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Enteviéndome

Sé que debo comenzar con aquello que había pensado, pues es prácticamente el único puente de acceso que me lleve a este suceso, pero he olvidado por completo, propio de mí y no de mi edad, todo cuanto planeaba antes; y nada, aquí estoy, mirando fijamente el vuelo de una paloma a través de la fila de autobuses detenidos en la estación. Conforma cae, mi vista se acerca, desde la distancia, oteando su suave y grácil descenso, atisbando confusa el mundo que la rodea y que, al parecer, no entiende.

De pronto, de súbito más bien, uno de los enormes vehículos, encendidos sus motores, dio marcha atrás y atrapó bajo su impenetrable sombra a la diminuta figura, que intentó alzar el vuelo, fracasando y cayendo de nuevo en el asfalto. Hice un movimiento instintivo de auxilio, pero un segundo después, reflexionando fríamente, me detuve, indeciso.
Cuando el enorme autobús aceleró su marcha, raudo, el pequeño animalillo surgió ante mis ojos confuso, desorientado más de lo que anteriormente estuviera. Suspiré al verlo caminar, de alivio y frustración, y justo en ese momento quedó mirándome, sabía que fijamente y a mí, y alzó el vuelo, impasible.
¡Era como si un enorme árbol, en el que tan plácidamente reposas, de repente se cerniese sobre ti y comenzara a rodar ladera abajo, montado por ardillas, porque quisiera trasplantarse a otro lugar! –Sal de nuestro camino –sería la escueta respuesta de las ardillas-. Tengo hijos que cuidar, y muchas cosas que hacer. Tú te pasas el día recostado en un árbol, así que dime qué importancia tiene lo que haces en tu vida –sería el resto.
Como es lógico, no pude contestarle, pues no entiendo a día de hoy el lenguaje de las ardillas. Pero una cosa es segura, y es que parecía que vislumbraba de nuevo el fulgor irrisorio de la inspiración, ya no sé si amiga o conocida, que se dejaba entrever en forma de gotitas de luz, las cuales yo debía agarrar. Me iban recompensando con un trocito de comprensión inconsciente, escarbando en mi propia mente y pasándolas por aquella prohibitiva frontera. Rápidamente, minúsculas partículas de mí mismo se lanzaban con recelo sobre ella y la devoraban transformándola en los suyos.
Estaba temeroso, nervioso de poder alcanzarlas todas, pues aparecían un segundo y, al siguiente, desaparecían para dejar paso a la siguiente, tal vez incomprensible perdiendo la anterior. No fallé demasiado, y en compensación a ello, volví a escuchar de nuevo el aleteo de aquella paloma y, poco a poco, la luz se hizo más intensa, adquirió profundidad y cobró existencia ante mí.

Nombres, historias, fechas, recuerdos…, no estaban en él sino que él estaba en ellos. Cada parpadeo eran cientos de datos que su cabeza era incapaz de percibir por completo, pese al esfuerzo. Aspas de molino girando hipnotizantes, una barca para viajeros en un lago eternamente mediador entre dos reinos, y un caballero muerto en vida cargando solitario en la estepa de la tarde de julio contra el peor de los jinetes. No sabía qué hacer, pues aunque estaba parado todo parecía abalanzarse sobre él, todos aquellos sonidos… y de repente vio aquella pluma blanca, prístina su belleza, y siguió su camino hacia el lugar al que él pertenecía.
Algo interrumpía su llegada, una llamada de auxilió que provenía de un bosque cercano a la pequeña planicie junto al río. Al batir de tres vueltas del molino, salió alguien de la casa pero apenas le preocupó. Al descubrir de quién se trataba, quedó perplejo y a punto estuvo de no decir nada y marcharse.
-¿Interrumpo? –preguntó, sentándose a su lado.
-No… no lo sé, maldita seas. Sí y no porque… no vas a quedarte, ¿verdad?
-Sabes que no puedo, lo siento.
-¡Ves! Maldita seas, para eso no vengas. Si no te tengo, no te necesito; pero si vienes y vuelves a partir, me abres la herida que nunca he cerrado.
-Siento mucho que tenga que ser así, pero creo que…

Me despertó el sonido de un autobús, pidiéndome paso. ¡Menos mal que yo era humano… y que estaba en este mundo, he de añadir! Salté fuera de su vista, y me acerqué al autobús de vuelta a casa.
-Perdone –le dije al conductor- yo también voy.
El conductor miró mi billete y, negando con la cabeza, sutilmente rió de satisfacción.
-Este autobús hace una hora que salió, muchacho. Son las tres de la tarde. Lo siento…
-Lo siento… -reflexioné, mirando los números del billete y la hora en un gran reloj plantado frente a mí-. Gracias –le dije, resignado, y me hundí en el banco a la espera del siguiente.


Texto de zeiden agregado el 25-10-2007.
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