Al llegar del trabajo, Susana encontró su casa toda revuelta. Su primera reacción fue de incredulidad; llegó a cerrar la puerta unas siete veces, esperaba que al abrirla todo siguiera como siempre. Pero eso no sucedió, así que no le quedó otra que entrar. Convencida ya de que lo que veía era cierto, se decidió a echar un vistazo a todas las habitaciones de la casa; la había heredado de su abuelo hacía unos años, era un caserón antiguo, parecía un laberinto. No supo cuál de ellas estaba más destartalada. Se paseó por el largo pasillo con un pequeño taburete de madera entre las manos, así se sentía más segura. Siempre se estremecía al pasar por esa zona de la casa, aunque no sabía muy bien por qué. Era un corredor largo y estrecho, y en él siempre dominaba una oscuridad inquietante. Siguió caminando despacio, pero sin detenerse demasiado. Cuando se topaba con una puerta la abría, ojeaba el desastre reinante, y la cerraba con cuidado, como temerosa de despertar a alguien.
Al llegar a la polvorienta biblioteca de su abuelo se detuvo un rato; estaba intacta. Aquella habitación le traía recuerdos. Se sentó al piano y tocó lo único que sabía; aquella melodía que se quedó grabada en su memoria desde el día que su abuelo la hizo sonar, con ella sentada en las rodillas. Le gustaba pasar las horas allí, entre sus cosas, pero ya no quedaba nada de aquellos días de su niñez. Limpiaba aquella habitación todos los días, pero nunca recuperó la apariencia de tiempo atrás, cuando estaba reluciente y rebosante de vida, sino que acumulaba motas y motas de polvo que parecían reírse de ella cada vez que intentaba que volviera a ser como la recordaba. Lo único que se conservaba era el olor del abuelo: una mezcla de perfume barato, tabaco y el dulce de las frutas del jardín.
Se sentó en el suelo y abrió un pequeño arcón de madera. En él, su abuela guardaba cientos de cartas: las de cuando ella e Isidro eran novios, de cuando era niña y su padre emigró, certificados, papeles de fincas… Los más antiguos eran de 1823, unas cartas de una caligrafía ilegible, pero que ella ya recitaba casi de memoria, firmadas por María Eugenia Barroso Fernández, la tatarabuela de Susana. Hojeaba los papeles con sumo cuidado, algunos de ellos se deshacerían a poco de estar expuestos a la luz; era como si dentro de aquel arcón se hubiera creado una atmósfera protectora para aquellos documentos. A la primera pasada no se percató, pero cuando los ordenaba meticulosamente, como solía hacer, echó en falta las cartas de la abuela de su abuela. Las buscó entre todo y no las encontró. Qué extraño era todo aquello. ¿Podía ser que alguien estuviese buscando aquellas cartas y no dudase en ponerlo todo patas arriba para encontrarlo? No, era prácticamente imposible, debía haberlas extraviado ella en alguna de sus noches deambulando por aquella habitación.
Había pasado más de una hora en la biblioteca y no se había dado cuenta, pero cuando ya cerraba la puerta vio algo debajo del piano. Se agachó a recogerlo, era el sobre de una de las cartas de María Eugenia Barroso, amarillento, roído por las esquinas. Sintió un leve mareo y al ir a levantarse se golpeó la cabeza con el piano, cayendo inconsciente al suelo. Al despertar no supo cuanto tiempo había pasado allí, pero el sobre ya no estaba en sus manos. Asustada, corrió al salón principal; cogió el teléfono y marcó el número de su hermano. No esperó a que diera señal, colgó bruscamente y sé quedó paralizada. Todo estaba en su sitio; no había rastro de que nadie hubiera entrado en su casa. Susana temblaba, su respiración entrecortada, su cara de pánico, sus ojos totalmente abiertos… todo se reflejaba en el espejo del fondo. Llevaba otra ropa, otro peinado. No entendía nada, pero necesitaba saber algo. Corrió otra vez, ahora hacía la biblioteca; la puerta estaba trancada. Extrajo la llave del bolsillo y la abrió.
