HISTORIA DE UN ANACRONISMO ( I )
( NOVELA INACABADA )
Nota: Quiero compartir con los amigos cuenteros lo poco que llevo escrito de mi primera novela que seguramente nunca acabare.
Barría aquel suelo rojizo aplicadamente , con urgencia, como si en ello le fuera la vida. Su vida era barrer , fregar , hacer la compra diaria, estar siempre atenta a las ordenes de la señora, y solo cuando , agotada , se recluía en su habitación , soñar despierta hasta que perdía la conciencia . No recordaba haber soñado nunca durmiendo. Su amiga Macarena le contaba cuando coincidían en la tienda o los domingos al salir de misa que los sueños podían ser muy agradables . En sueños la había besado David , aquel muchacho , moreno , fuerte , guapo, que ella miraba de reojo , cuando pasaba haciendo caballitos con su moto. Se despertaba con la entrepierna húmeda y la sensación de haber chupado la lata de leche condensada que guardaba como un tesoro en su habitación. También le contó que podían ser horribles , como aquella vez que se despertó sudando y temblando, porque un toro negro estaba a punto de alcanzarla en un camino estrecho que nunca se terminaba. Para ella el sueño era la nada, la muerte diaria que le permitía vivir al día siguiente ( barrer , fregar ...) . Conocía aquel suelo, sus grietas , las zonas mas desgastadas que la obligaban a apretar la escoba con más fuerza para que el polvo blanco se desprendiera. La señora la había convencido de que el suelo se quedaba mucho mejor cuando se fregaba de rodillas como antes , y así lo hacia ella con la cara a un palmo de las losas . Después de haber barrido lo fregó y, al salir de la habitación , tenía la íntima satisfacción de haber hecho bien su trabajo.
Oyó la voz de la señora que desde la cocina la llamaba con insistencia.
¡Juana, Juana!
Se apresuró a bajar la escalera un tanto atolondrada, a punto estuvo de tirar el cubo que llevaba en una mano mientras con la otra asía la escoba y el recogedor. No le gustaba hacerla esperar cuando la llamaba. No es que temiera una reprimenda que casi nunca se producía, sino que estaba acostumbrada , desde pequeña , a obedecer con prontitud las órdenes de los mayores.
La señora estaba contenta, radiante, como todos los días del año en que su hijo Jesús volvía de vacaciones . Don Joaquín había ido a recogerlo a la vieja estación del tren de la capital y esperaba su llegada para la hora de comer. Había ido hoy al mercado , había escogido personalmente aquel pescado pequeñito que tanto le gustaba, y tenia en el horno la tarta de chocolate que, desde que dejó el chupete, le preparaba con tanto esmero.
Pepito el pequeño , ya entrando en la adolescencia, había dejado la bicicleta en el portal y , sudoroso , se dirigió a la cocina donde estaba su madre . Le dio un beso y desapareció.
¡Juana , échame una mano que voy algo retrasada!
Ella empezó a pelar las patatas que más tarde se transformarían en el más suculento manjar que jamás había probado : la tortilla de patatas de la señora. Mientras preparaban la comida , hablaban de cosas banales, reían, comentaban los últimos chismes del pueblo , con una complicidad que hacía desaparecer la línea de edad que las separaba . A veces la señora, ya madura , se comportaba como una chica joven, le hablaba como si fuera una amiga y era entonces cuando mas le agradaba estar con ella. Pensaba que había tenido mucha suerte, al dar con sus huesos en aquella vieja casa y tener unos señores como don Joaquín y doña Dolores.
La calle , empedrada todavía, subía desde un pequeño parque hasta aquella casa destartalada que justamente coronaba la cuesta . Los que podían desde siempre se hacían sus casas en lo mas alto, queriendo mostrar al resto de los mortales cual era su posición , más cerca del cielo, y alejados de aquel infierno de calor , de fuego en el verano , de olores a podrido , de río desbordado cuando la lluvia , escasa pero casi siempre torrencial , hacía acto de presencia.
Jesús , mientras el coche ascendía lentamente la calle , recordaba el esfuerzo que de niño le costaba subirla en bicicleta. Aquella cuesta se había convertido durante muchos años en el test de su hombría incipiente, hasta que ya a los dieciséis, logró llegar a su casa desde el parque sin poner el pié en el suelo .
