La playa
En la agencia de viajes, Paula, la vendedora –alarmada, al parecer, por la enfermiza palidez de mi piel y unas sombrías ojeras instaladas en forma de surco bajo mis ojos- me rogó que hiciera un paréntesis en mi agitada rutina diaria y tomara unos días de descanso en las tórridas playas de la costa este del mar mediterráneo. Me hablaba de sus aguas cálidas y cristalinas, sus arenas nacaradas y tornasoladas y hasta del inmaculado perfil de su puerto, pero ninguno de sus argumentos lograba convencerme de comprar el billete. Es cierto que la escuchaba atentamente, pero lo hacía más por cortesía a nuestra larga amistad forjada con los años, que por un auténtico interés en oír lo que decía. Así estuvimos un buen rato, hasta que en un momento la mujer empleó una expresión que me llamó profundamente la atención: “terapéutico”, que naturalmente suele asociarse a una enfermedad o padecimiento. Sé que para un observador incauto, esta sutileza podrá parecer baladí y hasta superflua, más no lo es para mi, acostumbrado – y condenado - como estoy a buscar permanentemente la sanación a través del arte, en sus más diversas formas y expresiones.
El hecho es que por aquél entonces, me encontraba inmerso en un vacío metafísico de gigantescas proporciones, compañero nihilista que suele instalarse de cuándo en cuándo en mi atribulada existencia, como un huésped incómodo en una sencilla casa provinciana. Como otras veces, intenté llenar ese vacío mediante el estudio y la práctica sistemática del tarot, el yoga y la meditación trascendental. Releí también El Kybalión de Hermes Trimegisto y profundicé- una vez más- en los siete principios herméticos. Retomé la lectura de mis padres filosóficos de juventud: Schopenhäuer y Nietzsche. Abracé la poesía y estreché aún más el vínculo con la música, pero nada daba resultado. Por ello, en un acto casi desesperado, al poco tiempo yacía tendido boca arriba, sobre el manto formado por las arenas inmóviles de una perdida playa paradisíaca, leyendo con fruición la edición original del francés de “Le Étrangère”, obsequio de mi abuelo paterno al cumplir yo la mayoría de edad.
Recuerdo muy bien esa mañana: había estado leyendo el tarot gratuitamente a un grupo de italianos que disfrutaban de un breve período de vacaciones en la costa este de Grecia, pero al poco rato me aburrí y decidí releer a Camus. Iba en el capítulo en que a Mersault le comunican que su madre ha muerto, cuando, por mera coincidencia o simple obra del azar, mi cerebro lo asoció con Juan Pablo Castel, el célebre pintor asesino de “El Túnel”, lo que distrajo mi lectura e hizo que instintivamente alzara la vista por unos instantes. Entonces, fijé mi atención en la figura de una mujer caucásica de unos treinta años, delgada, ojos claros, tez blanca y cabello oscuro, que caminaba sola por la arena y custodiaba bajo su brazo izquierdo un pequeño y raído libro de tapa negra.
I
Había algo en los ojos de aquella mujer que la hacían singularmente llamativa o, quizá, era su mirada o la forma de caminar; ni siquiera ahora puedo afirmar con algún grado de precisión qué fue positivamente lo que me atrajo de ella. No obstante, casi sin voluntad y -sobre todo- sin darme cuenta, me encontré siguiendo sus pasos, guiado y poseído por una fuerza extraña y desconocida, ininteligible para el precario entendimiento humano. Yo solo tenía una certeza: como un soldado que debe cumplir una orden superior, “sabía” que debía seguirla, pero siempre a una distancia razonable para no despertar su atención, de forma tal que los planes pudieran arruinarse antes de tiempo. Pero, ¿cuáles eran esos misteriosos planes?; ¿acaso me estaba vedado conocer los secretos designios de los dioses? o, por el contrario, ¿sería yo un moderno Prometeo, que robaría el fuego sagrado desde el Olimpo? Y, en ese caso, ¿cuál sería mi castigo por tamaña osadía?