Sentada en la mecedora de su abuela abrió lentamente el arcón, buscaba las cartas que habían desaparecido. Allí estaban, intactas. De repente algo le hizo dar un salto. Era el timbre de su casa. Aterrorizada, cogió de nuevo el taburete y se acercó a la puerta de la entrada. Dudaba si abrir cuando oyó la voz de su hermano. Cuando entró estaba casi llorando, muy asustado. Le dijo que su llamada le había inquietado, que durante la media hora que habían estado hablando por teléfono no decía más que incoherencias, que le hablaba de dos pequeños arcones…
- En serio, Susana, si esto es una broma no tiene ninguna gracia, ¿qué coño te pasa?
Susana estaba cada vez más confusa.
- De qué estás hablando Daniel, yo no te he llamado, de veras, iba a hacerlo porque están pasando cosas muy raras, pero al final colgué. Cuando llegué a casa…
- No, no. De qué me estás hablando tú. Estabas histérica, no hacías más que repetir que te habían robado tus cartas y que ibas a desenterrar el otro arcón. Cuando empezaste a gritar me asusté y vine lo más rápido que pude.
- Por favor, escúchame, te contaré lo que ha pasado. Llegaba a casa del Museo, hoy se me hizo un poco tarde porque tenía una reunión. Cuando entré en casa estaba todo destrozado, las cosas por los suelos, las gavetas volcadas… era horrible. Me asusté y fui a revisar toda la casa; entré a la biblioteca y vi que faltaban algunos papales que guardaba la abuela. Al salir vi uno debajo del piano y cuando fui a recogerlo me caí al suelo. Lo siguiente que recuerdo es verme delante del espejo del salón, con todo como estaba cuando me marché esta mañana… y yo así, con esta ropa. No entiendo nada Daniel, qué pasa. – mientras hablaba, Susana había empezado a llorar y ahora estaba otra vez histérica. Daniel trataba de tranquilizarla, y finalmente se quedó dormida.
A la mañana siguiente Daniel le preguntó por el arcón enterrado, la noche anterior Susana no lo había vuelto a mencionar, pero su hermana no tenía ni idea de lo que le estaba contando su hermano pequeño. Juntos, salieron al jardín trasero y empezaron a cavar. Al cabo de un par de horas, Daniel encontró algo. Al golpearlo con la pala parecía madera, era el arcón del que hablaba Susana. Lo sacaron con mucho cuidado, le sacudieron el polvo y lo abrieron; dentro había otro montón de papeles atados con un cordel. Los hermanos se miraron, inquietados, y entraron a la casa dispuestos a descubrir los misterios de aquellas líneas. Cada pliego estaba numerado, y no parecía que faltara ninguno. Susana preparó unas tazas de café y empezaron a leer. Era una historia escrita por alguno de sus antepasados, puesto que la casa siempre había pertenecido a su familia. Comenzaba en 1647, y narraba cómo una familia del Norte de Europa había llegado a España, perseguida por unos extraños que querían sus cabezas a toda costa. Susana y su hermano pasaron horas en aquella sala, leyendo la historia que habían recuperado. Al llegar a los últimos pliegos Susana se quedó sin voz. Contaban las últimas 24 horas de la joven, describiendo cada detalle con una certeza abrumadora.
Susana y Daniel, los rescatadores de esta historia, la leyeron incansablemente hasta llegar al final, donde se encontraron con ellos mismos leyendo la misma historia. Acongojados y perplejos se miraron sin saber qué decir durante unos minutos. De repente sonó el timbre de la casa; ambos dieron un salto y Susana fue a abrir…
Ahora qué debía hacer Susana, abrir o seguir leyendo. Estaba asustada y su cuerpo no le respondía. ¿Qué significaba aquello, por qué la historia, escrita casi 400 años antes, terminaba ahí?
07. Octubre 2007
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