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ROSITA

Eduardo José Alvarado Isunza.
ealvaradois@yahoo.com

Para su edad, Rosita es callada, diría demasiado callada. Recientemente cumplió siete años; y, sin embargo, ha mostrado una sorprendente adaptación a la soledad. Como sucede con muchos niños y niñas de su edad, por ahora sus únicas amistades son sus muñecas. No tiene muchas, pero son suficientes para platicar, invitarlas a comer y compartir un sueño. Desearía tener más, cubrir su recámara con ellas, tener cuantas mira en los escaparates de las tiendas. Pero le han explicado que tal cosa es imposible, aunque no logra comprender por qué.
Rosita pasa todo el tiempo en casa de sus abuelos y tampoco entiende por qué sus papás no están. Cada mañana y luego de un desayuno apresurado, sus abuelos corren a sus empleos y ponen llave a la puerta con intención de protegerla. Ella queda sola; y, sin embargo, ningún miedo tiene a los rincones de la casa. Unos años antes, cuando tenía cuatro, descubrió que detrás del refrigerador sólo había polvo, telarañas y algunos pedazos de comida. Ninguna criatura espantosa, digamos, como supondrían otros niños. No podría decirles cuándo fue que Rosita comenzó a acostumbrarse a la soledad, porque siempre ha vivido bajo esa condición.
Al mediodía regresa su abuela con algo de comida, la lleva a la escuela y vuelve a su trabajo. Además de acostumbrarse a convivir con los fantasmas que pueblan su soledad, suele desafiar poderosas máquinas que amenazan con aniquilarla, no porque dichas máquinas posean una naturaleza malvada o tengan por intención privar al mundo de la mirada tierna de una niña. Esto es porque las máquinas pasan veloces por la carretera próxima a la casa y si alguien cruza sin precaución puede morir aplastado, como sucede con frecuencia.
De aquel lado de la carretera se halla la escuela de Rosita y a veces, cuando ninguno de los abuelos puede volver por la niña cuando terminan sus clases, ya oscurecido, entonces ella toma sus propias decisiones. Con muy buen suerte, ha cruzado varias veces la carretera entre esas máquinas de fierro que corren a más de cien y ha escapado ilesa.
Una tarde encontré a su abuelo y me dijo con ojos de tristeza: “Pasé un trago muy amargo”. Y me platicó de Rosita. Él conocía del riesgo que corría la niña, por eso pidió al director de una escuela de este otro lado de la carretera que le admitiera en un grupo; habló maravillas de su nieta, de su buen comportamiento y aplicación. Pero cometió un error sin tener conciencia: pidió a otro conocido una tarjeta. Esto disgustó al funcionario, aunque no se lo dijo con franqueza, y lo hizo dar varias vueltas. Ya cuando estaba por iniciar el año escolar y para terminar con tanta insistencia, se sinceró: “Mire, aquí mando yo y no hay lugar para su niña”. El abuelo se amorató del coraje, deseó lanzar fuego y quemar al sujeto de un soplo. No reclamó y volvió a inscribir a Rosita en la escuela de aquel lado de la carretera.
Otra vez, todas las mañanas corren los abuelos a sus trabajos, ponen llave a la puerta y Rosita queda sola con sus muñecas y con las sombras de los muebles. Con el sol en mediodía vuelve su abuela y deja a la niña en la escuela con un brinco en el alma. Se va con el deseo de volver a tiempo por su nieta y ayudarle a cruzar la carretera; o con la esperanza de ver su mirada, cuando ambos abuelos regresan ya oscurecido.

San Luis Potosí, S.L.P., a 3 de Septiembre del 2002.

Texto agregado el 06-10-2007, y leído por 7 visitantes. (0 votos)


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