La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Maj8 - 'El Santo niño de Atocha'


El Santo niño de Atocha

El santito, niño vestido con ropajes señoriales, presidía el humilde altar de innumerables imágenes religiosas. Convivían ahí, en el retablo, en una caótica suerte de bendita santería, decenas de estampas de beatos y santos olvidados, retratos de vírgenes desconocidas pero no por ello menos milagreras, reliquias de recónditos santuarios, crujientes cruces de palma ya muy viejas, oraciones impresas en amarillentos pergaminos, cálices de dorada imitación, frascos con agua bendita del jordán, cristos de rostros hermosos y sufridos, fotografías sepias de cristeros y santones, y demás contradicciones del catolicismo mexicano; diversa y profusa veneración colocada en lo alto del añoso ropero oloroso de humedad, alumbrada día y noche por la vacilante flama de una veladora ennegrecida ya de tanto hollín. Los ojos azules del santo parecían mirar con ternura, desde dentro del ornamentado y vetusto marco de madera respetada por la polilla, a la viejecita que diariamente, a repetidas horas, oraba ante él.

Muchos se burlaban de la abuelita por la notoria incapacidad milagrera del santo niño, que al igual que toda la legión católica que se apiñaba en las alturas del armario, jamás le habían concedido milagro alguno. Le decían que la sonrisa del santo, de infantil ternura, parecía de satisfacción, de divino deber cumplido, cuando nadie le conocía ningún hecho asombroso. Ella se reía, para sus adentros y sin animo de burla, de la ingenuidad de los incrédulos: lo que importaba es que ella, ya desde niña, sabía, intuía, que el santo había estado esperando, sabrá Dios desde cuando, nomás para obrar su milagro, su único, pero gran milagro…

Ella recordaba que salieron huyendo de Coatepec de las Harinas, durante los días de la revolución, cuando era una pequeña niña de trenzas negras y cara triste. Eran tiempos en que muchas partes del país estaban revueltas en la guerra civil, guerra en la que la mayoría de los que combatían ignoraban por lo que peleaban, y los que lo sabían ya lo habían olvidado. Y aún en los poblados que de tan solos, olvidados, jamás creyeron sabrían de la revolución, hasta ellos llegó, primero en oleadas de rumores, la agitación; después, la violenta realidad. Aunque en Coatepec, ni por remedo habían visto a revolucionario alguno, y ni siquiera se imaginaban como eran, ni por lo que luchaban. Algunos pensaban ya empuñar las armas, queriendo dejarse arrastrar por lo que comúnmente llamaban “la bola”. Y es que de la sierra del sur no se había descolgado todavía, a pesar de que ya llevaban cuatro años de combates en otros lares cercanos, los temibles zapatistas, de los que quizá su fama de sanguinarios se debía más a la propaganda de los federales, imposibilitados de echarles guante en el laberinto de la serranía, o de los mismos revolucionarios sureños, que con tal de infundir miedo a la gente, y así evitar enfrentamientos innecesarios, inventaban fantasías sangrientas de los horrores propios de cualquier guerra inútil.

También tenía muy presente en sus recuerdos escasos de esa época, pero muy nítidos, la imagen de la abuela Chichilla. La sempiterna señora, que desde que ella tuvo uso de razón estaba siempre en su memoria. La recordaba estricta, seria, dura, jamás una caricia o una palabra de cariño; quizá era por eso el recuerdo de su rostro siempre entristecido. A pesar de que entonces era una niña, no entendía por qué no estaban sus padres con ella, por qué no había de ellos ni siquiera en un atisbo en sus recuerdos. Tampoco la abuela los mencionaba, ni siquiera unas palabras furtivas, algo que pudiera darle luz, un rastro mínimo, en cuanto a su origen. Y ese silencio, su actitud hacia ella y una extraña sensación que le oprimía el pecho, le hacían sentir que la abuela Chichilla la había separado de sus padres.

Sólo la imagen del Santo Niño de Atocha era permanente en su memoria, así como estaba ahora y había estado siempre: como recién dibujado en la cartulina y enmarcado en esa madera tersa de la que jamás brotó una astilla ni se la devoró el tiempo.

Su primer recuerdo del santito eran sus grandes ojos azules, luminosos, buenos. Además de que algo muy intimo le hacia creer que esa mirada casi viva del niño de Atocha, había visto rezar a su madre en muchas ocasiones. Se imaginaba a su mamá cargándola cuando recién nacida, pidiéndole por la salud de su niña, encomendándosela. Mirando la imagen del santo inventaba cientos de posibles rostros para su papá y su mamá. También soñaba que los rezos que sabía, su madre se los enseñaba con dulce paciencia ante el santo niño. Por eso esas oraciones la repetiría mientras viviera, como un legado de su desconocida madre. Igualmente se ensoñaba creyendo que la venerada imagen había sido un regalo para su mamá de parte su padre, una gran prueba de su amor. Así dormía, a salvo de la vida y la realidad, porque al despertar seguía con la certidumbre que no los recordaba tal como fueron. Quizá ese fuera el primer milagro del Santo Niño de Atocha, pero su mente infantil, asustada por la soledad, no se percataba.

