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Inicio / Cuenteros Locales / Aristidemo / Aurora y el después

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:319042]


Antes era flaco. Todavía lo soy, pero con pancita. Es bueno esto de envejecer, me gusta. Es decir, no me molesta. Uno pierde algunas facultades y gana algunas otras: ya no puedo treparme a los árboles, pero puedo disfrutar viendo a quienes lo hacen; ya no sueño con golear al equipo rojo veintisiete a cero yo solito, pero ahora sé que los mejores partidos son llevados a cabo junto a una cerveza; antes tenía prisa y ahora no tengo a donde ir...

Aurora dice que parezco perro callejero, flaco y panzón. Exagera. A ella la conocí cuando ya no estaba tan flaco, en el velorio de mi abuela. Era novia de mi primo Joel y llevaba un vestidito negro que hizo respingar a todas las tías: muy buenas piernas. Mi abuela estuvo a punto de salir de la caja y reprenderla, decirle muchachita vulgar, este es un velorio decente, vete a cambiar.

Joel siempre ha sido un idiota con suerte. Un idiota con Mercedes Benz, reloj y dinero en el banco. Nos caemos mal desde niños. Él siempre bien vestido, bien peinado, bien hablado; yo nunca.
- Por eso me gustas – me dice Aurora quitándome el cigarrillo de los labios para luego fumar ella.
- Bueno, puedo ser todo eso cuando me lo propongo.
- Sí, también me gustas por eso.

¡Aurora! ¿Cuánto tiempo tardarás en aburrirte de mí? Tan guapa, tan fresca. No tengo muchas cosas que contarte, casi no he viajado, no sé hablar inglés y no hay cosa que me guste más que el estar solo.

Joel se limpiaba lagrimitas bajo sus lentes oscuros y Aurora no dejó de notar el sube y baja de las miradas de los tíos sobre ella. Mi tío Paco balbucía un rosario impronunciable con los ojos fuera de órbita y el tío Luis, papá de Joel, suspiraba profundamente. Era ridículo: mi abuela, rodeada de gañanes, muerta y olvidada de repente, todo por un par de chamorros. Se sentó frente a mí, en uno de los sillones dispuestos en el lugar, rígida y visiblemente incómoda. Yo nunca he usado lentes oscuros y soy malo para fingir: la vi directamente a los ojos y, al notar que me sostenía la mirada, bajé hasta donde sus muslos parecían ser las hojas de un tomo abierto en la página central; un libro grueso de lectura braile.

Tuve que pararme y salir a fumar un cigarro.

Aurora apareció en la puerta unos minutos después. Me vio y sonrió.
- Lo siento mucho – dijo.
- ¿Qué?... ah, sí; gracias.
Silencio. Luego sacó una cigarrera y un extralargo quedó entre sus labios. Buscó en su bolso infructuosamente. Le ofrecí mi encendedor. Fumó y sacó el humo por la nariz.
- No debí haber venido – dijo con la mirada al cielo.
- ¿Por qué?
- Joel y yo terminamos.
- Oh.
- Prácticamente me exigió venir. Llegó hace un rato a mi casa y se puso a llorar. Me dio lástima. Él nunca me habló de su abuela, pero parece que la quería mucho.
- Sí, parece.
- ¡Y luego este vestido! ¿En qué estaba pensando? Sólo dije: “algo negro” y me puse lo primero que vi.
- Te ves bien con ese vestido.
Aurora negó sutilmente con la cabeza y volvió a fumar.
- ¿Cuándo terminaron?
- Hace una semana.
- ¿Y por qué?
- Bueno, ya sabes, tu primo es un idiota.
Congeniábamos.
- Tú te llamas Fernando, ¿no?
- Así me llamo, ¿quién te dijo?
- Joel, un día que te vimos en un bar. ¡Uy!, me contó pestes de ti.
- ¿Ah, sí? Bueno, es normal, nos queremos mucho.
- Esa es una de las cosas que me hartaron de él, se expresa horrible de la demás gente: todos son menos que él, todos son nacos y pendejos.
- Bueno, yo soy naco y pienso que Joel es un pendejo.
Se rió. Luego, el pendejo apareció. Ignorándome, la tomó de un brazo y dijo algo que no entendí. Entraron juntos al velorio.

°°°

Me ha comprado una caminadora. Fue un error dejar que viera esas fotos donde aparezco tan flaco como lo estuve a los veinte años: era yo un muchacho guapo y espigado cuyo cuerpo reciclaba mucho más rápido la cerveza, no la dejaba estancarse, y podía ver mi miembro sin tener que sumir la panza.

