La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / ealvaradois / No somos pobres

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:314963]

No somos pobres

Eduardo José Alvarado Isunza
ealvaradois@yahoo.com

Una vez edité un panfleto. Sólo hice un número de esa publicación, porque me ocupé de otros asuntos. Era una publicación bastante modesta, de una hoja tamaño carta, impresa por ambos lados. En su cintillo, en la parte superior y debajo del cabezal, decía: “Es un medio de expresión de personas pobres y humilladas en lucha por el reconocimiento de todos sus derechos, como tú”.
En aquella única edición me concentré en un aumento a la tarifa del transporte urbano, autorizado por un gobernador acusado de muchos actos de corrupción. Consideraba lo sucedido como un agravio contra la población miserable y veía en eso una serie de acciones de grupos de poder en contra de miles de familias hundidas en situación desesperada.
Con indignación miraba cómo las empresas informativas no hacían propia esa vida de miseria que estábamos obligados a llevar y dar a nuestros hijos. Estaban ocupadas en hacer negocio con el dinero de ese mismo pueblo desdichado y vender su silencio al gobernante, un ladrón de sonrisa hipócrita y trajes elegantes, aceptando, en forma desvergonzada y cínica, publicar propaganda disfrazada de información con dinero que debía llevarse a los pobres en obras y programas.
Estaba concentrado en la elaboración de mi hoja, cuando una compañera de trabajo llegó al cubículo que yo ocupaba con otra persona, y, con la intención de analizar su reacción, le di un ejemplar. Apenas empezó a leer, vi que se incomodó y, así de inmediato, me cuestionó:
—¡Pero si tú no eres pobre! Un pobre vive con 10 pesos diarios… O con menos. ¡No, tú no eres pobre!
Mi compañero de cubículo tenía más o menos la misma ecuación en el cerebro que ella. Por algo, sentían identidad y llevaban una bonita relación. En vano traté de hacerles ver que también éramos pobres, aunque ganáramos un poco más que esa pobre gente que mencionaba y tuviésemos un trabajo estable que nos permitía cobrar un sueldo quincenal.
Cuando mucho ganábamos 200 pesos diarios, equivalentes a más o menos 20 dólares. Ni siquiera podíamos vernos como de clase media acomodada por más que fuésemos al súper a comprar una pequeña provisión de víveres o pagásemos mensualmente una letra del modesto coche, adquirido a crédito.
Me tiraron a loco y continuaron una conversación muy animada en la que hablaban de zapatos, celulares y gadgets comprados con dinero de plástico, artistas, programas idiotas de televisión y moda. Todo eso con un tonito bastante molesto de voz.
No ocultaré mi decepción y molestia con estas personas, porque ambas tenían estudios universitarios y, sin embargo, carecían del juicio más elemental para aceptar su pobreza, frente a las fabulosas riquezas de unos pocos. Un extraño mecanismo psicológico hacía a estos compañeros creerse iguales a empresarios o personajes de televisión cuyas fortunas son extraordinarias. Muchos consideran a la pobreza como un estado mental, como si fuese producto de la conciencia, y se niegan a mirarla como una situación concreta, material y tangible, pensé.
Y he ahí, mis queridos amigos, que la vida es una dura y despiadada profesora, cuyas lecciones nomás un cerebro hueco no entiende. Unos pocos días después, llegó mi compañero de cubículo arrastrando los pies. De pronto, una piedra, del tamaño de una canica, como de un centímetro de diámetro, si no hasta más, había revelado su existencia en los ductos urinarios de este amigo. Entonces llegó otro compañero al cubículo; éste sin estudios universitarios, cuando mucho con estudios de secundaria; trabajaba como intendente.
Comenzamos a platicar sobre su enfermedad, entre todos. Por miedo al bisturí y al quirófano, había decidido no operarse inmediatamente en la clínica pública a que teníamos derecho (o mejor dicho: tenían ellos, porque yo estaba en peores circunstancias por ser trabajador de honorarios). Mejor quería él una pulverización de la piedra con láser y debía esperar cita en otro hospital del mismo sistema público de atención, fuera de la ciudad.
—¿Y cómo cuánto te hubiese costado ir a un hospital privado?— preguntó cándidamente nuestro compañero aseador.
—Unos 25 mil pesos— respondió entre dientes, como si decirlo así, como es, le hiciera daño.
Compadecido de su situación, evité comentar y no causarle un enojo. Si pensé cómo sería posible que una persona que no se consideraba pobre, careciera de dinero para pagar una operación y aliviarse pronto.
No sólo eso. Mi compañero de cubículo es dueño de un coche para andar de un lado a otro. Desconozco también cuál sea el mecanismo psicológico que le hace tener apego al coche, más que si fuese una muchacha de grandes caderas y breve cintura, como mi amiga Nylvia. En pocas palabras, aquello era un apego de dimensiones sagradas. Una mañana no hacía mucho había llegado tarde y apesadumbrado a la oficina.
—Se descompuso mi coche. Tuve que venirme en camión. Y no creas, se siente feo.
Yo que sólo empleo mis dos piernas para andar kilómetros entre mi casa y el trabajo y muy de vez en cuando uso camión, ahora ya incluso ni cuando llueve para ahorrarme unos centavos, en serio que no entendí su pesar.
Pasaron, cuando menos, ocho semanas desde que esa piedra hizo saber su existencia en el sistema renal de mi compañero y éste seguía soportándola heroicamente y orinando a través de un catéter, en espera de una cita para su destrucción con láser, en un hospital a cientos de kilómetros de distancia.
No quise verme coágulo con él, pero sí pensé y hoy pregunto a ustedes: ¿Por qué una persona que evidentemente es pobre, pues de no serlo habría corrido al hospital más caro y poner un billete sobre billete a fin de extirparse dicho guijarro, no acepta su condición; e incluso teniendo un bien para curarse un mal, se aferra a su posesión para no sentirse más pobre?
Son preguntas que me intrigaron por días. Y hoy todavía, mientras pensaba en esto, informan de una investigación científica. Dicen que es cosa de neuronas. Quien sabe si sea cierto. Sería bueno que lo fuera. Podríamos curarnos la estupidez y la necedad con un bote de pastillas.
Mi compañero volvió de vacaciones ya operado. No diré si en el fondo estaba satisfecho de haber recuperado su salud y, al mismo tiempo, conservado su coche. Al menos nadie le miraría como un pobre diablo, ni en su vecindario ni en su trabajo; como seguramente nos ven a esos perdedores que vamos a pie por las calles y con las manos en bolsillos donde apenas traemos una moneda.

San Luis Potosí, S.L.P., a 11 de septiembre de 2007.

Texto agregado el 04-10-2007, y leído por 16 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2007-10-04 23:06:35 es fresca tu prosa. fraNNco
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]