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Inicio / Cuenteros Locales / alejandro-paz / Eugenio, el Halcón viajero.

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Eugenio, el Halcón viajero.

Hace mucho tiempo él había estado componiendo un cuadro que detrás de cada pincelada escondía un halcón viajero. Esperaba algún día terminarlo y entregárselo a su hijo como obsequio de su mayoría de edad, ya que en la despedida no pudo concedérselo por el afán en el aeropuerto, pero decidió dejarle un pincel de brocha gorda que él guardaba en el baúl como producto de su primer cuadro.

Tuvo que dejarlo al lado de su taller de arte haciéndole compañía a los demás cuadros que por cuarenta años, habían esperado sigilosamente alguna galería neoyorkina de los sueños del artista. Su hijo se iba a conquistar el país americano con su arte y con su técnica que le había enseñado desde muy pequeño.

Hacía mucho que esperaba la oportunidad de encontrar en su hijo la realización personal que nunca pudo cumplir, cuando tan sólo era un muchacho, después a medida que crecía las posibilidades eran cada vez más remotas, y todo se le volvía en contra suya, no sabía porque, pero parecía que la vida le escupía en el rostro cada vez que él intentaba sacar sus fuerzas para intentar, sortear su suerte para que sus anhelos fueran posibles, pero cada vez se le hacía más difícil mostrar su talento y conseguir su deseo pero como sólo lo intentaba, no logro conseguirlo.

Y en ese momento veía desde la ventana del aeropuerto como el avión subía hacía el cielo llevando alguien de su sangre que logrará el sueño que de pequeño decidió asumir y que le marcaría toda la vida, para Antonio Escobar que no lo había conseguido le impulsaba su existencia que su pequeño polluelo si lo lograse.

Mientras Antonio recordaba que habían pasado los años y con ello para él, vinieron nuevos retos como los de una familia que sostener, todo se volvía más duro para sus expectativas de vida, pero apareció su primer hijo varón, en él depositaría todas sus esperanzas, en aquel muchacho escuálido, despabilado de su alrededor, un tanto incauto con la religión, con la moda y presuntuoso de su imagen, él debería representar el gran espejo de su pequeño, el modelo que debería seguir su hijo, pero no le fue fácil porque el maldito controlador que era el televisor guiaba su vida, pues en su hijo era natural a la edad de dieciocho años pensar en su condición de hombre, pues creaba su propia ropa a partir de las estrellas, aquellos personajes famosos de la farándula, que aparecían por aquella pantalla de cristal que el padre consideraba como un demonio.

Consideró que si eso se guía así su pequeño hijo no llegaría hacer el gran pintor de reconocido nombre. No podía está situación seguir así, al pequeño se le había enseñado las habilidades artísticas de su padre, se le había disciplinado a las malas para que hiciera buen uso de sus habilidades inherentes para el oficio, pero el tiempo no se lo dedicaba a pintar sino a ver televisión.

Al tiempo que pasaba en el colegio con sus amigos, sentía su padre que no era suficiente todo lo que vivía en el colegio para satisfacer sus manías y explorar sus inocencias de su pequeño. A él le decía que sus compañeras de colegio lo cogían, lo mimaban y su actitud era como una oveja mansa que se entregaba a ellas de una forma misericordiosa y benigna.

Para la amiga de su hijo, Helena Nariño este niño gozaba de bellas cualidades para interpretar el pentagrama con la flauta dulce, fuera de eso besaba como un dios, sus labios corpulentos eran como los del dios Carioca de los mitos indígenas, pero ella la pasaba mejor con él que con sus amigas, también Eugenio no soportaba aquellas niñas por la petulancia con que se comportaban, todas riquillas, hipócritas y orgullosas presentando las últimas tendencias de moda traídas de la mismísima Florencia.

Para Constanza España la relación que había en su casa de su esposo con su hijo no podría ser mejor. Su hijo, el niño Eugenio es muy irreverente al momento de coger el pincel y darle forma a una línea que por si misma no tiene forma.

Su hijo tendría gran éxito si se dejará la amistad con esa niñita que lo tiene muy despalomado a mi muchacho, decía eufórica. Pero al mismo tiempo ella sentía, ese día una corazonada de que Eugenio no fuera a Norteamérica, sentía un dolor fuerte en el pecho pero sólo era un punto del radio de un círculo y no le dio importancia, porque era el día en que viajaba su hijo para tomar lo que todos estaban expectantes para que él lo conquistara.

Partiendo él, llevo las esperanzas en su morral que su padre le había confiado, sólo bastaba darle tiempo al tiempo para que le fuera bien. Sin embargo, todos en la casa paterna decían que Eugenio tenía que volar lo más alto posible ya que su talento era arrollador; él quedó de llegar a la casa de los tíos en Manhatan y pronto buscaría un cuarto y montaría su taller para empezar a trabajar en lo que más le gustaba; pensaba su madre, claro que le iba hacer falta la biblioteca central, -pensaba luego; soñaba dormido en el avión que estaba en la sección de arte y galería del mundo donde como era costumbre solía encontrar en los libros los frescos de Velásquez y de Obregón, pintores que les estimaba como los maestros de su género y a los que iba a seguir sin que su padre se diera cuenta.

Pensaba que sí su Padre se daba cuenta podría ponerse molesto con él, ya que el padre quería que fuera él todo para su hijo, el maestro, el guía, el profesor, su padre debiera ser su mejor amigo, le repetía su madre constantemente.