La señora se levantó como una exhalación al oír el coche en la puerta de la casa. Mientras se ponía en pié , se alisó la falda y , ya andando, se sujetó el moño con una horquilla. En la calle , al lado del portón que daba acceso al portal, abrió los brazos para estrechar a su hijo ! Qué grande estaba ya y que guapo ¡ Jesús tuvo que inclinarse para corresponder al abrazo de su madre, y tomándola por la cintura la levantó como una pluma y giró sobre si hasta casi marearse , mientras ella gritaba y reía . Cuando la dejó en el suelo, quedaron con las manos entrelazadas, separados y mirándose , como si no se hubieran visto en mucho tiempo.
Don Joaquín asistía a la escena como el tramoyista que ve lo que nadie ve escondido detrás de sus gafas de sol pero consciente de la relevancia de su papel y satisfecho del resultado final de la obra (¿Su obra?).
Pepito se le abalanzó y de un salto se le colgó del cuello. Le desprendió las manos que lo rodeaban y entre risas y simulacros de combate de boxeo, le retorció el brazo en la espalda hasta hacerle inclinar la cabeza mientras el crío chillaba exagerando el dolor que sentía. Por fin lo soltó y lo abrazó como dos amigos adultos que se vuelven a encontrar.
Juana ya había llevado la maleta al interior de la casa, y permanecía en el dintel de la puerta mirando complacida y como secándose las manos en el delantal en un gesto que hacía con mucha frecuencia. Lo hacía cuando estaba alegre como ahora, cuando estaba nerviosa , cuando raramente la señora le llamaba la atención , pero entonces además no levantaba la vista del suelo. ¿ Porque esa necesidad de mantener siempre las manos limpias , aunque encallecidas y cuarteadas? Su madre cuando la llevaba por primera vez a la casa, le había dicho que estos señoritos de mierda siempre se están lavando, y les gusta que los que están a su lado se laven mucho también.
-- Así Juana que ya sabes las manos bien limpias y los bajos , que es lo que mas huele.-
Se apartó cuando pasaban hacia el patio y Jesús volviendo la cabeza hacia ella le dijo “Juana , que guapa estás” , pero sin darle importancia , sin reparar siquiera en que verdaderamente Juana no es que estaba guapa , es que era guapa. Sonaba aquel saludo al “hola Boby “ con el que había respondido al perro de la casa , pasándole la mano por la cabeza, y apartándolo de un empujón , cuando le ponía las patas encima.
--El si que estaba guapo--
Siguiendo sus directrices, Juana había puesto un mantel blanco , bordado a mano por la señora cuando, muy joven, ya preparaba su ajuar sin saber siquiera si algún día se casaría y quien sería el afortunado comensal que lo compartiría con ella durante toda la vida. Olía un poco a alcanfor, y el inicial blanco refulgente había dado paso a un blanco sucio casi crema suave, que le daba la prestancia de lo antiguo y de lo bueno.
Los cubiertos , heredados de sus antepasados, pesados para dejar claro a quien los tuviera en sus manos que eran de plata de ley, estaban perfectamente alineados a ambos lado del plato en la forma que la señora le había enseñado, y que ella nunca olvidó.
La cristalería se notaba que era de las buenas; el cristal se conservaba transparente , limpio. Se podía mirar a su través y parecía que nada material se interponía entre los ojos y lo que se veía.
Todos estos componentes del ajuar doméstico, celosamente guardados en el arcón, aparecían en las grandes ocasiones y cumplían entonces su función de exteriorizar la categoría de sus dueños. Juana había llegado a la conclusión de que algo que diferenciaba a los ricos de los pobres, era su capacidad para aderezar las cosas simples, elementales, con ciertos añadidos que las hacían mas humanas y que transcendían al lenguaje. Aquellos cubiertos , aquella mantelería, aquella cristalería, hacían del animal acto de engullir, una comida pero no como la de todos los días, sino una comida de “bienvenida “ al recién llegado, una cena de recepción a los invitados , un desayuno de trabajo.
Don Joaquín ocupaba su sitio preferente , doña Dolores estaba enfrente y cada uno de sus hijos ocupaba un lado de la mesa. Ella , de pie , estaba pendiente del servicio y participaba de la animada conversación de vez en cuando . Jesús había venido esta vez con el pelo largo y don Joaquín lo amenazaba constantemente con llevarlo a la barbería, mientras su madre decía que no le sentaba mal, y el pequeño se atrevía a llamarle maricón a su hermano mayor. Ella también dio su opinión : le quedaba muy y bien y era muy moderno .
Tras el gazpacho vino el chanquete con tortilla de patatas , y aquella tarta magnifica de chocolate que gustaba a toda la familia . Don Joaquín ofreció un cigarrillo a su hijo y este prefirió fumar del suyo . Hablaban ahora de Madrid, que había crecido mucho , de fútbol, y por fin de las notas que había obtenido. Había aprobado todo el curso, e incluso había sacado un notable en Derecho Civil.
