mi viejo, suave pero como siempre firme, me hizo saber que esa pesadilla había terminado, pero solo para darle paso a otra peor. Me senté en la cama y a pesar del frío no me vestí, aun me dolían los nudillos por tantos golpes; y en el suelo yacía la remera del día anterior, roja de sangre, blanca de algodón, rota por mis dientes y tal vez algún agarrón. Esa imagen nunca se borrara de mi cabeza, por mas que quiera, por mas que queme la remera como había pedido que lo hagan.
Con lagrimas en los ojos y algo acurrucada por el frío, mi vieja me dice:
- Vamos Javier, vestite que te están esperando. ¿Seguro que querés ir? -.
Sin hablar le conteste, una simple mueca para ella es suficiente, como calculo que debe ser con todas las madres, siempre ligadas a nosotros, los hijos.
Entre tosídas y costosas respiraciones que me provocaba el pecho cerrado, (no sé si a causa del frío o del doloroso cólera, o tal vez de una mezcla de los dos, mas el intenso dolor), me rehuse a comer o tomar algo. No tenia hambre, tal vez un poco de sed, producto de los gritos del día anterior, pero mas que nada quería evitar relacionar la tragedia con el sabor del mate cosido con galletitas de agua.
Tras una palmada y un – vamos, vamos -, en un tono por demás de alentador de mi viejo, atravesé la puerta y salí. El frío se metió en mi rápidamente y dos pasos después me dolía la nariz. Desde que salí de mi casa, hasta que subí al auto, sentí la tibia sensación que alguien me empujaba e incitaba a que vaya; no creo en los fantasmas, pero creo en él.
Cerré la puerta del auto casi sin fuerzas, un silencio espeluznante hizo propagar el eco del ruido al cerrar. Segundos después del eterno eco, me saludaron, fríos como la tarde, quebrados como el hielo.
– Chavis – dijeron.
– Chicos – respondí yo y nadie hablo mas.
Por un instante pense en decir algo, pero escuchar a Melo llorar me hizo callar. Yo no lo veía porque estaba delante de mí, ambos sobre el lado derecho, ambos sin consuelo. También me imagine su rostro, su demacrada apariencia de destacadas ojeras y rojas narices de tanto soplar. En su caso seguramente lastimada. Agache la cabeza mientras el auto retrocedía para salir de las eternas huellas previas al garaje de mi casa, que tantas veces nos vieron pasar, y ni bien avanzo, muy despacio en primera, como sin ganas de salir, como sin ganas de llegar, levante la vista y pude ver a través del espejo retrovisor la pálida imagen de Tomy manejando con sus lentes oscuros que intentaban ocultar su propio demacramiento y rasgos de dolor, pero no lo hacían, por sus mejillas corrían dos lagrimas perversas que habían escapado del disfraz que los lentes le ofrecían. En un corto relampagueo hacia su espalda, miré a mi izquierda y vi a Lucas, o lo que quedaba de él, en una casi perfecta imitación de su hermano, las mismas señales de dolor, de miedo y bronca en sus rostros. Sus manos, a diferencia de Tomy, no se podían quedar quietas, eran un sinfín de movimientos nerviosos nunca antes vistos en él. Tal vez sino fuera por el volante, Tomy hubiera sido presa del mismo mal recordado tic nervioso. En ese sentido Melo y yo fuimos diferentes, totalmente quietos, con los brazos caídos como si estuvieran anestesiados en demasía; casi muertos, casi en vida.
Trate de escapar por un segundo de ahí adentro, y mire hacia mi derecha. Los grandes espacios verdes, bañados por los últimos rayos de sol fuertes que quedaban del invernal día, me nublaban la vista. Por momentos me segaban ciertos reflejos de algunos espejitos o los propios techos de las casas que tienen su fachada hacia el centro del pueblo y que tan destrozadas y olvidadas están detrás, junto a las vías. Entre todos esos espejismos y vistas nubladas, mi subconsciente maldito y traidor no tubo mejor función que la de crearme una visión muy clara de él jugando a la pelota. Tan clara fue, que pude distinguir sus piernas cansadas, sus medias altas, y su camiseta del Madrid algo sucia de pasto. Sus pelos sostenidos por un a vincha negra, dejaban ver su expresión de cansancio, de desesperación, y de esfuerzo por llegar a una pelota, que también imagine.