Al comienzo, ella caminaba tan lentamente que su cuerpo parecía flotar sobre la arena. Al mismo tiempo, yo tenía la sensación de que cada uno de sus pasos perseguía un propósito deliberado y precisamente determinado, como en una partida de ajedrez en que la voluntad de los jugadores es manejada por una potencia ajena y misteriosa, cuya naturaleza –celestial o demoníaca- me era enteramente desconocida. Por supuesto, esta circunstancia acrecentó aún más mi interés por seguirla.
Mientras la seguía, observé que sus ropas no tenían nada de extraordinario; más bien, eran del todo convencionales, aunque en ningún caso, vulgares. Vestía un conjunto compuesto por una blusa de intenso color rojo fuego y un pantalón corto azul marino que le llegaba a la altura de las rodillas, con delgadas líneas horizontales amarillas y verdes bordadas a cada uno de los costados. En el bolsillo trasero del pantalón se apreciaba una diminuta figura tipo encaje, parecida a la silueta de una mujer desnudándose en una playa. Sus zapatos eran sencillos, de color café tierra y no tenían aguja, pero su diseño romano de temporada le otorgaba un aire particular, mezcla de estilo y sofisticación. Su cabeza estaba cubierta por una sobria, pero elegante capelina negra que envolvía a la perfección su cabellera del mismo color, dejando resaltar unos llamativos rulos y ondulaciones que le daban con naturalidad el garbo y prestancia de las antiguas actrices de cine. Sus ojos se encontraban debidamente protegidos por unos finos anteojos de sol y, por último, atado a su cuello sobresalía un prosaico, pero delicado velo transparente con flequillos en las orillas, envuelto en forma de “v”.
II
Por supuesto, yo no sabía nada de aquella mujer y, especialmente, ignoraba el motivo por el que se encontraba en ese lugar. Por lo tanto, debía prever cada una de las diferentes eventualidades que podían producirse antes de un hipotético encuentro. La primera variante que debía analizar, era qué debía hacer si ella decidía poner fin a la caminata por la playa y tomar otro rumbo diferente, por ejemplo, internarse por las calles en dirección al centro de la ciudad o coger un taxi o un autobús. En ese caso, tenía previsto abortar la misión, porque resultaba demasiado extraño que un sujeto siguiera a una mujer desconocida por la calle a pie o en vehículo, como un psicópata obsesivo – que nunca lo he sido - por mucho que me gobernasen misteriosas fuerzas del inconsciente. La segunda alternativa que obligatoriamente debía calcular, era determinar si ella efectivamente se encontraba sola, ya que era perfectamente posible que estuviese acompañada por alguna persona -o por varias- y que sólo en ese instante (el de mi fatalidad) lo hiciera en soledad. Y aún más, era posible que en algún momento de la caminata se integrase alguien o -peor aún- que ella misma fuera al encuentro con ese alguien. Si llegaba a producirse esta variación, había decidido continuar el seguimiento hasta las últimas consecuencias, esto es, hasta que se verificase el inevitable encuentro.
Mientras analizaba estas variantes, noté que ella empezó a caminar más rápidamente, al tiempo que se despojaba de algunas de sus prendas. Primero fue el velo en forma de “v”; luego, la capelina negra y los finos anteojos de sol; después los zapatos italianos; por último, la blusa de rojo fuego intenso y los pantalones cortos con encaje. Uno a uno, los objetos fueron arrojados despreocupadamente, casi con desparpajo y quedaron hundidos en la arena, como mudos testigos de los caprichos de esta diosa misteriosa. Al final, su cuerpo quedó apenas protegido por un diminuto traje de baño de dos piezas, color rojo vivo, de estilo clásico, que contorneaba aún más su ya estilizada figura helénica y sólo conservaba entre sus manos el pequeño libro de raída tapa negra.
