Nunca conocí en mi vida alguien como él. Lo envidiaba a diario desde lo más profundo de mi ser. Éramos compañeros hace más de diez años, y no hubo mujer que no lo hubiera preferido a él. Decenas probablemente habían caído derretidas ante su voz de locutor, su perfume de diseñador y su sonrisa de comercial. Era innegable que el tipo tenía el talento, en especial cuando sacaba su cuadernillo misterioso en medio de la mesa del pub y anotaba con su bolígrafo enchapado en oro algún dato que nunca pude acceder a leer, pero que provocaba las más extrañas reacciones en las chicas cuando lo leían. Y eso que yo siempre estuve a su lado tratando de recibir aunque fuera por contigüidad algo de su magia seductora, la suficiente para que alguna mujer, sin exigencia de parte mía, me sonriera o me regalara un momento de su noche.
Pero no.
Esa noche, como muchas otras, estaba yo ahí sentado frente a él escuchando sus historias de encuentros amorosos, y que involucraban desde pasajes sexuales desenfrenados y sin límite alguno con modelos internacionales hasta amoríos de fin de semana con las más hermosas compañeras de la Universidad, y que todos veíamos como la mujer perfecta. Mientras hablaba, yo miraba a través de mi vaso de whisky a un par de chicas que bebían unas cuantas mesas más allá, sin pescar a nadie en la noche. Al principio las observé de reojo, averiguando con morbo si es que eran lesbianas, pero no me daban señal alguna de aquello. Segundos después, vi como una de las dos estaba tan aburrida como yo, escuchando las interminables historias de su amiga. Ahí supe que era mi momento. Me armé de valor, y clavé mi mirada en ella.
... y ella me la devolvió, con cierta incomodidad. Pero luego me sonrió, mientras su amiga, odiosa, trataba de apartarla de esta suerte de imán que se nos dió por unos segundos.
Mi compañero, al notar que yo no estaba atento del todo a su romance en Buenos Aires con una rubia revisteril, miró al par de chicas y las invitó a nuestra mesa - cosa que yo no había atinado a hacer -. Acto seguido, sacó su bolígrafo y su cuaderno y me dijo:
"Así es que te gustó esa gatita, galán." - y agregó con un aire de dueño de topless: "Está buena, mira ese pedazo de culo y esas piernas que se gasta. A ver como te va con ella. Esta noche es la tuya. Yo te ayudo".
Yo, nervioso a más no poder, solo asentí con mi cabeza mientras buscaba la mejor forma de ponerme a conversar con ella. No sabía si utilizar las mil y una técnicas que le había escuchado a él noche tras noche con resultado asegurado o intentar hacerlo a mi manera - aún no probada - de conquistar. No tuve más tiempo de pensarlo, por lo que improvisé. Las chicas se sentaron estratégicamente, de manera tal que quedé entre ellas dos. Aunque me interesaba solo una.
Luego de unos minutos, creo que por fin tenía las opciones de ganar. La conversación se había tornado amena y con toques de intimidad entre ella y yo. Mi amigo, por otro lado, no se veía tan contento. Se sentó derecho y escribió en su cuaderno algo que le mostró a las chicas. Yo fui feliz. Por fin el famoso seductor estaba reconociendo mi talento - pensé. Y más aún, era mi amigo y me estaba ayudando a lograrlo.
Sin embargo, las cosas cambiaron desde ese momento. Mi chica se alejó y se sentó cerca de él, luego de mirarme con un cierto dejo de desprecio. La otra chica se rió mirándome y luego lo abrazó y le besó la oreja. Bastó un par de palabras de mi compañero - que yo no alcancé a escuchar - y se fueron los tres, dejándome solo en la mesa.
Yo no entendía nada, y, decepcionado, sólo atiné a tomar mis cosas para irme también. Lo único que me detuvo fue que se había quedado encima el bolígrafo y el cuaderno. Los tomé, pero luego fui invadido por la curiosidad. Lo abrí y miré.
Grande fue mi sorpresa cuando vi escrito en varias hojas lo mismo:
"Él es gay. Pierdes el tiempo"
Y así fue como entendí sus grandes conquistas y mis grandes fracasos.
*copyright 2007 Derechos de Autor Pablo Aravena
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