Una rara afecciòn le habìa arruinado la vida, condenàndolo a no ser alegre, habièndolo confinado a no esbozar la màs mìnima sonrisa, a no ondular un àpice el rictus firme que lo caracterizaba. Si sonreìa, aumentaba el riesgo de acercarse a la risa.
Reir le significaba desvelarse. Pasarse dias y noches sin poder dormir. Sin pegar un ojo. Dias y noches de infernales dolores de cabeza, de cansancio que le resultaba legendario.
En su juventud, una mañana de un domingo de octubre, apenas ventoso, sentados en el cordòn de la vereda de una esquina del barrio, a la salida de un quilombo, borrachos despuès del vòmito, viò a una araña comièndose una mosca atrapada en la tela y le dijo al Nando:
-"Pelado, si te comès la araña, te la chupo".
El Nando se comiò la araña con tela y mosca y todo, mientras se abrìa la bragueta del jean.
-"Las deudas de juego, se pagan", dijo, y le manoteò la pija, que ya estaba dura. En ese instante, Nando eyaculò.
Sin atreverse a tocarse para quitarse la esperma de la cara, se riò, se riò, se riò...
Y se desvelò por primera vez.
Y cada vez que luego reìa, sabìa que le restaba pasear su insomnio por las calles del pueblo.
No faltaron comentarios que no hacìan otra cosa que aumentar sus desvelos.
Supo ser fuerte, tener autocontrol y saludar, al menos, con una sencilla sonrisa. Empero, cuando el riesgo de caer en la risa fue una realidad cada vez mas frecuente, optò por apretar sus labios y sonreìr cada vez por menos motivos.
Para entonces, sòlo le sonreìa, en el dìa de su cumpleaños, al espejo. Sonreìa y preguntaba, mascullante, la ùnica vez en el año que se desvelaba por llorar:
-("¡¿Por què a mi, y la reputa madre que lo pariò?!")
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