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Rodeado de imbéciles
RODEADO DE IMBÉCILES
Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com
Estaba convencido de que el mundo era habitado mayoritariamente por imbéciles. O al menos en esa parte del mundo que le había tocado vivir. En esa categoría metía a quienes consideraba egoístas, frívolos, reaccionarios, ignorantes, abusivos, oportunistas, corruptos, hipócritas, ambiciosos. Esa clasificación era numerosa.
De unos días atrás había comenzado a hacerse más intolerante en su relación con esa clase de personas. Sin embargo, no era un tipo intransigente. En casa procuraba no causar problemas porque estaba convencido de que así contribuiría a crear una atmósfera saludable al desarrollo emocional de sus hijos. Observaba cómo comenzaban a irritarlo sus encuentros con los loser en la calle o en cualquier otro sitio al que acudiera. Para él esa expresión loser significaba sólo una cosa: “estúpidos”.
Debía luchar contra la ignorancia y el fanatismo en cada rincón donde estos males tuvieran manifestación. Así había empezado a distanciarse de muchas personas, incluidos familiares suyos, o antiguos compañeros de estudios, oficio y pasatiempo. Recordaba que su último rompimiento había sido con su suegro a causa de una serie de diferencias, entre las que estaba su pensamiento político.
No podía explicarse cómo ese señor, con estudios universitarios en economía y con un salario de empleado, reproducía, con profunda convicción, el miedo que grupos de poder difundieran a través de cadenas de televisión en la última campaña en contra del candidato presidencial demócrata, juzgándolo como un “peligro para el país”.
Una tarde, mientras echaban tragos de mezcal, terminó reventado con la afirmación del suegro de que les meterían familias desconocidas y sin casa a las suyas, si votaban por ese candidato y ganaba. Respondió automáticamente, disparado por un resorte interno:
—Entonces nosotros seríamos una de esas familias que nos meterían a una casa, porque no tenemos casa.
El suegro se quedó callado.
Terminaron sus relaciones cuando, en un festejo de cumpleaños, aquella persona tuvo la ocurrencia de sostener que todos eran libres de pensar y tomar decisiones. Por el contrario, él argumentaba que somos producto social y nuestros pensamientos están recortados por ideas, estereotipos, prejuicios, imaginarios y posibilidades de actuación, todo embutido en nuestros cerebros con dosis de violencia.
En actitud filosófica, dijo:
—Pensamos y actuamos a partir de esquemas socialmente impuestos a través de una red de instituciones. Y eso de “sociedad” es un decir porque no es realmente toda la “sociedad”, sino personas con poder, quienes definen qué debemos pensar, cómo pensar, cómo debemos comportarnos y hasta cómo usar nuestro cuerpo. Esa lista de prescripciones es grande. Para ser libres, primero debe andarse por un proceso de liberación de la conciencia. Unos proponen la filosofía crítica y otros el psicoanálisis social.
En ese debate, al suegro pareció bueno defenderse con otra tesis.
—Entonces tú no crees en el libre albedrío— le dijo.
Respondió enseguida:
—Esa es tesis no siempre ha acompañado a la civilización humana. Surgió en una época revolucionaria en que la burguesía enfrentó al “derecho divino” que permitía a la Iglesia y a familias aristocráticas mantenerse en el poder.
Y agregó con aire de suficiencia:
—Por cierto, la Iglesia considera el libre albedrío como cosa del diablo porque ese argumento está dirigido a la conciencia de las personas y va contra la tesis religiosa de que dios se expresa en cada acto humano, como el del pensamiento. Según eso, nosotros somos solamente su voluntad y emanación. Usted debería saberlo porque cada domingo va a misa y hasta se confiesa.
—Vámonos, vieja— pidió el suegro a su mujer; y se fueron.
No volvieron a reunirse, salvo en contadas ocasiones como los cumpleaños de su mujer o de los niños. Tampoco quería verse sabiondo. Pero creía necesario mostrar cómo las personas ocupaban su cerebro con basura y sacudirlas por dentro, como quien pasa un trapo para recoger polvo de los muebles. Estaba estimulado por la idea de que en esa lucha vendría un momento en que la humanidad se libraría de miedos, angustias y fantasías.