Don Joaquín se levantó de la mesa para echar la siesta , el pequeño, salió con la bici como alma que lleva el diablo, doña Dolores y Jesús permanecían charlando en el cuarto de estar y ella en la cocina fregaba los cubiertos y las copas que mas tarde guardaría en el arcón hasta la próxima ocasión
Jesús , después de descansar un rato en su habitación, había quedado con sus amigos de siempre en el bar donde en el verano solían pasar la mayor parte de la tarde , charlando fumando y jugando a la máquina que él dominaba a la perfección.
Fue dándole la mano a cada uno, apretando con fuerza, e instantáneamente el saludado apretaba también la suya hasta que uno de los dos notaba una leve superioridad en la presión , deshaciéndose entonces el contacto, y pasando a abrazarse escandalosamente, entre tacos y risas.
En la pandilla había universitarios como él : Luis el hijo del Teniente de la Guardia Civil estudiaba medicina ( Cuanto le hubiera gustado a su padre que siguiendo la tradición el hubiese hecho esa carrera). Julián hacía económicas,y Miguel filosofía y letras. Ellos eran la flor y nata de los chicos del pueblo, como decía don Francisco , padre de Julián , comerciante de buena posición , cuando los veía a los tres, y los saludaba ofreciéndoles un pitillo.
Mas tarde apareció Juan que, en parte porque sus padres no podían y en parte porque el nunca les pidió que se esforzaran, se quedó en magisterio , como casi todas las chicas de la pandilla que estudiaban algo.
Y por fin los amigos que ya desde adolescentes habían empezado a trabajar: David que trabajaba en el taller de motos del pueblo; Rafael en el negocio de camiones de su padre y José de electricista con el maestro albañil del pueblo .
Todavía tenían muchas cosas en común: el fútbol, las chicas, las fiestas , las gamberradas, los problemas con los padres . Pero en determinados momentos el discurrir de la conversación los separaba en dos grupos de una manera involuntaria y casual : unos hablaban de asignaturas difíciles, de profesores cabrones , de niñas cursis, de cargas de la policía , de canutos en conciertos , de películas de cineforum, y otros de la montesa impala que no acababa de arreglar , del cabrón de su padre que le había hecho descargar mas de cien sacos de trigo, o del hijo de puta del maestro siempre amenazándole con echarlo si no acababa la instalación eléctrica de aquel almacén.
Quizá esa leve y todavía no apreciada por ellos bifurcación en los temas de conversación y en definitiva en los intereses compartidos, hacia vislumbrar la inexorable influencia de los orígenes en la vida de las personas, en la amistad, en el amor , en la posición social, en definitiva, en la arribada a un margen u otro de la orilla del barranco que dividía en dos aquel pueblo , aquel país y el mundo entero.
“¿Viene este año la alemana?”, preguntó Jesús a sus amigos, con cierta picardía, entre risas y recuerdos. David le contestó que ya había llegado, como todos los años.
Berta era alemana solo de apariencia y de nacionalidad. Sus padres habían emigrado muchos años antes y ella ya había nacido allí. Su padre , jornalero en los cincuenta , no tuvo más remedio que buscarse la vida fuera de su país y de su pueblo. Primero marcho él . Almacenes donde vivían hacinados mas de veinte compatriotas, las patatas cocinadas para todos de todas las maneras imaginables, el aceite y el vino , los embutidos , llevados como un tesoro en maletas de cartón atadas con guita de esparto, la soledad entre los compañeros, el muro del idioma que te pone en la cara una mascara de imbécil sin serlo, la añoranza del sexo de la mujer , sucio pero tuyo, no como el de aquellas putas grandes con las que se aliviaban, a penas sin olor de tanto lavárselo , los hijos pequeños a los que no podían tocar , solo verlos en fotografía, y que cuando regresaban ya no parecían los suyos, los padres viejos que no acababan nunca de morirse , la familia , la borrachera con los amigos al llegar y que podía durar dos o tres días, la feria , la despedida, llorosa la mujer y ajenos los críos , y por fin la vuelta al frío. A los pocos años se llevo a su mujer, cuando ya él , trabajador donde los hubiera, consiguió cierta estabilidad y los ansiados papeles. Ya volvían en coche, compraron una pequeña finca que fue de sus padres y la niña que había nacido allí hablaba alemán a la perfección , no tan bien el español, y cursaba sus estudios de “marketing” ( que carreras tan raras había en Alemania) .
Se despidieron excitados entre carcajadas , oliendo la fiesta , el alcohol, el sudor de las muchachas que bailaban, el tabaco y el jazmín de la terraza al aire libre donde habían quedado.
