TÓTEM
”Bajamos de los árboles para evolucionar, y habiendo evolucionado, echamos abajo a todos los árboles. Nuestra evolución es un atajo seguro hacia la extinción; sólo practicando primitivos sistemas sociales como el totemismo, hallaremos la salvación para todas las especies”. Germán Melgarejo.
Con la magistral destreza de sus ancestros (los indios Chippewa), “Águila Risueña” labraba, en solitaria faena, un viejo tronco de pino que encontró, días antes, cerca de la orilla del río Misisipí. Usando únicamente su humilde cuchillo de pedernal, fue esculpiendo la madera y, poco a poco, ésta comenzó a adquirir las bellas formas animadas que ansiaba tanto emular de su animal “tótem” (espíritu protector) el cual no era otro que, el águila calva de América del Norte; al que se sentía vinculado por lazos de hermandad, dependencia y protección de índole sagrados. De aquí que jamás podría matar ni comer a su animal totémico, por considerarse tabú.
Al concluir su magnífica obra, Águila Risueña cargó sobre sus recios hombros, el pesado tótem de madera, y lo llevó hasta la cima de una colina baja, para finalmente erigirlo junto a la escultura totémica de su padre, que estaba al pie, de la del padre de su padre. Rendido por el extraordinario esfuerzo, se sentó a descansar sobre una holgada roca de la cúspide, y de inmediato, comenzó a regocijar los ojos en la contemplación de su escultura, que simbolizaba fielmente el poder y la majestuosidad de su hermano el águila, además del espíritu indómito de su aguerrida raza.
Durante horas, permaneció en silencio; absorto en un estado de comunión simbiótica con las fuerzas de la naturaleza, escuchando el canto festivo del agua del río, y el aplauso del bosque, que exhalaba clorofílico perfume de su aliento… hasta que, intempestivamente, la volátil visión de varias columnas de humo, descollando sobre las copas de los árboles distantes, acabaron por perturbar su sublimado trance sobrenatural. Para Águila Risueña, la aparición repentina de esas lenguas de humo en el corazón del bosque, sólo podían significarle una afrenta y un muy mal augurio. No obstante, a pesar de sus temores, tomó su hacha “tomahawk” y, con el rostro pintado para la lucha, se internó en la espesa vegetación, resuelto a todo.
”Era Águila Risueña, un indio brioso y espigado, de hirsuta cabellera equina; amplia frente acorazada, ojos del color del abismo, nariz aguileña, pómulos henchidos, barbilla pétrea, gruesos labios abovedados, y la piel granate en curtimiento”.
Al acaecer la noche, consiguió dar con el paraje de donde emanaba la desafiante humareda, y agazapándose tras los matorrales, vigiló a mansalva, a los insolentes visitantes; mientras que éstos, asaban al fuego de las fogatas, las carnes de ciervos uapití.
Los advenedizos eran tantos como diez veces diez. Sus cabellos bermejos poblaban sus pálidas caras, y protegían, pechos y cabezas, con unas extrañas osamentas plateadas. ¿Serían acaso, aquellos forasteros que su abuelo “Oso Peregrino” había visto, muchas lunas atrás, desembarcando de enormes canoas, en las lejanas playas del este? Evidentemente era así.
Águila Risueña, acechando oculto en la penumbra de la noche, reemplazó su temor y desconfianza hacia los intrusos, por una súbita efervescencia de dicha y admiración, al ver extasiado cómo estos recién llegados, izaban en el sitio una gran bandera roja que flameaba altiva, con el emblema de una poderosa águila dorada en el centro.
Con el semblante jubiloso y deseoso de contarles las buenas nuevas a su tribu, Águila Risueña retornó raudo al campamento indio, teniendo la certidumbre de que, él y aquellos extranjeros, descendían del mismo espíritu tótem y por tanto hermanos entre sí, obligados a cuidarse y respetarse recíprocamente.
A la mañana siguiente, nadie quedaría con vida, en la masacrada aldea de los indios Chippewa.
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