-Gertrudis, ¿podría venir un momentito, por favor? –dijo el jefe mientras apretaba el botón de comunicación interna. Al instante apareció ella luciendo una blusa de seda con alforzas y un gran lazo en el cuello, su característica pollera recta color gris que le llegaba hasta las pantorrillas y unos zapatos nuevos con cordones, más altos que los que acostumbraba a usar.
-¿Qué desea, señor?
-Quiero que haga firmar estos documentos. Uno es para el Director de Asuntos Turbios y Maquinaciones Varias, este otro para la Subsecretaria de Cuentas Pendientes Perpetuas, este para la Directora de Proyectos Inconclusos, y este otro para el Coordinador General de Trámites Burocráticos Interminables. Los necesito con urgencia.
-No hay problema, señor.
A los cinco minutos la secretaria regresó con todos los documentos firmados.
-Aquí están, señor –dijo, calzándose mejor los grandes anteojos de carey que se resbalaban por su nariz prominente.
-Gertrudis, ¿no podría hacerme un favorcito? Necesito que lea esta novela y haga una monografía. Mi hijo tiene que entregarla mañana por la mañana.
-Cómo no, antes de la salida se la entrego –dijo con una sonrisa que mostraba sus dientes amarillentos y separados, enmarcada por un tenue bigote.
-Gertrudis, ¿usted trajo paraguas?
-No señor, no pensé que llovería.
-Qué macana, se me acabaron los cigarrillos.
-No importa, señor, yo salgo a comprarle un paquete.
Al rato apareció con la cajetilla; su ropa mojada acentuaba su silueta delgada, de pecho hundido y vientre prominente, su cabello había perdido el batido que disimulaba la incipiente calvicie. Curiosamente, sus zapatos parecían estar secos.
-Gertrudis, necesito para dentro de media hora que me haga un informe sobre las consecuencias del último atentado contra los funcionarios de la Secretaría General de Gastos Superfluos, otro sobre los damnificados por el levantamiento de lápidas en el Cementerio Oeste, otro sobre la distribución de baldosas en el patio de la Secretaría de Acciones Insuficientes, otro sobre la última encuesta referente a la incidencia de problemas articulares en el dedo pulgar derecho producidos por el uso indiscriminado del teléfono celular entre los funcionarios de la institución.
-Sí, señor, enseguida se los traigo –dijo, y en menos de media hora volvió con todos los informes, perfectamente encarpetados, además de la monografía que le había pedido anteriormente.
-Gertrudis, si no es molestia, quisiera que se tire por esa ventana.
-Como guste, señor, pero antes quiero pedirle algo.
-¿Qué desea?
-¿Podría sacarme primero los zapatos? Es que son nuevos y un poco incómodos para saltar.
-Adelante.
Gertrudis se desabrochó los cordones y se sacó los zapatos. Para poder subirse a la ventana tuvo que alzarse la pollera hasta los muslos mostrando sus piernas flacas y torcidas. Luego se tiró.
El jefe se asomó. Al ver el cuerpo pequeño tendido en el asfalto desde ese noveno piso, lamentó no haberle pedido antes que le consiguiera otra secretaria.
Andrea Piccardo
|