Me lo han dicho los sueños.
Me han contado que dentro de mí tengo
una fe que sembraron
las antiguas leyendas,
o tal vez las verdades venideras.
Son reflejos internos
de remotos deseos,
expresados en textos milenarios
que rebusco en lejanas bibliotecas,
librerías de viejo,
y en archivos de polvo,
junto a claustros de yermos monasterios.
En París, en Florencia, en Praga, en Gante,
en ciudades que dudan bajo el eco
de dos mil campanarios.
Vetustos pergaminos
que describen la joya más buscada:
un zafiro de fina superficie
tallado con la forma de una rosa,
y que mantiene como el primer día
el brillo de su entraña estructurada
y la hermosa ilusión, la fe primera
de su dueño feliz.
Y en sueños o en vigilias,
que se confunden en mi mente incierta,
recorro los caminos señalados,
por mares y desiertos,
a mágicos destinos.
A Damasco, a Bagdag, a Samarcanda,
a ciudades que rezan a la sombra
de dos mil minaretes,
donde me pongo a recorrer los zocos,
los bazares y tiendas.
Preguntando a taimados mercaderes,
ocultando mi afán con disimulo,
rebuscando entre sedas y perfumes,
adornos de marfil,
labrados cordobanes,
y luego en la inquietante orfebrería:
ágatas, jades, perlas y corales
engarzados en brillos ambarinos.
Y comienzo a dudar de su existencia,
aunque cuentan mis sueños que hay algunos
que han bañado la vista en su reflejo,
la han tenido en sus manos,
y con ella el valor y el sentimiento
de comprenderlo todo.
Y por eso prosigo hacia el oriente,
la percepción opaca a los sonidos,
a los gustos, los roces, los aromas,
al dolor y al cansancio.
Solo atenta la vista
al avance por áridos senderos
que recorrieron muchas caravanas
y milicias feroces.
Las huellas de Alejandro y Tamerlán
quedan atrás, y asciendo a las montañas
del umbral elevado del Catay.
Y llego a Patna, a Katmandú, y a Lhasa,
a ciudades que abdican al abrigo
de dos mil santuarios.
Y pregunto a los monjes
y a los viejos santones,
los que hicieron callar sus apetencias,
los que hicieron dormir sus inquietudes,
los que hicieron hablar a su silencio
y sintieron el goce
del divino contacto.
Y prosigo adelante,
rechazando la dicha sin pasiones.
Mi afán de posesión asume el riesgo,
pues me cuentan mis sueños
que quien tuvo la rosa
no aguantó el sufrimiento de perderla.
Ya no pregunto a nadie.
Sólo sigo la brújula del sueño.
Entro en sus negras grutas decoradas
de mágicas pinturas de animales
y rescato los huesos de los seres
que soñaron mi rosa en otro tiempo.
He visto su reflejo muchas veces
sobre la piel de lagos sepultados
y en la húmeda corteza
de los bosques calizos.
He seguido su rastro
por simas y angosturas,
bajo rocas que guardan el secreto
de dos mil mutaciones.
Y mi alma se hace polvo de corola,
sobre carne de brillo apetalado.
Mi sexo se me vuelve hermafrodita
y se fecunda con su propio polen.
Mi rosa echará brotes en mi vientre,
sus aristas de espejo romperán mis tejidos.
Mis pechos se harán fuentes
de calostros azules para el labio
de su primer destello cristalino.
Y luego, cuando sienta la dulzura
de ser dueño y creador
de la fe que buscaba entre mis sueños,
me sentiré completo,
y ya no sufriré más despertares.
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