El hombre / La Iguana
El hombre…
Esta noche me envuelve la soberbia del tuerto autoproclamado rey en un valle poblado de ciegos. Afirmo esto por como me veo ante los ojos de una pequeña iguana de crestas deformes y multicolores. Quizá, todo se sintetice en un ataque de locura momentánea. Pero no. Esto que me aqueja lleva ya varios días. Este pequeño reptil. Me sostiene la mirada desde hace días, y el odio se enraíza de manera profunda en mí.
La soledad, es una mas de las tantas opciones disponibles en este camino. Largo camino. Debí pensar en ello antes de adoptar a este gusano malamente evolucionado, pero no lo hice. Y me arrepiento.
La habitación donde sobrellevo mis días, goza de una vista agradable, en sus ventanas aletea sobre la brisa una cortina azul muy liviana que en su vuelo deleita mis noches con una infinidad de rostros de los que alguna vez creí disfrutar. En los quiebres del viento se dibujan infinidad de muecas de inverosímiles formas y grosores, algunas me sonríen, otras, simplemente me observan, inexpresivas.
Si algo aprendí en estos años que llevo arrastrándome por estas pensiones, es que uno nunca debe quedarse con la primera opción. La ultima, siempre es la más barata y la mejor posicionada. Ninguno de mis antecesores, me imagino, quiso acceder a la condición obligatoria del silencio. Es decir. A mantener cualquier música con un volumen mínimo y a sus pasos, reducidos a la mayor lentitud posible; además de disminuir el tono natural de sus voces a un lenguaje de señas completamente incomprensible.
Tales condiciones eran indispensables para habitar este cuarto. Condiciones que acepte sin chistar puesto que a nadie más que a mi mismo le hablaría aquí dentro. Por supuesto, el jardín vecino fue un punto más a su favor. Este, se encuentra justo detrás de mi ventana. Por otro lado, siempre me gustaron las imágenes que reflejan al campo en su verdadera y esquizofrénica dimensión. Es que hace mucho tiempo atrás, había nacido en uno.
Sobre el final de aquel día, me encontraba perforando las paredes donde ubique los estantes para mis libros. Del lugar en donde irían mis ropas no me preocupé sino hasta bien entrada la madrugada, es que, acomodando mis libros en los estantes recién colgados, había encontrado un sin numero de títulos enterrados dentro de unas cajas y paquetes no desempacados de otras, anteriores, mudanzas. Además, dos pantalones de vestir y tres camisas junto a dos pares de calzado, qué tanto espacio podrían ocupar.
Aquel día me sentí realmente bien, como de unos 30 años, es mas, si hubiera querido, hasta me pude haber comido un bife de sal gruesa a la plancha.
Pero no lo hice. Al contrario, me tome las cosas con mucha calma, ya la dueña de la pensión me había elevado las pulsaciones a mas de 200 por minuto. Era hermosa. Aun lo sigue siendo. Vive abajo, al final de las escaleras, tras la primera puerta al lado de la cocina. Cinco pasos después esta el baño. Y siempre que nos cruzamos en las mañanas, nos saludamos con una sonrisa.
Aquella madrugada -por llamar de algún modo al tiempo transcurrido entre la mudanza y la posesión definitiva del lugar, aunque apenas se arrimaba la medianoche- releí algunos párrafos subrayados sobre algún amanecer de aquellos.
Siempre disfruté de la lectura, sobre todo en las noches silenciosas y frías, donde no existen más que la historia, el vino, yo y un par de truenos traviesos que se acomodaban sobre cuanto punto final le diera lugar.
Tranquilos, todos nosotros, sin que ningún hombre oiga nuestra versión de los hechos. En definitiva, silenciosos, todos. Si algo aprendí, además de cómo ahorrar en la elección de un techo, es que los hombres, todos, somos egoístas, y el que menos lo es, por lo menos envidia a rabiar. Pero cómo envidiar esto que cito abajo....
