DUPONT.
Que los hombres somos imperfectos no es ninguna novedad.
Quien más, quien menos, todos tenemos, oculto o a la vista, algún defecto del cual renegamos.
Sobre esto, tengo una teoría muy personal: todo aquello que nos desacredita ante los ojos de los demás, tiene, si se lo sabe aplicar, un aspecto positivo.
Sólo hay que saber conocerlo y utilizarlo.
Eran semanas de apriete económico. Me escaseaba el dinero y, escarbando en mis pocas pertenencias, tropecé con el encendedor Dupont, enchapado en oro, que mi finada suegra me regalara tras un paseo por Europa.
Sin duda, había que venderlo.
Una mirada por los mercachifles de la calle Libertad me hizo saber que su precio oscilaba entre 30 y 40 dólares.
Indeciso, volví a casa.
Entonces recordé que, a pocas cuadras, había un anticuario, cuyo nombre, en la vidriera, me llamara la atención: LA DIADEMA – Antigüedades – Ismael Mahmud.
Fui hasta el lugar.
Don Mahmud era un hombre de piel aceituna, ojos negros, nariz gancho, pelo enrulado y con un bigote manubrio.
Puse el encendedor sobre el mostrador y dije:
-Tengo esto para vender. Legítimo, comprado en Francia. ¿Cuánto me ofrece?
El hombre lo tomó, lo hizo saltar en la mano y puso gesto de “¿quién sabe...?”
Un rato después elaboró su respuesta.
-No tengo precio ahora. Tengo que averiguar. Mañana le contesto. Y si tiene la caja original, mejor. Vale más.
Tomé una tarjeta y me fui. Una vez en casa, hallé con rapidez no solo el estuche, sino también el certificado de garantía, con el número de serie. Disqué el teléfono del anticuario y entonces ocurrió lo inesperado: cuando la comunicación pasaba por ese preciso instante en que es evidente que el teléfono del otro lado comenzará a sonar, pude oir que descolgaban el aparato y comenzaban a discar un número, sin percatarse de mi presencia en el otro lado del hilo. Enseguida, la voz del árabe.
- Hola? ¿Hola? ¿Julio?
- ¿Quién habla ahí?
- Ismael Mahmud, del anticuario de la calle Salguero. No sé si te recuerdas de mí...
Decidí seguir con el juego.
-Ah, si. ¿Qué pasa?
-Una consulta: me ofrecen encendedor Dupont de oro, muy bueno. Decime, en confianza, ¿qué puedo pagar por esto?
-¿Cuánto te piden? ¿El dueño sabe el valor real?
La joda estaba en marcha y viento en popa.
-Nada, todavía. Lo trae un vecino, un pelado medio boludo que ni sabe lo que tiene entre las manos.
Tuve que hacer un esfuerzo para no putearlo allí mismo. Y en ese momento vino a mi mente mi vocación de inventor de historias.
-Y... depende mucho, Ismael.
-¿Cómo, que depende?
-Claro. Un encendedor como ese se paga normalmente unos treinta dólares, pero si es de la serie que buscan los franceses, es otra cosa.
-¿Qué serie? ¿Qué cosa dice?
- Los primeros encendedores eran artesanales y los hacía el viejo Dupont a mano uno por uno. Cuando se murió, los herederos vendieron todo y le dieron la concesión a terceros, que son los actuales fabricantes. Eso pasó hace como cuarenta años y ahora —vaya a saber porqué, creo que hay una razón sentimental-, quieren recuperar la partida que el abuelo fabricó en los últimos días de vida. La cosa es que ofrecen, en todo el mundo, veinte mil dólares por cada pieza recuperada que ostente un determinado número de serie. En Argentina los compra una oficina de intercambio que está en la Avenida de Mayo. ¿Querés los números, por las dudas? Aunque es difícil, porque estiman que esas piezas se vendieron sólo en Francia...
El otro hizo una pausa y presentí que lo estaba analizando a mil por hora. Por fin largó:
-Dame los números.
Me puse los lentes de ver cerca y leí en la base de mi encendedor: H 7551. El mismo número aparecía en el certificado de garantía.
-La serie va desde el H 7548 al H 7599 -dije. -Si llega a ser uno de estos, te sacaste la grande. Vale veinte lucas gringas.
-Gracias, Julio- dijo el turco, y cortó.
A la tarde siguiente aparecí en el boliche. Volví a depositar el Dupont, esta vez con su estuche y garantía, sobre el mostrador. Don Ismael lo tomó, lo dio vuelta y, como al descuido y simulando revisar el tornillito de la válvula, leyó el número de serie. Después fue hasta la caja, sacó un papelito y lo leyó durante varios segundos. Volvió a revisar el encendedor. También volvió a releer el papelito. Luego cerró la caja y me miró.
Ni un gesto, ni una sombra en su mirada, nada dejaba atisbar la conmoción que -me juego-, bullía en su interior. Confieso que me asombró su poder de ocultamiento de las emociones, su dominio de la expresión, de la voz, de la mirada. También yo, que tengo lo mío, puse mi mejor apariencia de desentendido, mientras muy bajito tarareaba un pasaje de La Traviatta. Esperé a que fuera él quien rompa el fuego.
-Dígame, señor: ¿cómo llegó hasta usted este..., este encendedor?
Traté de poner mi más eficaz cara de boludo.
-Me lo trajeron de París, hace más de treinta años.
Uno a cero.
-Quiero ser franco con usted. Usted es vecino, yo lo veo pasar siempre por la puerta. No quiero engañarlo. Estas cosas se pagan, como mucho, treinta,...tal vez cuarenta dólares. Hay muchos en la calle y no se venden. ¿Me comprende?
- ¡Ah, no! ¡Por favor, no me diga eso! Me ha dicho mi finado padre, que era conocedor, que nunca me desprenda de esta joya por menos de quinientos dólares. De modo que, o quinientos o nada.
Se mostró indignado. Habló de abuso, de locura, de negocios imposibles, pero cuando hice un gesto de tomar el estuche y retirarme, me retuvo con sus manos en las mías al tiempo que decía:
-Por ser vecino voy a hacer excepción con vos, “te la juro”, sólo por eso. Por favor, firmame recibo.
Y sacando, de no sé donde, cinco billetes nuevitos de cien dólares, me los entregó ceremoniosamente. Comprobé que eran buenos y le firmé la boleta de venta.
Cuando salí, miré hacia adentro a través de la vidriera. Lo divisé al árabe detrás del mostrador, sonriendo, saludando con la mano. Respondí el saludo, mientras por lo bajo y mostrando los dientes, le mascullaba:
-Te voy a dar pelado boludo, a vos.
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