Hubo un día en que creí que podía dejar mi memoria aparcada, que el pasado se quedaría atrás y podría empezar de cero, sin trabas de ningún tipo, sin rencores, sin dolores rancios.
Sin embargo, me di cuenta de que en aquellos sitios donde había arrancado penas, unas nuevas crecieron. Y sobre aquellas heridas que había cerrado, otras se abrieron. Por donde busqué la felicidad tan deseada, sólo encontré decepciones. Quizás porque, para llegar a ellas, no tuve mejor idea que seguir caminos ya recorridos, o recorridos a medias, completamente convencido de que terminarían de una manera idílica, aún cuando nadie, ni yo mismo, podrían asegurarlo.
Y ahora me encuentro de repente en este punto. No entiendo muy bien cómo llegué hasta aquí, pero lo cierto es que, por muy extraño que me parezca al repasar los últimos años de mi vida, te encuentras aquí, a mi lado, cada mañana. Porque a fin de cuentas para eso nos hemos casado, para compartir la parte cotidiana de la vida. Pero no me había parado a reflexionar sobre ello hasta hoy a las seis y media de la mañana, cuando, tras apresurarte para ir al baño, volviste a la cama y me dijiste sin más que iba a ser padre. Entonces caí en la realidad, como si hasta antes de ese anuncio no hubiera creído que mi vida era de verdad. Que me acercaba a los treinta años y no estaba estancado en los veinticuatro.
Te mostré una sonrisa e intenté mostrarme alegre con la noticia. Pero de repente, al abrazarte, recordé que antes de llamarte Marta, te llamaba mi Madre Romántica –¡qué ironía!- y todo el peso de la realidad me cayó en la espalda como un cubo de agua helada.
Comprendí que había actuado como Sísifo. Subí los lastres de mi vida pendiente arriba, y cuando creí que me había deshecho de ellos, resultó ser que me esperaban al principio de la senda para que volviera a cargar con ellos.
Lo peor de todo, es que siempre es la misma roca…
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