... cuando pienso en las cosas que soporte tratando de ser un escritor, todas esas habitaciones en esas ciudades....mordisqueando pedacitos de comida que no mantendrían con vida ni a una rata. Estaba tan flaco que podía cortar pan con el hombro, solo que rara vez tenia pan... Charles Bukowski.
! Cómo hacerlo! Cómo envidiar algo tan hermoso y verdadero, qué, ni tomándome las mayores atribuciones posibles, podría darme el lujo de tildarlo de cruel, la verdad, jamás me produjo tal reacción. Y aquella, fue la décimo quinta vez que lo leí.
Yo no escribo, nada más lejos de mi que el deseo de semejanza ante estos dioses, así los considero. A pesar de mi atrevida contemporaneidad, me animo a pensar que estos seres, etéreos, de tanto observarnos a nosotros, hombres, bajaron a empaparse de lo que luego escribieron. Tampoco me animo a contradecirlos, es que, para mí, son tan reales sus vivencias.
Jamás, en mis casi 70 años, me creí capaz de formular tal pensamiento. Pero bueno, a veces filosofar sobre esta vida que arrastro desde hace tiempo me resulta natural. Sobre todo esta noche, que llevo un par de horas sosteniendo una discusión inútil frente a una pequeña e inútil iguana. Que, sin mi, no podría vivir, pero aquí nos encontramos, desafiándonos, observándonos, quietos, silenciosos, con el transcurso de las horas, que no serian tales, sin la ventana de cortinas azules que da al jardín, sobre nuestras miradas.
Los dos estamos locos, eso es lo que creo al ver la porfía en su expresión helada. Firme. Y me contagia. Y no pienso bajar la vista. Todas las criaturas, lo se, obtenemos el instinto de supervivencia de un modo innato. Todas las criaturas nacemos con el sueño de la eternidad. Eso lo se. Sino, de qué viviria?
Sin el instinto innato aquel, hoy no podría responderles.
Hace tiempo aprendí a hacer y ser de todo, desde acróbata a domador de leones en circos itinerantes; para luego transformarme en un celebre boxeador de peso mosca con mas de tres títulos mundiales. Llegue a vivir mas de 12 años en la Europa esa que tantos pendejos hoy sueñan conocer; en la Italia, específicamente. Siempre fui zurdo para todo, y eso, para todo deportista es una ventaja.
- La genialidad se basa en el desconcierto - Eso me dijo el tano bruto que me llevo para allá y me soltó en un ring de sogas flojas frente al campeón europeo de mi peso. Fue mi primer pelea en la Europa aquella. Lo recague a trompadas al inocente aquel. Lo que el no sabia, era que yo siempre fui zurdo. Gané una infinidad de peleas. Hice un dinero, poco, pero lo hice. Cuando volví a este país, los que la gobernaban, al verme zurdo, me rajaron. Era campeón mundial de peso mosca. Conocido en todo el mundo. Aun así, me rajaron.
Entonces me fui a vivir a Bolivia, donde administre una pequeña escuela de boxeo, paralela a la de trapecio, es que, para mi, los bolivianos, como todos los que forman parte del norte de Sudamérica hasta México, gozan de un físico privilegiado. Son ágiles, pequeños, livianos. Y uno, si quisiese, los podría lanzar del suelo a mas de un metro de altura de un solo envión. En sus venas sobrevive una raza resistente y elástica, sino, como se explica tanto intento de conquista. Pero no es mi intención ahondar en esos temas que realmente desconozco.
Luego de una parva de años, y rondando los 50 años de edad, regresé al país de donde me habían expulsado.
Ja!... el día que pisé, nuevamente, este suelo, recuerdo haberme comprado una revista especializada en deportes. Enorme fue mi decepción al notar que mi regreso no revestía mayor suceso que el olvido. Por aquel tiempo, uno de apellido Jiménez se robaba todos los aplausos.
