Un rosado y suave pezón se eriza entre mis dientes, endureciéndose. Dos ombligos que se miran fijamente. Son mis manos las calientes que se mojan en tus torrentes. La caricia que me tiembla desde la espalda, por la nuca, de mi lengua hasta tu vientre. Suspendido aspirar ese aroma que me sube, me jala y me enciende. Mis fálicos dedos: tus mórbidos gestos. Tu lengua torniquete: ¡castígame, golpéame! ¡Muérdeme! Tus besos que suplican, que lo piden. Me detengo, me levanto y enciendo la luz para verte: amarrada de la manos a la cama, ojos vendados, sin ropa interior, bajo tu vestidito negro de encaje, medias rotas, senos duros, agitados, respirando con excitación.
- Y ... qué esperas?- dices nerviosa, aturdida, mientras con una mueca temblorosa abres las piernas para que vea tu húmeda sonrisa vertical.
Apago la luz y procedo a hacértelo violentamente. |