Rápidamente baje la mirada nuevamente en uno de los movimientos mas rápidos que realice desde lo sucedido, pero adentro nada cambiaba, el clima era devastador y triste. En un desesperado intento por distraerme intente alcanzar el stereo del auto, estirándome inútilmente, solo para caer derrotado nuevamente en el asiento trasero. Eso solo complico las cosas, mi inútil intento había hecho terminar de desmoronar a mis amigos, y quebraron a tal punto de llorar como bebes. En ese momento fue cuando sentí miedo, como nunca antes lo había sentido, y la primera vez era la peor.
Abrí la ventanilla con la intención de disipar fantasmas y expulsar el pesado, caliente y húmedo ambiente; con el viento soplando se fueron los ensordecedores llantos y volvió una pizca de calma. Fue en ese instante que entramos en la recta final, una recta que nunca antes la hubiera detestado y temido como lo hacia en ese momento. No cabían en mi cabeza tantos recuerdos, que como fotos sin color pasaban de a uno, aveces de dos, y se entremezclaban entre sí y a la vez con lo que mis ojos tristes percibían. Era la entrada al infierno, el infierno de estar vivo.
A medida que el auto avanzaba, despacio, muy despacio, comencé a caminar por aquella delgada línea que separa la cordura de la locura, lo imaginario de lo real, lo bueno de lo malo. Nuevamente comenzaba a sentirme sin aire, en la desesperación pude sentir, además de la fuerte presión sobre mi pecho, ese cosquilleo insoportable que hacia años que no sentía, focalizado en mi estomago y repercutiendo en todo mi cuerpo. Entre retorcidas y costosas aspiradas de aire creo haberme desmayado, creo haber soñado, creo haber recordado. Para cuando volví, Lucas me estaba abofeteando en mi rostro, la ventanilla de mi derecha estaba abierta por completa y mi rostro chorreaba agua.
- Ahí volvió – dijo el Melo sintiendo un gran alivio -.
- Si, si. – Contestó Lucas – Tranquilo Chavi, ya casi llegamos -.
No dije nada, y mientras secaba mi rostro contenía las lagrimas, o tal vez la secaba antes de que salgan. Ahí fue cuando me di cuenta que las lagrimas son interminables.
Empezaba a estabilizarme cuando sin querer, o no, mire a mi derecha y no pude evitar ver las instalaciones del Club Campaña y las marcas amarillentas en el verde césped que la gran carpa había dejado. Idéntica imagen de la partida de un circo. Inmediatamente después de eso, cayo a mi mente como un rayo el aun tibio recuerdo de ir juntos a la gran cena. Era el mismo andar, el mismo auto, los mismos integrantes (y él), pero con la drástica diferencia de que esos eran momentos de extrema felicidad de los que uno nunca se olvida, aunque no quiera recordarlos en ocasiones como esas.
No tuve otra opción, cerré los ojos y empece a imaginar luces. Luces verdes flúor en un fondo negro. Presionando mis ojos con los nudillos de mis manos lograba ver un fondo a pequeños rombos bicolor entre nubes, que luego se dispersarían para dejar una nítida imagen muy similar al mi pijama de los nueve años. Sabia que todo eso vendría, porque ese era mi mas usado método para dormirme en mis noches de insoportable insomnio. No se como pero entre luces fosforescentes y rombos bicolores llegamos a la curva. Eso era algo, significaba que el fin del viaje estaba cerca, aunque no quería llegar, tampoco seguir, no quería nada, solo que termine de una vez esa viva pesadilla.
Desdichadamente para ir llegar al lugar primero tuvimos que pasar por el Parque Sarmiento. Como era lógico mirar la entrada, matizada de arboles desnudos de hojas, y escuchar el nostálgico sonido que producen los pájaros en invierno, terminaron de quebrarme. Por dentro yo fui un iceberg, pero en ese momento me rompí como un simple hielo de cubetera. No tuve reacción, simplemente mire el lugar, recordé momentos pasados cuando entrábamos en verano para disfrutar de la vida, y con la cabeza contra el vidrio semi abierto, mire hasta que todo desapareció.
Al fin llegamos. Cruzamos esa gran puerta que por primera vez me causo escalofríos, estacionamos y me preparé para lo peor, aunque sabía que no resistiría mucho. Al bajar vi el Peugeot blanco, nadie adentro. Sentado en un banco de la entrada estaba el Teno con sus padres que apenas podían sostenerlo. No había nadie que demostrase tanto dolor en ese lugar como él. Nuestro encuentro fue muy triste, desafortunado y lastimosamente inolvidable. A pesar de las lagrimas y todo el horror, confieso que cuando sentí su abrazo volvió a mí algo de calma, y la necesitaba, en verdad la necesitaba. Sentados en el banco, sin decir una palabra y sin escuchar mas que un simple suspiro esperamos por el Guille.
