Se me ha apolillado el espíritu. Tú me has logrado avejentar de un sólo golpe. En mi treintena me siento derrotado. La vida se me muestra complicada; un laberinto. Siempre tuve tendencias de perdedor y tú me ayudaste a enterrar mis aspiraciones; me enseñaste que el futuro no existe, ni el presente.
Llevo ya ocho días enclaustrado en mi cuarto. Me la he pasado mirando caricaturas en la televisión y un montón de películas alquiladas. Tengo las persianas cerradas para que no penetre la luz. Las ventanas están cerradas con candado para ahogarme en el humo de mis habanos, en la neblina de mis recuerdos. Estoy encerrado para que no me ataque la realidad del mundo, de la vida. Aún así, tú te has colado por una rendija.
He estado bebiendo, con toda convicción, del más barato ron que hallé en el supermercado, ese en el que tu trabajas. Con él me emborracho tres veces al día, creyendo abaratar de esa manera tu recuerdo y hacer fácil el olvido. Pero no, lo barato no siempre es lo mejor. En ese puro alcohol tú navegas visible, audible, casi tan real, que llego a tocarte. Y lo que se ahoga es la buena intención de erradicarte de mis oníricos rincones. Al despertar, la vil resaca es tan dura como tu ausencia.
Presiento los días, como se mueven lentos por la calle, reptantes. Como si veinticuatro horas no fueran suficientes para darle vuelta y rumiar el mismo dolor. La gente que camina afuera se deja llevar por el desgastante tiempo, pasan ajenos a mi drama; así son ellos, son como indiferentes lagartijas asoleándose al rojo disco detenido en su cenit. Tanta lentitud para vivirla solo. Ignoro el porvenir si no estás tú en el resto de mi vida. Sé que antes me volveré loco.
Me han venido a importunar, tocando la resonante puerta de madera, mis padres, hermanos, amigos, el cura de la parroquia y mi vetusta abuelita. Mi papá para informarme que han llamado del trabajo, preguntando que si ya no voy a ir o qué; y de paso para sermonearme sobre la irresponsabilidad y sus funestas consecuencias. Mi santa madre ha querido echarme la mano encima, ablandar mi coraza, con el ingenuo pretexto de darle una limpiada a mi habitación, porque ya se imagina todo vuelto patas arriba; y cuanta razón tiene, sobrevivo en una zahúrda. Mis queridos hermanos ni se preocupan, sólo desesperan por ocupar el dvd; pero además de mi egoísmo debo sumarle a mi negativa que el aparato funciona no’mas golpeándolo con la exacta pericia que yo he adquirido durante la semana. A la abuela la dejé pasar para que me relatara sus gastadas historias de principios de siglo XX, que hablan de minas, de ánimas, de haciendas, de poetas, cosas tan viejas como ella o mucho más. Al cura lo corrí sin contemplaciones, con toda la premeditación de hacerme excomulgar por mi acendrado ateísmo; ¿ quién no se reafirma en sus conceptos cuando todo se vuelve un caos y no existe respuesta alguna que calme la asfixia de saberse marginado? Los amigos han acudido para animarme con su ironía, y así tener pretexto de beberse el barato ron y emborracharse gratis los muy cabrones. Pero tú, la principal asistencia que espero, no has acudido. A ti sí que te abriría la puerta; eres mi mejor historia.
Son tantas las películas y caricaturas con las que me he embrutecido, y que he mezclado con mi vida, que ya no se hasta que punto pertenezco a la ficción o a la realidad. Debo ser una mixtura de ambos, ya que el cuerpo lo tengo adolorido de tantas violentas explosiones y tremendos golpes que recibo en eso dibujos animados en los que tú escapas y yo te persigo infructuosamente. Tengo también el alma ajada por tantos y tristísimos finales de antiguas películas que no me canso de ver. Ahora comprendo la fascinación que ejercían sobre mí los filmes de grises desenlaces; quizá eran premoniciones del final que tuvo mi amor. Y tú, como la heroína, saliste incólume.
Ya he repetido cien veces, en lenta sucesión, las queridas imágenes azules y sepias que pueden terminar por aburrirme. Y no deseo que eso suceda, las dejaré descansar un poco, pasado el tiempo las volveré a mirar con el entusiasmo de la primera vez. Además, se me está agotando la reserva de mi tónico alucinatorio. Tengo que salir a apertrecharme de nuevos sueños. Espero que nadie me vea salir, o me vea vagando, porque pensará que soy mi propio fantasma.
Deseo no toparme contigo en cualquier esquina, o en algún jardín con tu nuevo novio. Ni que hayas cubierto el turno de la noche en el súper. Estoy cruzando los dedos, porque si no, para la próxima semana, se me momificará el espíritu. Aunque yo sé bien que en la calle te veré en cualquier parte, en el más mínimo detalle de la urbe, a la sombra de los edificios, viajando ya cansada de regreso en el autobús, tal vez llegando apresurada a un motel, estática en el aparador de alguna tienda, comiendo tacos en donde acaban los noctámbulos, porque en el mundo, en la vida, en mi, nada más eres tú…
Pero quiero, por lo menos antes de morir, finiquitar el barato ron que expenden en ese supermercado donde tu trabajas, para que no le haga daño a nadie más; es malísimo.
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