Adoro/ cuando vuelve mi musa del psicoanalista
y me mira, a través de su llanto, y esgrime media sonrisa.
Lejos de desterrarla, la acojo con mimo
y la siento fundirse como ese helado
que lleva demasiado tiempo fuera
de la nevera.
Al beberla,
el frío apaga los amores jubilosos pasando por mi garganta,
marchita los pastos y las flores,
espanta a las hadas.
Me contagia; y nos regalamos uno a otro
amargas gemas cotizadas.
No reniego.
Reconozco el candor del dolorido,
la dulzura de la pena y el placer entristecido.
Me tapo hasta la nariz con mi edredón de tinta,
me inspiran los pesares
y la morbosa desgracia; disfrutando de este frío.
Aun juzgado como extraño,
es patrón repetido. Y por siglos se ha recurrido
al hermoso regocijo de los pesares de uno mismo.
Que a Pablito le restó correrse
en "los versos más tristes esta noche”
al releer con obsesión su dolor recién parido.
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