Entre tanto recordaba su amiga que Eugenio se caracterizaba en clase y en el colegio por tener su nariz un tanto puntuda y ancha, su cuerpo de tez café gozaba siempre de buen semblante, por la contextura de su cara, sus brazos curvos y pilosos casi dentados, la pasaban todo el día al cobijo del viento y del sol el cual se a semejaban al Halcón por su parecido físico, a él no le molestaba el sobre nombre; cuenta Helena quién decía; al mismo tiempo ella mira a la puerta, se queda perpleja, esperándolo como si él estuviera cerca y no en Nueva York como ella muy bien sabía.

Cuando ella estaba contándole esto a Gastón, en la cocina estaba Constanza quién le estaba poniendo atención de lo que decía, y ella un poco sentida por el apodo, permitió que continuará la conversación. Luego Gastón prendió el televisor para las noticias y estaban en comerciales y en uno de ellos invitaban a ver un programa el viernes en la noche que decía así: El halcón viajero lo han visto por las antillas de América.

El Halcón es aquel ave del cielo que vuela extensiones de tierras inmensas, decía Gastón Escobar a su cuñada doña Constanza cuando ella estaba sirviendo la comida, y le dijo a Helena vas a comer aquí con nosotros y ella dijo sí, gracias. Entonces se quedaron un rato en silencio mientras miraban que ofrecían en el gráfico de aquella caja negra de pantalla semicurva y ultravioleta, la próxima presentación del documental norteamericano.

Ella decía que habría de verlo su esposo, para que supiera que las imágenes del cielo de un ave son distintas como él las plasma en ese óleo que tanto lleva trabajando.

Para Antonio la despedida con su hijo como se había presentado era un poco de confianza para que el muchacho se vaya convencido de cumplir las cosas que él no había podido cumplir en su vida. De camino a casa reflexionaba sobre todo, sobre las cosas que le esperan a su hijo, sobre las expectativas que su muchacho tendría al llegar a esa ciudad tan grande. Cuando llegó Eugenio al aeropuerto de Nueva York, vio que todo era muy grande para él.

Todo se lo podía disfrutar porque aún estaba muy joven, se dirigió pronto a donde se encontraban las maletas y las recogió, acto seguido camino un rato por el establecimiento, quién se sentía maravillado por todo y no se daba cuenta que estaba perdido.

Pronto dio la sensación a todos los guardas, celadores y policías de que sino estaba nervioso, estaba perdido. Entonces decidieron abordarlo e interrogarlo y él pensó que esas medidas eran de rutina, jamás se imaginó lo que eso le traería a su vida. Pronto le preguntaron que él de donde venía y él dándoselas de astuto dijo que estaba haciendo un tour desde hace algunos meses por Europa, África, Asia y en América del norte y pronto regresaría a su país de origen.

Ellos siguieron interrogándolo pero él siempre dio a entender para ellos que estaba diciendo mentiras.

Para Eugenio todo era normal y estaba saliendo todo bien. Pero le preguntaron que traía en las maletas y el respondió que ropa y algunos pinceles y pinturas, cosas sin importancia manifestó con voz pausada pero nerviosa.

Ellos inmediatamente abrieron y encontraron allí animales que respiraban por unos huecos que estaban cubiertos por unas mayitas, ellos le dijeron que es esto y él dijo no sé, estas son mis maletas o son muy parecidas pero lo que hay en ellas no es mío, lo juró. Finalmente no le creyeron y le hicieron confesar a las malas de donde venía y continuó diciendo mentiras para que no supieran sus padres, dijo que venía de Centroamérica.

Cuando ellos comprobaron que todo esto era mentira decidieron entregárselo a las autoridades competentes y a la policía. El juez le aviso del caso al diplomático para que avisará a su familia que el muchacho estaba en la cárcel porque muy posiblemente era un traficante de animales y de ser así los años que duraría en la cárcel eran bastantes pues sobrepasaba los cuarenta años.

La familia se enteró hasta los tres días siguientes y quedaron estupefactos cuando recibieron la noticia de su hijo. Su padre Antonio decidió viajar tan pronto recibió la noticia y llevó consigo algunos cuadros para venderlos entre ellos el del Halcón viajero y con ello financiar la salida de su pequeño en la cárcel, con la suerte de que llego a una galería en Manhatan, vieron su arte y se enamoraron de el. Le compraron las diez obras que llevaba y sin mirar el administrador de la galería le compro la mitad de los otros cuadros que habían en su taller de trabajo en su país de origen, pronto se los hicieron llegar.

Para la fecha Don Antonio Escobar es un pintor famoso en Nueva York pero sigue pidiendo el reconocimiento en su tierra natal porque no se le conoce. Para Eugenio a las tres semanas ya estaba libre y no se le comprobó nunca nada. Su vida como pintor no se frustro pero entro, en una decidía por los policías y celadores de todos lados, llegó a tratarlos en todas partes muy mal y a tener riñas con ellos. Mientras tanto su amiga consiguió de nuevo el corazón de él y encontró de nuevo en él, una persona excepcional para comprender las distintas culturas que se desarrollan en el mundo. Toda su familia se mostraba orgullosa de él porque lo que hizo fue un desafío para lograr el sueño que tanto la familia y todos querían que se realizará y así fue.

Eugenio con el tiempo se volvió el pintor más famoso del mundo por encima de su padre dedicándole más de la mitad de las obras que realizó durante toda su vida.

Texto agregado el 26-10-2007, y leído por 4 visitantes. (0 votos)


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