Al ver que ella caminaba cada vez más rápido, decidí apurar la marcha, al punto que en un momento determinado nos separaban apenas unos diez metros de distancia. En ese instante, ella se detuvo abruptamente, como quien lo hace ante el presentimiento o la sensación de que está siendo seguido por otra persona y sin voltearse, giró lentamente su cabeza hacia la derecha, clavando sus ojos verdes en las olas que reposadamente jugueteaban en la orilla de la playa.
A estas alturas, mi estado de excitación era tal que mi único objetivo era seguirla a toda costa, cualquiera que fuese el final de la historia. Ya no me importaban los cálculos previos ni las variantes que orgullosamente había logrado prever con impecable lógica y raciocinio. Mi voluntad –que yo creía poderosa y difícil de subyugar- había cedido por completo al arbitrio de una mujer desconocida que ni siquiera había necesitado murmurar palabra alguna para vencer mi débil resistencia. Eros había triunfado una vez más.
III
Mi nombre es Victoria Ingenieros San Martín. Nací en Santiago de Chile hace veintinueve años y toda mi existencia ha transcurrido en un mismo lugar, el barrio encantado en que se tejieron mis sueños de infancia: el Parque Forestal. Soy hija única, de padres separados hace poco tiempo. Vivo con mi madre en un departamento de calle José Miguel de La Barra, cerca del Museo Nacional de Bellas Artes. Soy pintora -artista plástica, según los catedráticos-, aunque también he escrito (no publicado) algo de poesía y estudié dos semestres de Filosofía y Letras en la Universidad de Lovaina, carrera que abandoné para dedicarme por completo a la pintura.
Toda mi vida recibí la más esmerada de las educaciones que puede esperar un chileno en su propio país. Desde pequeña, mis padres me inscribieron en los mejores y más exclusivos colegios santiaguinos; tomé lecciones de piano y violín a los seis años; practico kundalini yoga, reiki y meditación trascendental desde los veinte; estudié pintura en la Universidad de Chile y he tenido la fortuna de conocer y perfeccionarme en las más importantes pinacotecas y museos del planeta, como el Guggenheim, en Nueva York, o el Pompidou, en París. Asimismo, con la sola excepción de los países africanos, podría decirse que he viajado y recorrido el mundo entero. Parece un currículo perfecto, sin embargo, todo esto no es más que un espejismo y una farsa enchapada en un alegre baile de máscaras.
La parte desconocida de la historia, la faz oculta de la moneda, el velo que nunca nadie ha descorrido, es que por largos años he arrastrado en silencio las pesadas cadenas de un secreto que me atormenta y que no me deja vivir en paz. Quizá por eso he emprendido este viaje al mar mediterráneo, buscando aferrarme desesperadamente a una ilusión, a una jugada maestra del destino que cambie mi suerte o, tal vez, he viajado con la esperanza de encontrar al que será mi redentor. No lo se. Solo tengo claro de lo que huyo: de mi padre, de mi misma, de mi pasado y presente, de mis miedos y de mis fantasmas -reales e imaginarios-.
IV
Debo haberla seguido por varias horas. Las playas del mar mediterráneo son tan extensas y su costa es tan larga, que uno fácilmente puede perderse caminando kilómetros y kilómetros por sus arenas doradas, sin reparar en el tiempo empleado. El hecho es que justo cuando pensaba provocar el encuentro, una de mis peores pesadillas se hizo realidad: casi al llegar al punto en que termina la playa y se empiezan a formar unos acantilados en una suerte de despeñadero, ella fue abordada por un hombre mayor, de unos sesenta años, alto y macizo, quien la tomó suavemente de la cintura y le dio un beso tierno en la mejilla. Al presenciar la escena quedé paralizado; sentí que el mundo se desplomaba a mis pies y que ninguna de las cosas que hasta ese momento eran importantes para mi tenían sentido ni valor. Sin embargo, me tranquilizó en parte el hecho de haber previsto esta posibilidad, pero sobretodo, me calmó la actitud de ella ante la situación: parecía distante, fría, indiferente y hasta incómoda, ya que nunca correspondió a los mimos y arrumacos del hombre, por lo que decidí proseguir con la caminata sin desalentarme. Al parecer, la fortuna estaba de mi lado porque a los pocos minutos, el sujeto se alejó de ella, como dirigiéndose al centro de la ciudad. Entendí que eran pareja y que probablemente estaban alojados en el mismo hotel y habitación, por lo que se trataba de mi única y gran oportunidad: estaba sola nuevamente y esta vez no iba a desaprovecharla.