Por suerte y gracias al consejo del tano aquel, había guardado un poco de dinero. Este me sirvió para unos meses de alquiler y un par de días de fideos y arroz, mientras tanto, y obligado por el exitismo traicionero, eleve los puños frente a otra realidad. El país donde había regresado, cambio; en el, todos se miraban con desconfianza, con alegría frente al nuevo sistema de gobierno, pero con envidia ante los progresos individuales. La ciudad había cambiado, la gente había cambiado, todos se miraban de reojo, y mas a mi; que vestía de un modo prolijo, pero, a la vista de todos, de un modo ´europeo´, sobrador. Y yo que carajo sabia entonces.
Los circos y las calesitas de madera se habían extinguido hacia tiempo. Además, mi edad no me permitiría soltarme de una soga a mas de 6 metros de altura. Mis pocos ahorros los diluí tras los avisos clasificados en los que creí encajaría. Muchas señoras especializadas en recursos humanos, al mirarme, decían por lo bajo — Pobrecito, y este de que me sirve? Además, sus dedos están rotos— Mientras, yo, pensaba en las veces que eleve la bandera de este país al cielo. En las veces que fui mil veces nombrado en la asunción de cada uno de los presidentes de turno. A la década de los 80s la oí diluirse en promesas, luego de ella, el país entero se envolvió en una década aun mas ilusa.
El significado de muchas de estas palabras las aprendí gracias a mi actual empleo. Hoy rondando los 80 años, soy un flamante y artrítico vendedor ambulante de títulos renombrados: Obras completas de Borges¨, 15.000 cuotas de 2 pesos. Una ganga. Pero yo, no conseguía venderle una cartuchera de lápices de colores a un chico de tercer grado. Aun así, hace diez años que sobrevivo con el sueldo fijo de la editorial, jamás sumé en mi haber la comisión sobre las ventas. Puesto que jamás logré vender una colección entera.
A pesar de todas estas desventuras, no me quejo, hace tiempo aprendí a levantar la guardia y caminar sobre el ring entero. Jamás le huí a la pelea, lo que espero, simplemente, es que suene la campana. Aun me queda cintura. No se confíen.
Toda esta reseña de mi vida surge del reflejo me muestra cansado en la mirada atrevida de un lagarto.
En un primer momento, le sonreí, esperando que el gesto lo convenciera de mi pasividad, pero el gusano, atrevido, no dejo de mirarme. Luego, fui hasta la alacena a buscar un vino. Me serví un vaso, me saque los zapatos y extendí mis piernas sobre una butaca. Una vez cómodo, le pregunte cual era el problema, su problema. Pero ella, la iguana, siguió sin responderme, firme en su gesto, mirándome fijo. Ante aquel sigiloso desafío, recordé lo pequeño que fue alguna vez, la vez aquella que me sentí solo y lo escogí a el antes que a un cachorro de bulldog. A esta hora, esta noche, voy por el cuarto vaso, y ya, para mí, es tarde. Pero el sigue sin sacarme la vista de encima. Y yo, confió en mis fuerzas, le grito que nadie, aun hoy, que me tiembla el pulso a rabiar, podrá bajarme del ring.
--- Vamos!, bicho de mierda, a que nos morimos los dos! Hijo de mil putas! ----
La iguana ...
Quizá esté desvariando. Pero esta noche me sacude una extraña sensación de poder absoluto sobre todo habitante de la tierra extendida frente a mí. Esto que me embriaga, se asemeja en extremo a la soberbia propia de los hombres. Estos animales me repugnan, me revuelven el estomago. Creo que mi tiempo ha llegado a su fin. Hasta aquí es hasta donde puedo seguir reptando este derrotero. Ya es tiempo. He sido, demasiadas veces mas de lo deseado, testigo silencioso de las mutilaciones menos pensadas. He oído ya infinita clase de grito, y créanme, sus escamas son aun mas frágiles que las mías. Son verdaderamente débiles. Esta noche, mis escamas se arrugan sobre mis crestas, y mis colores, ya ancianos, se opacan. Creo haberlos visto a demasiados negarse entre si. Creo haber pagado con creces todas y cada una de mis culpas heredadas de una existencia desconocida por mi. Odio profundamente a los hombres, los odio. Juro por la tierra que lo estoy haciendo, sobre todo esta noche en la que me veo frente a uno pequeño y seco, anciano.
Quintana
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