FOREVER.
La condena sería de cadena perpetua, eso era seguro. Pero también sabía que, inmediatamente después, sería indultado. La presión política de sus amigos ya se había encargado de ese punto.
Y así fue.
El fallo le fue pronunciado y unos días después le llegó un perdón pacificador de las aguas.
Esa noche no hizo celebración alguna; se dijo que no era procedente. Aquellas muertes que le endilgaran sólo se debieron al cumplimiento de su deber de soldado. Y que si alguno terminó maltrecho o perjudicado por su desempeño —se dijo también—, se debe comprender que no es fácil terminar indemne tras una guerra.
De modo que cenó frugalmente y se fue a la cama.
Hacia la medianoche lo despertó un ruido. Sonaba acompasado, como un batir de palmas. Abrió los ojos, y en la penumbra de la habitación distinguió, a los pies de la cama, una figura.
Al principio le pareció una persona de carne y hueso, pero tras escudriñar con mayor atención comprobó que se trataba de un fantasma.
Mejor dicho, una fantasma.
Una anciana bajita, vestida de gris, con un pañuelo en la cabeza, la figura enhiesta, aplaudía sin pausa en medio de la noche.
Por cierto motivo que no pudo precisar, tuvo una reminiscencia de la imagen de su madre. Pero no, no era su madre. Era otra madre, menos señorial, más vulgar.
Encendió la luz y la imagen desapareció. Esperó unos minutos y apagó.
Enseguida la figura volvió a ocupar su lugar, sin cesar de aplaudir.
Se tapó la cabeza e intentó dormir. Y lo logró, horas más tarde, pese a la molestia de la continuidad de los palmazos.
Durante el día siguiente no hubo nada anormal, pero a la noche, cuando recién había conciliado el sueño, volvió a despertar.
Esta vez eran dos las fantasmas. Ambas vestidas igual, luciendo un pañuelo, batían palmas al unísono.
Se tapó los oídos y se durmió.
Pero a la noche sucesiva, las mujeres ya eran cuatro. Y luego ocho, y dieciséis y treinta y dos. El número de aplaudidoras se multiplicaba cada vez. Se hicieron sesenta y cuatro, y luego ciento veintiocho.
Cuando en la pieza se reunieron mil veinticuatro fantasmas, cada uno aplaudiendo sin pronunciar palabra durante toda la noche, optó por dejar la luz encendida.
Ya no pudo dormir más.
El final llegó rápido.
Lo enterraron un domingo gris y lluvioso.
Transitando el túnel celestial que lo llevaría al otro mundo, allí donde las almas acuden para su destino postrero, supo que nunca más estaría solo. A contraluz de la divina luminosidad que se emana desde el fondo, descubrió la sombra dibujada de miles, miles de madres que lo aguardaban para brindarle un aplauso eterno.
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