Cuando era niña, tenía nueve años de edad, conocí a un hombre que trabajaba en la casa contigua a la nuestra y apenas podía yo entender su lenguaje indígena y nunca conocí su origen.
Me gustaba verlo cocinar al aire libre, y después de listo el fuego colocaba su comida en un envase de duraznos al natural, luego de tener su verdura cocida debía esperar que se enfriara porque ese envase metálico le servía a su vez de plato.
Dije, me gustaba. Yo era una niña y apreciaba su calma, su paciencia y el cuidado que tenía preparando su comida.
Él me hablaba desde el patio de la casa donde venía a trabajar todos los días. Yo lo veía porque la pared divisoria de las viviendas era una pared de poca altura.
-Recuerdo que le preguntaba: ¿A qué hora va usted a comer?-
-Él siempre me respondía: Cuando no hierva mas mi comida y esté el metal frío.-
-Alguna vez me decía: Calma..., calma, así se llega al cielo.-
-¿Usted irá al cielo? le pregunté en una oportunidad.-
-Me dijo: Con mucha humildad.-
-Continúe, le dije, me gusta oirlo hablar.-
-Bueno, con humildad se va al cielo. Es la verdad que yo conozco.-
-¿A qué hora va a comer? volvía yo a preguntarle.-
-Ay niña!, debo ser tolerante contigo, cuando me veas comer estaré comiendo. Me verás..., me verás.
Es la verdad que yo conozco, estoy correcto, soy sincero, escucha bien y ten compasión de mí. Acepta la verdad que yo conozco, terminó diciendo.-
-¿Porqué me dice usted que tenga compasión? dije.-
-Porque yo deseo comer, porque espero igual que tú, porque el calor del fuego me molesta y porque tengo que mantenerme paciente hasta que mi plato se enfríe.- me dijo él.
Y agregó: esto lo debo hacer todos los días, debo estar correcto, fuerte, para vivir este momento todos los días.Tú me preguntas y yo debo responderte.-
-¿Yo le molesto a usted con mis preguntas?, le dije.-
-Y él sonriendo me dijo: No niña vecina, tú me ayudas a vivir.-
-¿Yo le ayudo a vivir, porqué?, le pregunté.-
-Y el pensativo me dijo: Porque adquiero calma, porque me hago fuerte de carácter, porque esta tarea es diaria, es como conversar con mi dios, porque es mi decisión hacer mi comida, porque el tiempo se torna en el destino que me persigue.-
-¿Y si el destino no lo persigue?, se me ocurrió decir.
-Y él, más pensativo todavía, me dijo: Mi destino no tendrá mas que perseguirme. Él concluirá de hacerlo al verme partir para el lado donde se pone el sol, cuando los ojos no abren, no ven, y los oídos no oyen y yo no puedo responder.-
Y yo no quise preguntar más. Aún muy niña supe de la muerte.
Un indio, ser muy espiritual, de manera muy rústica, pensando las palabras, había terminado de explicarme. El se iría, cuando llegara el momento de partir, por el lado del horizonte donde se entra el sol.
Y que tristeza la mía:¡para nunca volver!.
|