El dragón y la princesa
I
Al final lo entendí todo; ella también es un dragón.
No es fácil reconocernos, ya que solemos pasar desapercibidos entre el rumor de la ciudad y la algarabía de la muchedumbre. Nos atrae la inmensidad del silencio y la taciturna soledad, por lo que rara vez asistimos a festividades o eventos sociales (como un bautizo o una partida de bridge) y cuando lo hacemos, no nos presentamos como seres mitológicos, sino que usamos el disfraz de simples mortales, a menos que el insobornable azar nos conduzca al aciago encuentro con algún dios pagano, en cuyo caso la confrontación resulta inevitable y, la mayoría de las veces, Osiris decide a nuestro favor.
Las infinitas paredes del imperio, sólo reconocen como límite natural los dictados de la recta razón y no tienen cabida en él los vulgares sentimientos humanos. Nuestra naturaleza es sartreana; por ello, pensamos que el infierno lo conforman los otros. A diferencia de Sócrates, nuestros actos no se rigen por la virtud o la ética –que es pura entelequia- sino por la vileza y una intrínseca maldad animal, como fuerza impulsora y generadora. En nuestra imaginería, está proscrito el culto a las deidades que representan emociones pueriles como el amor, el odio, el miedo o la compasión (propia de los seres inferiores que habitan el mundo de las sombras); sin embargo, se permite la unión carnal y hasta se favorece el matrimonio entre un dragón y una doncella, siempre que esta última no sea una princesa, porque entonces estamos obligados a darle muerte y a beber del sagrado elixir de su sangre para perpetuar nuestra legendaria invulnerabilidad.
La principal fortaleza de un dragón es –al mismo tiempo- su única debilidad, pero su esencia no es evidente para el precario entendimiento de los hombres. Sólo los nobles héroes (cuyo corazón es como el hielo impenetrable) conocen el mágico secreto del oráculo; sin embargo, por ventura no queda ninguno sobre la faz de la tierra.
II
- Otra vez la misma historia, Alejandra- Volví a soñar que era un dragón.
- Tranquilízate, cariño; sólo has tenido un mal sueño…
- Es que no lo entiendes; yo era un dragón y tú una princesa- Sabes bien lo que eso significa…
- Sí, lo sé… pero es sólo un sueño, Martín- No es real...
- Tienes razón, amor- Nosotros jamás nos haríamos daño…
III
Al final lo entendí todo; ella también es un dragón. Sin embargo, ya es demasiado tarde. Ahora que la inevitable muerte viene a mi encuentro, siento su horrible figura agitando sus alas sobre mi cabeza inmóvil y sus monstruosas fauces, ávidas de devorarme con el fuego sagrado que nace de sus entrañas. Ya no puedo hacer nada; tan sólo contemplar por última vez sus ojos aviesos, negros como la carne del cuervo hostil; oscuros como la noche que se cierne sobre mi...
A Ernesto Sábato
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