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Inicio / Cuenteros Locales / leobrizuela / Gemelos.

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Gemelos.

Lo que sigue lo he vivido hace muy poco y, por lo sorprendente del caso, creo que lo recordaré por mucho tiempo.

Viajaba yo en un colectivo de la línea 29, de Plaza Mayo a Nuñez. La mañana fría propiciaba que el pasaje, que colmaba el vehículo, formara un conjunto conglomerado, sin resquicios, que se balanceaba al traqueteo del transporte con una pasividad propia de un gran animal domesticado.
Creo que el protagonista de la historia subió en Córdoba y Callao. Un individuo retacón, pero con un perímetro enorme, ataviado con un pullover colorido, gorra playera, un gran chupete colgando del cuello y una mochila escolar a sus espaldas.
Su intromisión nos conmocionó; sacó su boleto y de inmediato comenzó a desplazarse hacia el fondo, pidiendo permiso a cada instante y arrollando todo a su paso. La mayoría, ya se sabe, viaja de pie. Pero aún los que se hallaban sentados debieron soportar el suplicio. Haciendo uso de su corpachón, el gordo embestía sin miramientos a la gente y la mochila, como una gran joroba, golpeaba cabezas y raspaba caras por doquier.
- Permiso, disculpe, gracias, con permiso, gracias…
Una mujer madura, que recibió un pisotón, lo increpó con dureza:
-¡A ver si mira por donde camina, animal!
Pero el hombrote aquel, haciendo oídos sordos, siguió acometiendo contra viento y marea, usando el voluminoso abdomen como ariete, los brazos como palanca y la mochila como apéndice castigador. Fueron minutos, durante los cuales el ómnibus fue un caos, un coro de quejas mancomunadas, un estrepitoso embate a la urbanidad.
Llegando a Pueyrredón se bajó. Un alivio generalizado se expandió en el interior del vehículo cuando por fin se reanudó la marcha.
Fueron cinco minutos de normalidad. Pero, al llegar a Gallo... ¡sorpresa!: Otro individuo muy obeso, tanto como el anterior, ascendió por la escalerilla entre bufidos y empujones. Vestía un sobretodo fino, camisa y corbata y un sombrero tirolés muy coqueto. Tras la ayuda recibida para subir, sacó boleto y, como en el caso anterior, de inmediato comenzó el safari hacia la puerta trasera. Pero ahora el pasaje, ante el nuevo atropello, se manifestó a viva voz. En particular, la mujer que había sufrido en pie propio el peso de la experiencia anterior.
- ¡Otra vez usted! ¿No se había bajado?
El hombre la miró con gesto extrañado.
- ¿Otra vez qué? ¿Bajado donde?- dijo.
- Si, usted. Hace un rato viajaba con una mochila, molestando también a todo el mundo, como hace ahora.
- Me confunde, señora -repuso el otro con gran cortesía. - ¿Dice que yo..? No, no era yo.
- Salvo el sombrero y el chupete al cuello, para mí que era usted -aseguraba la vieja dama, quien por lo visto no daba el brazo a torcer.
Al oir la palabra “chupete” el gordo dio un respingo. Dio un paso atrás y cayó sobre un muchacho que, aislado del resto, oía ruidos a todo volumen con unos auriculares.
- ¡Un chupete! ¡Dijo un chupete! -gemía desaforado, con la mano en el corazón.
- ¡Es el Bebe! ¡Mi hermanito gemelo perdido! ¡Hace diez años que lo busco! Por amor de Dios, señora, le ruego me diga donde está ahora. ¡Tengo que alcanzarlo! ¿Dónde, dónde bajó?
Y prorrumpió en un llanto desgarrador, mientras se abrazaba a la mujer, repitiendo la letanía.
- ¡Hermanito, donde estás! ¡Bebe de mi alma!
El conductor detuvo la marcha y, participando de la tragedia, opinó que lo mejor sería que bajara y tomara un taxi hasta Pueyrredón. Alguien informó que eran pocas cuadras, unas diez. El pasaje, conmovido, aprobó unánimemente la idea. Entre llantos, el gordo agradeció varias veces la ayuda, bajó del colectivo y cruzó la avenida, mientras los que seguimos viaje lo mirábamos compasivamente desde arriba.
El silencio que sobrevino sólo fue alterado por una jovencita, que hasta entonces no había intervenido.
- Pobre, ¿no?— dijo con gesto compungido.
Y un gesto lastimero, repetido en todos los presentes, apoyó su comentario compasivo.



Una semana después, viajando en un 55 que circulaba por Mataderos, fui testigo del ascenso al coche del aquel mismo gordo de pullover. El hombre repitió exactamente la escena que había visto yo en aquel colectivo 29: con inusitado apuro recorrió el largo del vehículo chocando y pisoteando a su paso a los desprevenidos pasajeros para bajar presuroso a las pocas cuadras.
Mi confusión era total. ¿Qué pretendía este hombre con esa conducta? Pensé que podría ser tan sólo un loco ¿ O se trataría de una maniobra delictiva?
De repente, una chispa intuitiva me iluminó.
La puerta trasera permaneció abierta cierto tiempo y aproveché para bajar. Ya en la vereda, traté de divisar al gordo de pullover de colorinches.
Pero fue en vano: había desaparecido.
Me dispuse a cruzar la calle y, entonces, lo vi. Estaba en un auto, quitándose la mochila, el pullover y en apresto para ponerse el sobretodo. A su lado una mujer manejaba, con sonrisa cómplice. Comprendí que esperaban el cambio de semáforo para perseguir y sobrepasar al colectivo.
Cuando arrancó, pasó a mi lado.
Lo último que vi fueron el chupete colgando del retrovisor y el sombrero tirolés en el asiento trasero.




Texto agregado el 27-10-2007, y leído por 124 visitantes. (11 votos)


Lectores Opinan
2008-02-06 19:26:16 Te cuento que yo lo ví en el 86 La Boca por Laguna. Me encantan tus cuentos, son de una narrativa impecable. aicila
2008-02-02 13:54:37 jajaja, supongo que la señora a la cual abrazó habrá llegado a su casa y sorprendida notó que le faltaba el dinero de su cartera. Me encantó porque es una muy buena historia urbana. qué suerte que la leí. Un beso y mis estrellas. Magda gmmagdalena
2008-01-20 22:37:41 La historia es un tanto extraña, la narrativa cautivante y bien lograda. Te felicito. Sofiama
2007-12-19 20:50:36 Muy bueno. Entretenido y bien narrado. rigoberto
2007-11-21 12:47:18 Excelente, con un dejo de suspenso y fina ironia. El final casi de peli, buenisimo. marfunebrero< /a>
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