Y la abuela Chichilla fue la que la alejó para siempre de la raíz, la arrancó del lugar en que vivieron sus padres, y con ello con cualquier esperanza de conocerlos. Y es que su hombre, su Felipe, el abuelo, convertido en un zapatista y ya unido a las filas, estaba con las fuerzas rebeldes. Así que una noche salieron a buscarle, a unírsele para acompañarlo en la guerra, servirle de soldaderas. La abuela cogió deprisa las pocas pertenencias que tenían y tomaron rumbo hacia donde debían estar los campesinos recién levantados, en lo más alto de los montes donde se escondía la guerrilla. Entre las preciadas cosas que llevaban consigo, iba, como joya invaluable, la imagen del santo niño de Atocha, tomado deprisa por la niña antes que cualquier otra cosa. Y fue la ocasión del único milagro palpable del santito, pero suficiente y valioso, y del inicio conciente de la devoción que perduraría hasta la muerte.

La niña, asustada, lo apretó fuertemente en su pecho durante el azaroso viaje. La noche en esa ocasión daba miedo de tan oscura y silenciosa. Escasas luces escapaban por las ventanas de las casas, todos estaban guardados, atrincherados a piedra y lodo detrás de las puertas atrancadas. Los alzados andaban cerca, esperando por la gente que se les uniría, y de paso, cuando había tiempo, a recolectar, por la buenas o por las malas, víveres y provisiones para la campaña.

Ellas caminaron por las veredas que subían a los cerros, en las estribaciones de la sierra del sur, empinados senderos, húmedos y peligrosos. La niña era arrastrada a tientas, a ciegas, por entre la oscuridad, por lo callado de la noche. Parecía que la abuela iba por su cuenta, no seguía, al parecer, camino alguno que las llevara hasta donde estaba la tropa, tanto, que por momentos creía que se extraviaban. Pero aún así, era como si la abuela fuera guiada por un instinto único, por alguna voz que le indicaba el camino; con razón decían en el pueblo, y la niña podía afirmarlo, que algo tenía de bruja, de hechicera.

Pero la abuela ignoraba que los federales también andaban cerca. Al llegar a la ribera de un río y sentarse a descansar, escucharon en los guijarros el choque de los cascos de los caballos que se acercaban. Al principio creyeron serían los zapatistas, pero pudieron percatarse que eran federales, los pelones, que venían a galope, quizá buscando a los insurrectos. Trataron de correr e internarse en la maleza pero no les daría tiempo sin antes ser vistas; la niña soltó su atajo de ropa, pero no el cuadro del Niño de Atocha. El ruido de caballos acercándose y el ver la masa de caballos compacta cernirse sobre ellas, las hizo meterse rápidamente en una zanja llena de fango. La niña estaba tan espantada que no acertaba a llorar, ni a gritar. Ella estrujaba al santo niño, tratando que no se ensuciará con el lodo que les llegaba hasta la cintura, y repasaba en su mente todos los rezos que conocía y con todo fervor los elevaba al santito. La abuela estaba tiesa, quieta, mimetizada en la noche, pero en los ojos podía notársele el miedo, sabía que si las encontraban las fusilarían como a cualquiera de los rebeldes. La niña miró los ojos del Santo Niño de Atocha, buenos, claros, y le rogó las salvara de ser capturadas. Nunca rezó con tanta fe como en esa ocasión; mirando al santo algo muy dentro le decía que no le fallaría.

Sería por la oscuridad, sería por la prisa que llevaban, sería acaso el milagro, pero la soldadesca pasó levantando tierra mojada y piedrillas haciéndolas llover sobre ellas sin verlas o notarlas siquiera. Pudieron sentir la muerte pasar, la olieron en el sudor y la secreción de los caballos, la miraron fugazmente en los ojos de los soldados que iban tensos sobre sus monturas. Y la muerte pasó de largo, sin mirarlas, respetándolas por esa vez. La abuela siguió sin moverse, y la niña repitió mil veces las mismas oraciones una y otra vez hasta el alba. De lo que sucedió después ya casi no se acuerda. Ellas se habían salvado, y la niña atribuyó el hecho al santo niño. El santo, único objeto que la ligaba a sus padres, única comprensión de su espíritu, único consuelo, había obrado el milagro que estaba latente en su condición divina, que en su sonrisa y en su mirada buena se veía venir.

Y en su añoranza veía a la abuela Chichilla jalarla enérgicamente del brazo, sacándola del lodazal, dura, sin cariño, a pesar de lo sucedido. Y la niña, de trenzas negras y cara triste, apretando la imagen del Santo Niño de Atocha contra su corazón; así permanecería siempre, eternamente agradecida…







Texto de Maj8 agregado el 04-10-2007.
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