LA MUERTE DE MI ABUELA, FUTURO INDETERMINADO
Mi abuela se llamaba Abby. En realidad no era ese su nombre verdadero, pero dicen que fui yo quien la bautizó así cuando, al año de edad, traté de decir “abuela”. Lo cierto es que a ella le encantó el nombre, dispuso que se deletreaba así, con dos B, y algunas veces firmaba sus libros con ese nombre, pues era escritora. Por varios años fui su única nieta, los mejores años, pues la tenía para mí nada más. Después empezaron a nacer los primos y, bueno, tuve que compartirla un poco, pero creo que yo siempre fui su favorita, aunque después me he dado cuenta que los demás también creen, cada uno por su lado, que ellos eran los preferidos.
Mi abuela era un poco agringada, no sé bien por qué, pues aunque es cierto que nació en California a mediados del siglo pasado, nunca vivió allí por más de unos cinco años, y eso cuando ya pasaba de los cincuenta.
Tenía una casa en la playa en Santa Bárbara y a veces se iba a estar allí por varias semanas. Cuando regresaba se encerraba por días en su estudio a escribir algún otro libro, otra historia de esas un poco cómica, un poco amargas que ella escribía. Lo cierto es que le gustaban muchas cosas de los Estados Unidos pero nunca quiso vivir allí permanentemente. Estaba por largos meses en su casa en Guatemala, y todos nosotros pasabamos la tarde con ella y su empleada, Dorotea. La casa de la Abby era un lugar tranquilo en donde nada malo podía pasarnos pues ella lo solucionaba todo. Tenía una biblioteca excelente y yo la leí casi toda antes de los dieciséis años. Allí manteníamos nuestros juegos de computadora, allí hacíamos los deberes del colegio antes de que las mamás llegaran a traernos. A veces ella hacía galletas o pasteles, solo para que nosotros devoraramos todo. Tenía su colección de películas, casi todas buenas, lo cual no deja de ser raro, pues a los viejos a veces les gustan películas raras, pero ella no era así. Tenía buen gusto. Por cierto, decía que Gandalf, el mago del Señor de los Anillos, era su papá, y por años yo creí que esto era cierto. Me complacía pensar que tenía semejante bisabuelo, que descendía de alguien tan magnífico, aunque pronto fui comprendiendo que los bisabuelos no salen en películas, volando en águilas y matando orcos. Después supe que mi verdadero bisabuelo había vivido en California y había sido escritor también, como la Abby, pero que nunca había vivido con ella. Por eso ella adoptó a Gandalf.
Ella, mi abuela, tenía amigos en varios lugares del mundo, y a veces los iba a visitar, pero nunca se iba demasiado tiempo. Cuando ella andaba de viaje, nos aburríamos un poco, y cuando volvía ¡qué alegre era oír las historias que nos contaba y abrir los regalos que nos traía!
La Abby tenía un esposo, nuestro abuelo. No sé por qué desde hace muchos años él ya no quiso vivir con ella. Ella decía que él simplemente se había aburrido y que por eso se había ido, pero que en un tiempo sí se habían querido mucho. Pero cuando él se aburrió y se fue, ella se quedó muy triste, pues dice que ella pensaba que se iban a querer y a cuidar hasta que alguno de los dos muriera. Qué fue exactamente lo que pasó entre ellos dos es de esos misterios que tienen los viejos. Sin embargo, ella no podía estar triste por mucho tiempo pues decía que la tristeza la cansaba y que su esencia era la alegría…siempre me gustó esa frase: la alegría es mi esencia. Como sea, para cuando yo tenía cinco años ella ya había recuperado su risa. A veces se le perdía la mirada y parecía más vieja, triste, pero eso apenas duraba. Los otros nietos la conocieron cuando ya había matado a la tristeza. Yo le pregunté muchas veces cómo se mata a la tristeza y ella decía que ese tipo de tristeza, la tristeza que provoca un hombre que deja de amarte, es la tristeza más fácil de matar. Para ella, decía, había bastado con escribir mucho, llorar algo y reír a carcajadas.
Al abuelo lo conocíamos poco, pues vivía en otro país, y a veces venía, todo apresurado, a dar cursos y conferencias. Se había vuelto a casar (dos veces) y tenía varios hijos de esos matrimonios, algunos más jóvenes que sus nietos.
Ahora que la Abby murió, yo la extraño mucho. El abuelo llegó al funeral y se fue al día siguiente pues tenía que dar una conferencia en Timbuctú. Vino con la nueva esposa y con algunos de sus hijos, los trillizos, que pronto van a cumplir dos años y son igualitos a él. La esposa se molestó porque, con todo y sus ochenta años, se lanzó llorando sobre el ataúd de la Abby. Es bastante ágil para su edad, pero a la señora no le hizo ninguna gracia.
Varios señores llegaron después e hicieron lo mismo. Nadie supo quiénes eran, y a mi, la verdad, me dio pena preguntarles, tan tristes que se miraban los pobres.
Lo cierto es que mi abuela fue una mujer sorprendente que vivió una buena vida.
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