Aurora no insiste mucho, sólo la deja ahí, esperando a que yo tome la iniciativa y me decida a usarla. Le cuento de cuando caminé durante cinco horas sin parar en el desierto, dejando muy atrás a los que me acompañaban en aquel viaje de locos, buscando peyote.
- No es necesario que camines tanto, con una hora al día estaría bien.
- ¡Pero si camino eso y más diario!
- Sí, en la calle, tomando coca cola y fumando.
- Fumar adelgaza.
- Me asombra que tengas dientes blancos.
- Blancos y derechitos, no lo olvides.

La única cosa que me puede repeler de una mujer es una dentadura manchada. Lo chueco, si no es exagerado, no importa. Aurora tiene separados los frontales, no mucho, y ese solo accidente hace más atractivo su rostro, más grande su risa blanca.

Le sigo contando que, una vez que encontré y comí el peyote, caminé otras cinco horas sin cesar.

°°°

El velorio comenzó a llenarse de murmullos, de pláticas, de sonrisas apenas apagadas por una toma de conciencia del lugar en donde estaban. Me disgustaba todo aquello. La muerte no me pone triste sino circunspecto y pensativo. Mi abuela había alcanzado los noventa y cuatro años, seis hijos, muchos nietos, bisnietos, y todo, en un segundo, prescindía de su ser. La vida no es maravillosa; es idiota y ciega. Lo mismo que la muerte.

Tal vez yo no alcanzaría ni la mitad de sus años. Dejaría de hacer ruidos mientras comía, de calentar las sábanas, de comprar cigarros, de equivocarme, de rascarme, de pedorrearme en la calle, de escuchar la radio, de despertar, y nadie, nada, lo echaría de menos.

Por un lado, eso estaba bien. Pero por el otro no. Treinta y cinco años, y yo continuaba ignorándolo todo.

Me fui de ahí antes del anochecer, sin despedirme de nadie. Llegué a mi casa y me acosté a fumar toda la noche, pensando.

A la mañana siguiente fui al entierro. Había menos gente que en el velorio. Los rostros me parecieron mucho más reales, nadie hablaba. Yo había soñado que mi abuela me decía algo, que me tomaba de la cabeza y sonreía. Me desperté cuando noté que ella llevaba un vestidito negro sobre un magnífico par de piernas.

Busqué a Joel entre la cabezas familiares y vi que Aurora ya no lo acompañaba.

°°°

Está bien, los pantalones ya no cierran tan fácil. Pero, insisto, soy un flaco fofo. Con un buen traje todavía tengo una facha estupenda.

Aurora es de las que van al gimnasio con más devoción que a misa, una muchacha activa que cuida su cuerpo. Eso se lo agradezco. Pero no puede esperar que yo lo haga también. Hay cosas que no tiene sentido preservar. En su momento, yo fui un excelente deportista. Eso es lo que me permite mantener una complexión delgada. La verdad es que mi panza es ridícula, está fuera de lugar. De perfil parezco anoréxica con cinco meses de embarazo.
- Estás mal hecho – dice Aurora cuando salgo de bañarme.
- No, si te fijas bien, las proporciones son las correctas. Es sólo que el tiempo no pasa en balde.
- Hablas como si fueras un anciano. Hay personas más viejas que tú y conservan un buen cuerpo.
- Sí, como Joel ¿no? El corre y juega frontón; desayuna melón y papaya; no toma cerveza y se pone crema en las manos. ¿Se depila los huevos?
- Qué tonto eres.
- De todas formas sé que prefieres estar conmigo.
- No estés tan seguro de eso.

No lo estoy. Aun me sigo preguntando qué divinidad permite que una mujer como Aurora esté conmigo. Una licenciada en Historia, maestra universitaria con buen sueldo, no tiene mucho que ver con un pobre paletero.

°°°

- ¿Fernando?
- ¡Hola!, ¿cómo estás?
- ¿Qué haces?
- Trabajo.
- ¿Vendes paletas?
- Mhm. Lo dices como si fuera algo terrible.
- No, perdona. Es que creí que hacías otra cosa.
- ¿Cómo qué?
- Joel me había dicho que escribías.
- Sí, bueno, algo hay de eso. Pero también tengo que comer. Las letras no son negocio.
- ¿Y por qué no te metes a otra cosa?
- Esto es otra cosa.
Aurora estaba realmente extrañada. Habían pasado varios meses desde lo de mi abuela. Llevaba unos pantalones de mezclilla apretados que forraban con precisión su bonito trasero.
- ¿A dónde vas? – le pregunté.
- A mi trabajo, aquí en la universidad.
- ¿Maestra?
- Sí.
- ¿Y odias a tus alumnos?
- No... bueno, a veces.
Le hacía gracia verme ahí y eso me incomodó. Pensé en el Mercedes Benz de Joel.
- ¿Es tuyo el carrito? – me preguntó viendo la heladera.
- No, soy un vil empleado.
- ¿Te pagan bien?
Quise que aquello terminara de una buena vez.
- Mira, es un trabajo como cualquier otro. Me pagan lo suficiente para no tener que andar robando. Además me divierto; no tengo que estar encerrado en una oficina o diciendo idioteces a un montón de estudiantes más idiotas todavía – mi tono no fue precisamente amable.
- ¡Qué carácter! Pero para que veas que no hay rencor, véndeme una paleta.
- No, para que veas que no hay rencor, toma la que quieras, te la regalo.
Aurora sonrío y agarró una de limón, le quitó la bolsita, se la llevó a la boca y dio un pequeño mordisco.
- ¡Uy!, ¡está durísima!
- Está congelada, ¿qué querías?
- Se me van a destemplar los dientes.
- Pídele a alguien que te bese.
- ¿Eso funciona?
- No sé, se me ocurrió ahorita.
- Bueno, si se destemplan vendré corriendo.

