EN ESA ESQUINA
Fue aquel cruce de calles el escenario más importante de mi vida; a sus aceras se las comió el tiempo y aún siguen desgastándose con el fluir de los destinos; y sin embargo, almacenan todavía los sueños de muchos y los recuerdos de algunos, como los míos, como esos primeros soles a cuyos brillos respondían mis ojos con quimeras, hasta que la vi por primera vez y aquellas dejaron de ser magia para convertirse en batientes mariposas, en un hechizo más complejo y sutil.
La esperaba en las tardes soñolientas, cuando el calor muerde la piedra y los mayores matan el rato en tertulia o se entregan al placer de la siesta, o al sexo en la penumbra y le arrancan jadeos y susurros a la calma; la veía pasar, y sus ojos, su cabello se abrían a la luz y la absorbían. Desde entonces no he dejado de amarla, de ser parte de su vida hasta que logré que fuese parte de la mía; y mientras nos habituábamos al mundo, construimos empresas, cosechamos hazañas y nos tragamos sus derrotas, pero el tiempo suele amargar lo dulce y si lo nuestro fue en su inicio alas, la rutina lo hizo yugo.
El día en que mis calles perdieron su relieve, ella se fue; me dijo adiós en esa esquina, en aquel mismo cruce donde me había despertado a la vida, no sin antes herir mis labios con un beso incómodo y seco que aún me arde en la boca; un último abrazo y al girarme me encontré con la soledad.
Desde la calle contemplo las ventanas mudas y ciegas del hogar; pronto regresaré con mi vacío a su vacío y sé que cuando me acueste junto al silencio ella me estará esperando; su silueta volverá a sonreírme desde las sombras y me acompañará en el desahogo de mi sueño, pero mañana, quizás tal vez mañana, vuelva a levantarme con nuevos bríos; porque es preferible su recuerdo a la nada.
Churruka |