Para distraerme comencé a pensar en cosas que nunca haría, como correr carreras de moto en los senderos que recorren el cementerio privado, caerme y rasparme, golpear guardias de seguridad y tal vez prender fuego algún auto. Comenzaba a quedarme sin ideas retorcidas, cuando desde la nada apareció caminando el Guille y junto con él, el intenso olor a eucaliptos que arrastro una pequeña ráfaga de viento junto con algunas hojas. El solo verlo me trajo paz, como siempre. Nos paramos todos juntos y todos juntos nos abrazamos. Él parecía intacto, impecable como siempre, pero bastaba con mirarlo a los ojos para darse cuenta cuanto había llorado y cuan triste estaba.
Estabamos ahí, la puerta del cementerio parecía impenetrable. No le tenia miedo, tal vez me provocaba un sentimiento raro, un sentimiento para el que no encuentro nombre, una mezcla de nostalgia, dolor y lástima, todo junto mas algún recuerdo olvidado de una niñez lejana que solo volvía en ese momento, estando parado frente a la puerta. Nadie se atrevía a dar el primer paso, ni ellos ni yo, que normalmente ya lo hubiese dado. Habían pasado unos minutos de estar parados, unos minutos de estar en silencio y rodeados por el olor de los eucaliptos que ahora se mezclaba con los claveles y rosas de algunas de algunas lapidas cercanas. Volví a sentirme mal cuando me di cuenta de que él hubiese dado el primer paso, solo él hubiese tomado la iniciativa, dar la cara y sacar esa chapa de líder que siempre tubo. Era su genio.
No se como, ni cuando, ni quien, pero el hecho es que entramos. Caminamos lento con los débiles rayos de sol a nuestra derecha proyectando largas sombras sobre el viejo y gastado piso del pasillo principal. Antes del final del pasillo doblamos a la izquierda y me tope con un pequeño florero de bronce con dos flores marchitas suelto en el piso. Casi sin fuerzas, pero con mucha bronca e impotencia, lo arroje lejos de una patada y el ruido que hizo contra la lapida llamo la atención de quienes estaban presenciando el final. No dije nada y me quede apartado. Miraba sin atención como la tierra iba tapando poco a poco su cajón y se alejaba mas de nosotros.
Cuando menos me di cuenta el sol ya estaba escondiéndose en el oscuro horizonte y solo quedábamos nosotros. Yo estaba de rodillas junto a la lapida, solo pensando. Además del frío, ahora el clima nos lanzaba encima una llovizna. Pero esa llovizna no era algo común, no estaba fría como se suponía, sino cálida. Los casi imperceptibles rayos anaranjados del ocaso teñían las finas gotas de agua haciendo de estas y la joven noche un espectáculo admirable y emocionante de luces y sombras. Hoy me pregunto si fue solo casualidad, si en realidad fue una simple llovizna o si fue el cielo que lloró su inesperada partida.
- Es hora de irnos - me dijeron mis amigos. Yo no quería irme, ellos tampoco, pero eso debíamos.
De mis momentos de reflexión solo importan aquellas ideas que, según yo, volveremos a estar juntos. Porque al fin de cortas cuentas y en el lapso de un determinado tiempo, que sea mucho o poco da lo mismo porque todo es tan veloz, todos terminaremos muriendo. De hecho, la muerte es lo único que todos los seres vivientes tenemos en común. La muerte es la que hace apasionantes nuestras vidas, y después de todo lo de él no fue un adiós, sino un hermoso hasta luego.

Texto agregado el 27-09-2007, y leído por 58 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2007-12-26 17:45:26 está hecho con todo tu corazón, te entiendo bien. Lo feo de todo esto es que te hace sentir morir, pero no te mata... hasta que con el tiempo te acostumbrás a encontrarlo en cada cosa, a adivinar lo que te hubiese dicho y a mirar el mundo con sus ojos. Ojalá sigas escribiendo así, si es que te hace bien... biancadonna
2007-10-05 09:33:40 Hermosisimo cuento, lo mejor que lei hoy!!!! ***** gfdsa_elisa
2007-10-04 09:03:05 El pàrrafo final resume toda la idea central del cuento, la despedida ,que siempre es triste. doctora
2007-09-27 18:18:07 Me ha gustado mucho tu cuento, es una despedida a aquel amigo tan cercano que se va sin avisar y solo podemos decirle hasta luego para reencontrarnos una vez mas en otro lugar y en mejores condiciones, llorar es humano. Mewpher
 
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