Me tuve que reír. Era la mujer más guapa con la que había platicado en años. Su mirada inteligente me venció. Dijo que se le hacía tarde, que tenía que irse. Le dije está bien, hasta luego. Dio media vuelta, cruzó la entrada de la universidad y se detuvo. La vi sacar pluma y papel de su bolso. Escribió algo mientras sostenía la paleta con los dientes. Luego volvió sus pasos hacia mí.
- Eres medio lento, ¿verdad?
- ¿Por qué?
- Aquí está mi teléfono. Salgo a las seis.

°°°

Le gustan las películas de acción. Bruce Willis es su favorito. Fuimos a ver una en la que ese cabrón mata como a veinte musulmanes hijos de rusos mafiosos y a él sólo le queda un rasponcito en el cachete izquierdo. Lo soporté nada más por el placer de aspirar el aroma del cabello de Aurora.

Después fuimos a cenar tacos al pastor. Mejor dicho, fuimos a que me viera comer; ella solamente pidió un agua mineral. Me contó su historia con Joel.
- A ver, dime, ¿por qué se divorció? – me preguntó.
- ¿Qué te dijo él?
- Que no congeniaron.
- ¡Jo! Te dijo la verdad, ella es lesbiana.
- ¿En serio?
- Sí, se fue a vivir con una gringa a San Francisco.
- Ay, qué desgraciada.
- No sé, a lo mejor tenía sus dudas y al convivir con Joel las confirmó. ¿A ti nunca te han llamado la atención las mujeres?
- No.
- No te creo.
- Puedo aceptar que una chava es guapa, pero de eso a que quiera acostarme con ella hay mucha diferencia.
- Todas dicen lo mismo.
- ¿Todas? No me digas que a ti te gustan los hombres.
- No todos.
- Ay, no inventes.
- Es la televisión que me tiene erotizado.
- Vaya, creí que eras hombrecito.
- Lo soy, pero la imaginación no tiene sexo.
- Qué asco.

Cuando me enteré de lo de Carla, la ex de Joel, me dio gusto. Él que siempre se ha creído un gallo pisador, un caballo garañón, se fue a casar con un cisne homosexual. Las versiones que corrieron fueron disímiles. A mi me gustó aquella de que la encontró con la gringa, fajando en la sala de su casa.

- Estoy bromeando, el único hombre que me gusta soy yo.
- Ya no sé si creerte o no.
- En eso te apoyo: no creas nada de lo que te digo.
- Uy, qué consuelo.
- Pero si tienes dudas, nomás dices cuándo y te compruebo que me encantan las mujeres.
- Dime de qué presumes y ya sabes lo demás.

°°°

Pasaron unos días de llamadas sin contestar. La había perdido por idiota. Siempre pasaba lo mismo, no sabía callarme ciertas bromas. Un mecanismo de autodefensa, supongo. ¿Contra qué? Contra el compromiso, contra la idealización, contra el amor de folletín. ¿Necesitaba una mujer? Siempre. ¿Me podía ver al lado de una? Nunca. Las mujeres no son un enigma, ni son más inteligentes o perceptivas: están tan confundidas como nosotros. Es su sutileza, su olor, el tono de sus voces, la manera en que caminan, la guerra que provocan; eso es lo que nos atrae, lo que nos lobotomiza. Como una droga que deja de funcionar después de un periodo de consumo: quieres otra, quieres más.

Ella fue la que me habló, un jueves por la noche.
- ¿Qué haces? – su voz sonaba triste.
- Me estaba bañando, ¿qué tienes?
- Me siento mal, no me gusta estar sola. Estoy harta de mi vida. Todos los días lo mismo.
- ¿Por qué no vienes? Acá tengo unos pomos de tinto, te puedes quedar si quieres.
- No, mejor ven tú. Voy a preparar un spaghetti.
- Perfecto.