Jesús se había duchado afeitado y trataba de peinarse el pelo ya largo con raya en medio, como el protagonista de Jesucristo Superstar. Se abofeteó la cara con after swave, queriendo introducir el olor por los poros de su piel, y se miro finalmente en el espejo. Se gustó. Sus ojos no eran grandes , pero si rajados y de color miel como los de su madre, los pómulos y el mentón marcados , la nariz grande , algo chata, pero proporcionada, los labios gruesos y carnosos conformaban una boca grande que alojaba unos dientes blancos y perfectos , todavía no manchados por el tabaco. Al ir a sentarse en la cama se detuvo delante del espejo del armario, y pudo ver un cuerpo joven , atlético aunque sin exceso de musculatura, de estatura mediana tirando a alta. Se enfundó los vaqueros, muy ajustados, se puso la camiseta con dibujos geométricos en blanco y negro y se calzó unos mocasines terminados en punta. Volvió a mirarse en el espejo y quedó encantado con su aspecto.
Bajó la escalera a saltos y se despidió de sus padres que estaban en el jardín .
--No me esperes despierta mamá-- .
Descendió por la calle empedrada saludando a los conocidos con los que se cruzaba, bordeó la plaza de la iglesia, iluminada ya, y se perdió en la oscuridad de la carretera por donde subían parejas de novios enlazadas por la cintura , matrimonios jóvenes que todavía empujaban el cochecito de los niños, y viejos que se paraban de trecho en trecho , buscando el aire que les faltaba en aquella calurosa noche de Julio.
Ya se oía la música sincopada de los Rollins (Satisfacción , ...) y a medida que se acercaba a la terraza , sin darse cuenta aceleraba el paso . Llegó a la entrada, sacó el tiket , respiró profundamente , y traspasó el arco del muro que delimitaba el local.
Parecía un torero que iniciaba el paseillo y entraba en el ruedo bajo la atenta mirada del público. Las cabezas, femeninas y jóvenes, se volvían entre risitas y cuchicheos, mientras el se abría paso hasta la barra donde había visto a sus amigos. Saludos a voces y entre aspavientos, el primer cubalibre de la noche y comentarios sobre las chicas que bailaban . Movían las caderas haciendo saltar los pechos como si quisieran liberarlos del sujetador, aparentando estar ajenas a las miradas de jóvenes y viejos, como si todo aquel despliegue físico no tuviese un destinatario final. A veces parecía que se ensimismaban , mirando hacia un espejo imaginario que les devolvía su imagen en escorzos y planos sucesivos de cámara lenta. Pero una furtiva mirada hacia la barra donde se apoyaban los hombres que bebían sin parar, hacia la mesa donde un grupo de chicos hablaban de fútbol, descubría la verdadera y eterna finalidad de aquel esfuerzo.
Berta bailaba desenfrenadamente junto a sus amigas. Llevaba unos minichort ceñidos, unas botas por encima de las rodillas a pesar del sofocante calor y una camiseta ajustada, ya empapada por el sudor en algunas zonas. El pelo, rubio teñido, casaba bien con sus ojos verdes , aunque el color matizadamente oscuro de su piel , delataba su origen mediterráneo. Allí donde los hombros se hacen brazos, se perfilaban unas redondeces prietas, los pechos abundantes aunque no excesivos, los muslos torneados, hendidos por la presión del pantalón que casi se ocultaba entre la carne a la altura del triángulo vital, y que un poco mas abajo, liberados de la tela, recobraban su volumen llegando a rozarse, las caderas anchas para una chica de su edad, las nalgas respingonas, la espalda recta y las pantorrillas firmes. Una ola de calor o de frío, no estaba segura, la invadió de la cabeza a los pies cuando vio a Jesús dirigirse hacia la pista con un vaso en la mano. Jesús besó a las chicas que bailaban y finalmente a Berta que sonriente, le correspondió. De repente, la iluminación se difuminó dejando la pista casi a oscuras, y la canción “Noches de Blanco Satén” inundó el aire haciéndolo todavía mas irrespirable. La tomó con decisión por la cintura y bailaron notándose sus sexos hasta que la música cesó aunque ellos todavía la oían y permanecían abrazados, y unos segundos después se separaron sintiendo en sus miembros un hormigueo como de despertar.
Cuando llegó a su casa, solo la luz tenue de la entrada estaba encendida. Alumbrándose con el encendedor llegó a su habitación, se desnudó y , aunque le dolía la cabeza, no pudo dejar de pensar en Berta. El ruido leve y acompasado de su cama no lo oyó nadie.
Todos dormían.
|