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Inicio / Cuenteros Locales / duraznosangrando / Madrugadas en el parque

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Somos tan poco.
Eran las nueve y cuarto, por lo menos así se decía llamar el tiempo en un reloj de oro, marca “que te importa”, con ciento veintitres líneas en la manga de color caoba.
Sólido se sostenía Vicente. En un blanquísimo banco, del otro lado del parque, miraba continuamente el reloj un desconocido de pelo largo, una barba que connotaba su descuido y una mirada perdida en un horizonte muy cercano.
Vicente, firme como de costumbre, se erigía en un blanco banco blando de la plaza, tan blanco como dos luceros amarillos o los pétalos de mil jazmines verdes.
Se apareció el cartero, corriendo a toda velocidad, corriéndole una carrera al tiempo y a las cartas por venir, entregando, entre otras gentes, cartas brillantes a Vicentes.
La hoja de una navaja se filtraba entre dos laminas de celulosa dorada, permitiendo florecer un mensaje casi telegráfico, que un tal Jorge Gómez le mandaba desde un barrio muy lejano, aunque no se si tanto.
Los pómulos se hicieron de hierro, duros y fríos, para solidificar las lágrimas, evitando que se resbalen antes de tiempo bajo ojos tristes, pero firmes. Un escudo quería representar, pero débil por los años; setenta y cuatro, aunque hace tantos que los deje de contar.
La actuación no era su fuerte, y la mirada cordial es un papel duro de llevar a cabo. No es común, auque cada vez más, recibir noticias de la muerte. Carlos Barreda se llamaba, pero ya no más, era el estereotipo de cristiano acomodado en confort de seda y un cubo mágico que le relataba las noticias que su deber debía escuchar.
Gracias - Eso fue lo que se introdujo en la boca de Vicente, pero no pudo salir ileso de los dientes. Nunca es grato agradecer las gentilezas del mensajero del diablo.
Un perro desplumado se desploma en el medio del parque, el sobrevivir nunca fue su estilo. La pobreza de un pueblo se miden por la delgadez de sus perros, y este caso no era la excepción que afirmaba la regla. Era un perro más, mejor dicho, uno menos. El tiempo ya se hará cargo del resto.
Para que seguir con la farsa, no estoy vivo, no soy fuerte, no soy una estatua inmaculada. Soy humano, pero ya no quiero serlo más, jamás.
El perro esta a cincuenta metros de mi posición, pero esa división espacial es ilusoria, en verdad se encuentra junto a mi, en mi regazo, bajo las carisias de mis manos blancas y heladas, que ni el calor de un animal muerto puede derretir.
Mis ojos se abrazan entre parpados fríos y miran toda una vida resumida en tres párrafos. Vicente era uno más, era uno menos, era igual, en la vida, o en la muerte, se enterará de tan sutil diferencia.
Tenue caía el amanecer, en un blanquísimo banco, del otro lado del parque, entre el reloj de oro marca “que te importa” y los ojos de un desconocido de pelo largo, con una barba que denotaba su descuido. Seguían siendo las nueve y cuarto, pero las marcas eran ciento veintiseis.
Somos tan pocos.

Texto agregado el 21-10-2007, y leído por 12 visitantes. (0 votos)


Lectores Opinan
2007-11-22 13:28:17 un tanto aburrido, logré culminar a lectura. Me aburrió el hostigamiento frecuente que ejerció la forma de narrar. fue como "te he visto, pero no sé si te he visto"; buscando demagogias en el aire cual te estuviera prestando atención. Quiero leer; no te conozco y no puedo descifrar tus palabras. el_rey
 
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