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El olvido



El sol cae a canto, se arroja con saña sobre el pueblo decidido a morir matando antes de que el invierno llegue y acabe con él. Es la filosofía de esta tierra enferma. Las casonas bostezan con la boca abierta al calor del mediodía colgadas de un barranco entre peñascos de ceniza. El latir del pueblo se paraliza día a día entre sus callejas de polvo. Su fluir es una charca de lágrimas, seca y sepultada por el rencor en la aspereza de la sierra agreste.
Algunos viejos le hacen compañía a las lagartijas de la plaza. Con los sombreros de esparto calados hasta las cejas buscan el consuelo de la sombra fresca bajo las encinas. Permanecen inmóviles sentados frente al café. Ni siquiera el triste brillo de sus ojos delata que aún suspiran. Tal vez muy pronto partan para siempre y la ilusión renazca de nuevo. El pueblo se ha vaciado con el paso de los años y en el camposanto no queda sitio donde yacer.




Desde la puerta de la iglesia se divisa el hueco negro de la entrada al café. En su interior los ecos del pasado flotan en el aire y los lamentos de un cante jondo se esparcen por el establecimiento. La radio destartalada ilumina la penumbra y al posadero, un hombre grueso y calvo vestido con un pullover grasiento y de ojos saltones que detrás de la barra se entretiene haciendo crucigramas mientras su cigarrillo se consume despacio sobre un cenicero.
En un rincón apartado del local, en donde la penumbra deja paso a la oscuridad, una sombra apenas visible adquiere relieves. Su silla cruje cuando la silueta se despereza seguido de un breve tintineo metálico. El hombre coloca la metralleta sobre sus rodillas y mira por la ventana. No vaya a ser que a los guardias les dé por venir antes de lo previsto. Pero no percibe peligro alguno y sus sentidos se vuelven a fundir con la melodía de la radio. Observa detenidamente los chorros de luz que se desparraman por las ventanas abiertas sin alcanzar su refugio oscuro. Cansino toma su jerez y su mirada se pierde en el fondo del vaso, en la negrura líquida e indescifrable que no consigue vislumbrar hasta que el recuerdo abre sus puertas y lo sumerge en el pasado...




Nació en una tierra manchada de sol bien al sur, donde solía pasear con su padre junto al mar. Fue él, maestro de escuela, quien le inculcó aquellas ideas que ya no comulgaban con la época. Recordaba las caminatas entre la arena descubriendo los secretos de la vida y el amor. Más tarde, su militancia, sus ansias como la de otros de que se gestara algo nuevo en el país; y sin embargo, lo único que creció fue el miedo, la ira, un cúmulo de odios que se devoraba a sí mismo arrastrando la humillación y la soberbia desde hacía siglos. Aquellos que siempre habían ostentado el poder lo deseaban preservar como fuera; y los que habían sentido durante generaciones la bota del poderoso en el cuello, anhelaban con el advenimiento de la República la cercana posibilidad de liberarse por fin. El resultado de esta locura acelerada fue que sucedió lo que tenía que ocurrir: el país desembocó en un mar de violencia, en un laberinto de venganzas, en una pesadilla atroz donde había que exterminar sin compasión al contrario si no se quería ser aniquilado. Tras casi tres años de guerra sangrienta y fraticida venció al final el más fuerte, el que más medios poseía y la derrota se hizo inevitable. Fue sin duda el comienzo del fin, la estampida, las represalias, el exilo, para acabar hacinado con otras sombras rotas en una solitaria playa de Argelia.
Después, sólo hubo dos opciones; la primera habría sido ponerle fin a la vida y la segunda comenzar de nuevo; se decidió por la última. Combatió en esta ocasión contra un enemigo mucho más poderoso. Peleó con la lengua hinchada y la piel quemada en los desiertos de África. Sufrió un sinfín de reveses hasta que una mañana calurosa de junio entró en París con los tanques vencedores.
Finalizada la gran guerra renació la esperanza. Era un resquicio, una grieta por donde se vislumbraba la luz y él regresó por los montes dispuesto a intentarlo otra vez.




