Bebe el hombre de su hipnótica fuente
el agua de su diosa cristalina,
quiere abrazarla y ella lo adivina,
y el pobre mortal dolido se siente.
Ella custodia su Olimpo viviente,
deidad bicéfala de agua salina,
con sus ojos a ese hombre domina,
y manifiesta su encanto elocuente.
Criatura ingrávida y también cristalina,
transforma con su vívido erotismo
a este hombre en un ser paralizado.
Cual súbdito en la frente fabulosa,
es víctima de un extraño espejismo;
una divinidad lo ha capturado. |