V
Por fin había llegado el momento. Estábamos solos, frente a frente, mirándonos fijamente el uno al otro. Sus ojos verdes como la esmeralda transmitían una belleza excelsa; su mirada era pulcra y hermosa, entre nostálgica y esperanzada; sus rasgos eran finos y elegantes; tenía unos labios carnosos y sensuales, pero el rictus de su sonrisa estaba teñido de tintes melancólicos y tristes. Supe inmediatamente (desde siempre) lo que debía hacer: sin preludio alguno, en un gesto rápido y directo, la tomé por la cintura y le di un apasionado beso en la boca. Ella me correspondió tomándome por la espalda con sus manos y aprisionando con fuerza su pecho contra el mío. Nos besamos y acariciamos con desatada locura, en una suerte de danza animal desbordada y desmedida. La tomé de la mano y la llevé a un lugar de la playa más apartado y solitario, no porque me importase la opinión de los otros, sino porque no quería que nadie más tuviera acceso a ese diminuto pedazo de universo que entre los dos lográbamos construir. Ocultos entre las rocas, sin trampas ni caretas, sin mentiras ni tapujos y sin más espectadores que un par de aves revoloteando en el cielo, dimos rienda suelta a nuestros más bajos y oscuros deseos e instintos carnales. Tendidos en la arena, nuestros cuerpos desnudos se entrelazaron en un torrente de máximo placer sensorial, disfrutando de un salaz banquete erótico que por su fugacidad y precariedad, parecía no tener límite. Todo su cuerpo me producía un estado de excitación que nunca antes había experimentado: sus pechos firmes y proporcionados, su cadera angosta y estilizada, su piel suave bronceada por los rayos del sol, sus nalgas voluptuosas y generosas, sus piernas largas y finas adornadas con dos pequeños lunares, uno a cada lado del muslo, coronadas por unos delicados y hermosos pies parecidos a los de una princesa de algún cuento infantil. Sin embargo, lo que más me excitaba era el olor inconfundible de su sexo agitándose entre mis piernas, así como el sudor de su cuerpo mezclándose con el mío en una suerte de rito sagrado y sublime. Cada vez que la penetraba, su cuerpo temblaba de los pies a la cabeza, sus ojos parecían desprenderse de sus órbitas, su labio inferior estaba helado, sus manos y pies se movían y contorneaban descontroladamente, como buscando asirse a algún pedazo de mi carne, al tiempo que lanzaba unos gemidos y profería palabras incomprensibles al oído, similares a las de un dialecto aborigen. Así estuvimos un buen rato, hasta que nos venció el sueño y nos quedamos dormidos, abrazados en la arena.
Aquella tarde inmortal, tuve la sensación de que el tiempo se había detenido para siempre.
Cuando desperté, ella ya no estaba a mi lado y tampoco se divisaban sus ropas. Solo encontré el libro de raída tapa negra, hundido en la arena. Enloquecido, la busqué desesperadamente, pero no había ningún rastro de ella en los alrededores. Parecía como si la tierra la hubiese tragado. No podía creerlo, me había abandonado el único ser capaz de comprenderme, la única persona en el mundo con la que había logrado crear por un instante un universo perfecto, aunque dolorosamente fugaz. Agobiado, di vueltas por la playa sin rumbo fijo ni orientación. Entonces la vi, por última vez. Su cuerpo sin vida flotaba boca abajo en el mar, mecido suavemente por las olas que ignorantes de la tragedia que acababa de suceder, iban y se replegaban en un alegre e infinito vaivén. Estaba completamente desnuda y al lado de unos roqueríos, había dejado su traje de baño, prolijamente ordenado. Desesperado, corrí hacia ella albergando en mi corazón la mínima esperanza de que aún estuviese viva. La tomé entre mis brazos y rápidamente la llevé a la orilla, depositando su cuerpo en la arena. Traté en vano de darle respiración artificial, pero era demasiado tarde: estaba muerta. La abracé a mi pecho, la besé por última vez en los labios y lloré desconsoladamente sobre su cuerpo inerte, como un niño que ha perdido a su madre.