°°°

Tengo un mes durmiendo esporádicamente en casa de Aurora. La mía le pareció pequeña y sucia. Además tiene un instinto maternal bastante desarrollado y cuida de mí a todas horas. Le he dicho que no es necesario que planche mis pantalones o camisas. Pero ella lo hace por gusto. Su casa es de dos plantas y no hay una mota de polvo sobre los muebles. Quiso que dejara de trabajar, que me pusiera a escribir. Pero no hay caso: a mí me gusta caminar por las calles, tomando coca cola y fumando. No necesito depender de ella, así las cosas se vuelven insoportables.

Aprovecho que no tiene tiempo para cocinar y yo le preparo diario la comida: ensaladas y pollo para ella; grasa saturada para mí. Hace poco empezó con lo de mi panza. Tal vez tenga algo de razón... Eso no me gusta: empezar a darle la razón. Ella está en desacuerdo con casi todo lo que pienso y eso es lo que me divierte. Es inteligente, defiende sus puntos de vista. Se me antoja más cuando pierde los estribos y despotrica contra lo que opino. Su cuerpo delicioso sabe a paleta de coco.

La caminadora sigue ahí, esperándome y me niego a caer en su trampa.

°°°

Aurora llega de su trabajo, nos damos un pequeño beso y comemos. Platica de los idiotas que yo también he comenzado a aborrecer: sus compañeros de trabajo y de un tal Rodrigo, alumno suyo, que además de asno es un prepotente arropado por las influencias de su padre en la rectoría.

Mierda, me estoy involucrando. Le digo que mande todo al carajo, que ella no necesita lidiar con tanto animal, que me dé chance de patear el culo del tal Rodrigo y que ya después ella podrá dedicarse a lo que tanto le gusta: la investigación. Ambos sabemos que eso, por ahora, es imposible. Yo más que ella; sé que esto se acerca al punto en que me veré entre la espada y el precipicio, entre abandonar mi libertad y defender la suya. Me gusta como agarra el cigarro, como entorna los ojos, como frota la bolita del desodorante en sus axilas blancas y con pecas.

Nos sentamos a ver la tele un rato. Para mi infortunio, encontramos la de Terminator. Aurora se sabe de memoria diálogos enteros. No me lo ha dicho, pero estoy seguro que esto era una de las cosas que compartía con Joel. A él sí que le gustan estas mierdas. ¿Esto es amor? Porque también tengo que soportar la música que escucha. La discusión más grave que hemos tenido fue cuando le dije que Arjona era un idiota sobrevalorado por mujeres analfabetas. De hecho, a partir de entonces comenzó a referirse a mi panza como algo que le molestaba. Después cometí el error de mostrarle aquellas fotos en las que aparezco con el abdomen plano y abundante cabellera. Yo también recurro a esas imágenes para preguntarme qué necesidad tengo de fingir esta tolerancia intolerable. Mi abuela decía que yo tenía la grandísima virtud de actuar según lo que pensaba. Me estoy ablandando.

Se acaba la película y nos vamos al cuarto. Aurora se da un regaderazo mientras yo me lavo los dientes. Me quedo en calzoncillos sobre la cama, leyendo una revista de chismes. Pienso que, a sus veintisiete años, Aurora podría encontrar alguien mejor: un tipo al que la edad y sus consecuencias le aterrorizaran tanto como a ella. Siendo una historiadora, aun le falta comprender el tiempo.

Escucho como deja de correr el agua de la regadera. Me levanto y me pongo a un lado de la puerta. Aparece envuelta del pecho hasta la entrepierna en una toalla azul. No se da cuenta de que estoy detrás de ella, de que la parte baja de sus nalgas sobresale por debajo de la toalla. Me fascinan sus piernas. Le rodeo con un brazo la cintura. Ella se sobresalta y da un pequeño grito. Le beso el cuello, los hombros, la espalda. Bebo el agua dulce en su piel. Le quito la toalla, Aurora voltea. La cargo y caemos pegados en la cama. Bajo por su vientre y la beso hasta llegar a los pies. Subo nuevamente, me detengo en su sexo. Escucho su respiración que se agita y la veo desde aquí, como un horizonte de piel joven y tensa. Me quito los calzones y el miembro es visible a pesar de mi panza. Ella separa un poco más las piernas, dice:
- Hazlo duro, flaquito.

No todo está perdido.





































Texto agregado el 30-10-2007, y leído por 72 visitantes. (6 votos)


Lectores Opinan
2007-11-23 22:55:09 ¿Por qué nadie comenta? Quizás por ser algo larguito pero así los prefiero. Bueno viejo esta es una envidiable historia de amor que se disfruta completamente. Salud marBin
 
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