Con el tiempo descubrió que de un golpe brutal le habían cercenado el futuro. Su anterior existencia había sido absorbida por la nada. Poco a poco la esperanza degeneró en un muñón hueco y marchito que se deshacía con el tiempo. Él y los otros se convirtieron en alimañas pegadas al paisaje. Uno después de otro los fueron cazando, o abandonaron la lucha dándole la espalda al pasado...
Muy pocos quedan ya. Son meros espectros que se niegan a desaparecer. Desean morir matando, como ese sol abrasador de ahí fuera.




Mientras apura de un trago su bebida, sabe con certeza que tarde o temprano acabará acribillado en cualquier cruce de caminos. Tal vez sea él quien decida cuándo esto suceda, a no ser que un descuido se le anticipe.
La resistencia de los últimos tañidos de guitarra es ahogada por la voz opaca de locutor que da comienzo a la lectura del boletín oficial del estado. El hombre se levanta con un suspiro. Debe partir, ya es hora. La tarde cae y las sombras se alargan sobre los cipreses. Se arroja la boina sobre los ojos. Coge su metralleta y se ajusta la mochila a la espalda. Se despide del posadero con una breve mirada. Éste, concentrado en sus crucigramas, sólo alza los ojos y contempla un instante la plaza a través del hombre que se aleja.




Los viejos han desaparecido. La plaza está vacía y las hojas caídas se revuelcan aburridas por el suelo. Comienza a subir por las callejas que lo conducen a la sierra.
La niebla se desliza por las faldas de la montaña, va a su encuentro. Su silueta, su boina, su metralleta, la mochila, todo se desvanece; incluso lo único que aún le queda: los recuerdos y la amargura. Todo lo engulle la bruma hasta que finalmente desaparece.


*****


El camión de los guardias asciende despacio con un ronroneo por la carretera. Aparca donde siempre, junto a la iglesia. Los guardias descienden cansados y se dirigen al café mientras las campanas de la iglesia llaman a misa. Sus tañidos suenan distantes y apagados.
Únicamente el capitán de la Benemérita permanece aún en la plaza. La experiencia le ha enseñado a ser precavido y mira hacía las faldas de la montaña. Sabe que todavía hay un par de fugitivos por la sierra, pero no ve nada; sólo un muro de niebla, un manto de silencio, de olvido que cubre la montaña.



Churruka

Texto agregado el 24-10-2007, y leído por 302 visitantes. (15 votos)


Lectores Opinan
2008-01-14 13:57:41 Justo me lo mencionaste y yo ya lo había bajado a la compu para leer más tranquila. Bellísimo poético como todo lo tuyo. Hasta ahora lo que voy leyendo todo es apto para un escenario en penumbra, una voz cálida y pausada, y tus mágicas letras que te transportan irremediablemente a la dimensión que ellas deciden enviarnos. Miles de***** para tus escritos. Gracias por compartirlos y no dudes en editarlos. Por mi casa ya tenés dos compradores de tus libros. Cariños, no dejes de escribir! flop
2007-11-15 21:58:55 Esta historia ya la leí, pero la has mejorado, e incluso me parece ampliado? No sé. Es la historia de los últimos que se resistieron a la dictadura y murieron en las serranías más duras de la península Ibérica. Excelente!!!!***** josef
2007-11-12 11:12:37 Excelente historia, estoy segura que ya te la leí, son relatos que no pasan desapercibidos. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
2007-11-10 03:23:43 vaya! un texto digno para un corto metraje. jeje adicional a las visiones filmicas, decir que es un texto que lleva a la situaciòn y no se si solo es un hecho o es la descripciòn de un estado de animo Aliacanitidia
2007-11-01 21:10:18 Otra muestra más de tu genio, Churruka, te felicito- tiresias
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