Al cabo de unos minutos, recordé que ella había dejado en la arena el pequeño libro de tapa negra que portaba consigo. Con las últimas fuerzas que me quedaban, di unos pasos sobre la arena húmeda, arrastrando mis pies con el peso de las cadenas de un condenado a muerte. Tomé el libro entre mis manos y lo abrí. Era su diario de vida y estaba escrito en castellano. La primera hoja consignaba como fecha 19 de octubre de 1994 y la última, narraba desde su particular punto de vista, la inolvidable tarde que pasamos juntos. Mientras leía su diario, no pude evitar que unas lágrimas cayeran desde mis ojos. Pero esta vez se trataba de un llanto contenido, un llanto de resignación, de impotencia, de dolor metafísico y existencial.
VI
“Thessalonika, 29 de octubre de 2005.
Vine a Grecia huyendo de todo: de mi padre, de mis miedos, de mis fantasmas, pero -sobretodo- de mi misma. Cargo en mi espalda con una pesada cruz de la que hasta ahora no he podido desprenderme: Mi padre abusa sexualmente de mi desde que tengo catorce años y nunca antes me había atrevido a escribirlo o a contarlo a ninguna persona. Pienso que, de alguna manera mi vocación por la pintura y por el arte en general, no es sino una forma de sublimación inconsciente del fenómeno; una especie de fuga imaginaria a universos y estados mentales donde la rabia contenida y acumulada por muchos años, es expresada y canalizada a través de la creación artística. Finalmente, entiendo que a través de la pintura buscaba mi propia sanación. Mi padre ha viajado conmigo a Tesalónica, como siempre lo hace, sin que nadie sospeche nada. Pero esta vez es diferente. Hoy en la tarde, mi destino- forjado hace siglos en los albores del mundo- se ha cumplido. Por fin, he conocido a mi redentor. He conocido al hombre que siempre aparecía en mis sueños para rescatarme de la pesadilla y traerme de vuelta a la vida; para darle un sentido a mi existencia. Ni siquiera se su nombre y ya nunca lo sabré, pero no me importa. Me consuela saber que por fin el círculo se ha cerrado, mi karma se ha revelado en toda su dimensión y mi aprendizaje está completo. Vuelvo a la luz de la cual siempre he formado parte y origen”.
VII
Ha pasado un buen tiempo desde mi encuentro con Victoria, pero el infierno sigue siendo el mismo. Aún no logro entender cómo ayer me envolvió con su manto de dulce fervor y hoy se ha convertido en la sombra de mi perpetua agonía. Perdido en el abismo infinito de la noche y en la penumbra de este lúgubre cuarto, intento olvidarla, pero mis esfuerzos son vanos. Me atormentan delirantes visiones y fantasmagóricas apariciones, reverberando en un torbellino incontrolable de formas, colores y aromas, pero al menos tengo un consuelo; y es que al fin me ha sido revelada la lógica del olvido: simple, pero ferozmente implacable. Sé que para desterrar los recuerdos desde el jardín de la memoria, primero debo rememorar cada detalle de nuestro encuentro. Quizá, así pueda lograr que un día la pesadilla se transforme en una anécdota y con el tiempo, en un sueño. O, tal vez, tome mi mágnum calibre 38 y, simplemente, apriete de una vez el gatillo.
Valparaíso, Agosto 2007
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