Comenzó a tener este tipo de confrontaciones en casi todas partes. Echaba pedradas a sus compañeros de trabajo —entiéndase con eso a criticar indirectamente una actitud de alguien que nos incomoda. Dirigía ironías que herían a sus oponentes como navajas, como cuando un amigo defendía en el café al presidente de estilo fascista que pretendía someter a la infancia a exámenes antidoping.
—Vamos a empezar por ti porque tu humo de cigarro me pone en riesgo de contraer cáncer pulmonar. ¿No te has dado cuenta que ya hiciste adicto a la nicotina a tu hijo? —echó en pleno rostro a ese amigo aquella vez.
Una mañana fue con su esposa al súper. Debían cruzar una avenida conflictiva. Siempre circulaban muchos carros y no había semáforo. Sí había, pero sólo advertía que había un crucero peligroso con luces ámbar y roja. Nadie hacía caso a los constantes accidentes que allí sucedían y al peligro de los peatones al cruzar, echando su propio cuerpo a los coches, para detenerlos. Y por “nadie” me refiero más específicamente a la autoridad municipal que tenía obligación de hacer algo para preservar la vida humana en el espacio de su jurisdicción.
Por fin, cruzaban entre una larga fila de coches cuyo avance detenía un semáforo de adelante, cuando el chofer de una camioneta intentó echarse de reversa, sin mirar detrás. Casi los embarra contra un vehículo. Con gritos y manazos hicieron ver al conductor que iba a machucarlos. Todavía iban reclamándole, cuando un sujeto por poco los atropella con su recién encerado coche, cuyo color refulgía con el sol. Éste salía del estacionamiento.
Apenas comenzaban él y su mujer a reclamar su conducta, cuando vieron cómo el sujeto tomaba una barra de fierro de abajo del asiento y hacía gesto de bajarse. Abrió la puerta y puso un pie en el piso. Un pensamiento relampagueó en su cerebro y le hizo ver que no podía quedar como un cobarde frente a su mujer. Con la rapidez de un flash, pensó en cuántas posibilidades tenía para defenderse. Por su mente pasó un pensamiento. Se vio atravesado por aquella barra y tirado en el pavimento en un charco de sangre. No había una piedra en el suelo para azotarla contra el cráneo de ese barbaján. Sólo miró su carrito de compras, hecho de muy delgadas varillas de metal.
Todo sucedía en segundos y sentía inyecciones de adrenalina por todas partes. Ya estaba dispuesto a arrojar su cuerpo contra el del sujeto, cuando inesperadamente el tipo trepó a su auto y se largó, mentándole todavía su madre con un movimiento del brazo. A metros de distancia vio una camioneta de policía y supuso que por eso el tipo se había ido.
—Te digo que estamos rodeados de imbéciles—, dijo a su esposa, todavía con fuertes dosis de adrenalina en la voz y en los nervios que lo electrizaban.
Ella lo miró con ojos de admiración y sorpresa. Jamás lo había visto pelear a puñetazos con otro. Ambos continuaron hacia el súper. Él todavía caminaba con un temblor en las piernas.
—¿Estás nervioso?— preguntó ella.
—Es la adrenalina. ¿Viste cómo huyó el cobarde?— respondió él.
—Sí. Era un cobarde— asintió ella, quien también había visto el camión de policía a unos metros.
Continuaron hacia el súper. Él puso una mano en la cintura de ella y ella pegó su cuerpo al suyo y puso cariñosamente su cabeza en su hombro. Aquello no deterioró su convicción de seguir enfrentándose a tanto estúpido que le rodeaba. Por el contrario, advirtió que sus niveles de tolerancia comenzaban a debilitarse. Eso sí, tuvo cuidado de seleccionar sus encuentros y no volver a pelear con esa clase de brutos que avientan sus carros con total desprecio hacia otros.
Aceptó que en su ciudad su cuerpo y de cuantos andan a pie son un simple trapo a merced del veloz tumulto de coches manejados por imbéciles.
San Luis Potosí, S.L.P., a 18 de Septiembre de 2007.
Texto de ealvaradois agregado el 03-10-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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