Dormiste entre mis brazos como una lagrima tierna de melancolía, como una indefensa criatura que busca refugio, vos dormiste, yo te observe y el tiempo ceso de andar.
Deje de respirar unos momentos solo para escucharte aspirar suavemente, atendí calladamente tus tormentos solo para decirte que no hay viento suficientemente fuerte que te derribe mientras yo este, solo para ver de tus ojos escapar el alivio.
Pude atrapar suspiros apacibles de tus pulmones, pude saborearte un rato mientras callabas, atosigue tus sufrimientos aun cuando empapados de dolor los míos estaban.
Te abrase por momentos intermitentes y a ratos me hiciste creer que podrías llega a ser exclusivamente mío, pero recitabas prosas de agonía, de un pretérito lleno de mujeres venenosas que aun querías y yo simplemente deje que el susurro clavara mil agujas de esas palabras en mis oídos, débiles como una llovizna.
Apague una llama ardiente avivada por mi cuerpo solo para después sentirme una estupida sordidez. Repetías incesantemente que no te dejara, y no te dejare aun cuando tenga que desfallecer de un anheloso deseo.
Aconseje cada minuto abatido de tu vida, plasme mariposas iridiscentes en tu piel, solo para verte resaltar de euforia, solo para que tu dolor necesitara de mi niñez.
Te deje ser tan liviano como el agua, te deje derramar lágrimas en mis manos aun cuando estas quemaran, aun cuando ya no quedaba más por arder.
Me deje consumirme suavemente entre el aire que se escapaba de tus labios, me deje apagarme entre tus brazos tan níveos para mi piel, me deje actuar como vertiente de tus dolores tan inmensos, solo para irme de ti y luego desfallecer.
|