La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Aristidemo - 'El Che Guevara era gay'
El Che Guevara era gay
- ¡¡¡EL CHE GUEVARA ERA GAAAAAAYYY!!! - comenzó a gritarles mi tío Ernesio a los cientos de integrantes de la enésima manifestación del año por la calles del centro de la ciudad.
- ¡¡¡A ESE PUTO ME LO COGÍ EN GUANTANAMOOOOOOOOO!!! - gritaba y pitaba al mismo tiempo, con medio cuerpo de fuera, rojo de la cara, verde de los lentes y gordo como una vaca.
Era inútil. Su voz y su claxon eran anulados por otros cientos de ruidos semejantes y por las consignas corales de los manifestantes más divertidos que convencidos.
- ¡Pinches drogadictos! - dijo mi tío volviendo a postrar su culo en el deformado asiento de la camioneta y sacando un paliacate para secarse el sudor de la frente, la calva (quitándose primero el sombrero vaquero) y el cuello. Su respiración, más ruidosa que de costumbre, denotaba un verdadero encabronamiento. Cuando era joven, yo lo había visto derribar reses vivas sin mucho esfuerzo y cargar reses muertas como se carga a la novia. Ahora, bastantes años después, todavía conservaba esa impresión de oso capaz de tirar un roble macizo.
- Mejor apague el motor, tío -le dije-. Esto va pa largo.
- ¡Hijos de la chingada! – soltó con la vista clavada a siete carros de distancia, justo por donde aquellos caminantes atravesaban. Apagó el motor.
- ¿Por qué se supone que es la marcha? – pregunté como si mi tío fuera uno de sus organizadores.
- ¡Nomás por mamar la verga! – respondió automático – Bola de huevones.
- Son los sindicatos.
- ¡Sindicatos, universitarios, pinches putos, son lo mismo! ¡Por qué, en vez de venirnos a dar en la madre, no se ponen a trabajar hijos de la chingada!
Esto del trabajo se lo tomaba muy en serio mi tío Ernesio. Carnicero desde los doce años, él no entendía más lógica que la de la joda diaria, la de levántate a las siete y acuéstate a las diez. Sus manos hablaban por sí solas; manazas color tierra, ásperas y endurecidas, con grietas de roca. En tiempos mejores se ufanaba de trozar huesos de espinazo por puro pasatiempo.
- Ha de ser por lo de los impuestos agregados – dije nomás por hacerle al adivino.
- ¡¿Impuestos?! – rugió mi tío, mirándome amenazante tras de sus verdes lentes - ¡¿Pero qué no ves que son puros mugrosos marihuanos sin oficio ni beneficio?! ¡Qué van andar pagando impuestos estos cabrones hijos de puta! ¡Como siempre ha de ser por una pendejada que se arregla en dos patadas! Pero, ¡ah no!, los imbéciles se sienten revolucionarios y aprovechan cualquier estupidez para sacar sus banderitas del puto Che y venir a joder a quienes SÍ TRABAJAMOS con sus chingaderas!
Decidí no volver poner en práctica mis dotes adivinatorias y encendí un cigarro. Lo cierto era que la gran mayoría de los marchantes eran jóvenes con cara de estárselo pasando bien. Había de todo: punketos, neo hippies, darketos, skatos, raves y uno que otro con cara de estudiante de filosofía y letras. Se reían, fumaban despreocupados, hacían camarillas; hasta había dos que tres con un balón de futbol, retándose a ver quién lo dominaba mejor. De vez en cuando se daban cuenta de que tenían que gritar algo, de que era tiempo de inventar una consigna rimadora, de que se trataba de reclamar, de exigir, de…
- ¡¡¡GLOBALIFÓBICOS MIS HUEVOOOOOOOSS!!! - gritaba nuevamente mi tío Ernesio asomado por la ventanilla y golpeando el claxon al ritmo de chin-ga-tu-ma-dre.
Lo que más le encabronaba era que en la caja trasera de la camioneta llevábamos dos reses destazadas y el calor de mayo era espeso, lleno de moscas. Por atrás y por delante, por un lado y por el otro, el embotellamiento se había vuelto impenetrable. Ya rondaban algunos motopratulleros de tránsito, pero la hora pico hacía que todas las posibles rutas alternas se hallasen entorpecidas. La carne podría resistir sin mucho problema; pero el problema era que a mi tío Ernesio era un maniático de a) la puntualidad, b) el buen servicio y c) los zorros del Atlas. Lo único que podía separarlo de su carnicería era que su equipo del alma jugara a horas de trabajo, sábados o domingos. Y peor si, como era el caso, venían a jugar a la capital. Entonces mi tío cerraba y les daba el día libre a sus empleados. Otra cosa para empeorar la situación: no era ni sábado ni domingo, sino miércoles de fecha doble. La carne era uno de aquellos pedidos especiales que mi tío prefería atender él mismo. Veníamos del matadero, a una hora de camino de nuestro destino, pero la hora ya había pasado de largo y las moscas les habían avisado a sus compañeras que por acá había carne aromática, muerta y sangrante al descubierto, haciendo que en medio de todo aquel escándalo hubiera que agregar su zumbido multitudinario. Total, que entre más miraba su reloj, más iba sintiendo ganas de atropellar a unos cuantos de esos indiferentes reclamantes
Terminé mi cigarro y mi tío encendió uno de los suyos, sin filtro. No pude evitar recordar mis días de estudiante, la época de la muerte de mi padre, cuando yo traía el pelo largo, la barba descuidada y los ojos chiquitos, enrojecidos. ¿Dónde habían quedado mis discos de Bob Dylan? Mi tío se había hecho cargo de mi madre, de mi hermana y de mí en aquellos días, pagando colegiaturas y surtiendo carne, frutas, verduras y lácteos completamente gratis. Cuando se dio cuenta, un año después, de que mi hermana estaba embarazada y de que yo era un pésimo estudiante de arquitectura, obligó al novio de mi hermana a casarse bajo amenaza de filetearlo vivo y a mí me sacó de la escuela para ponerme a trabajar en su negocio. Yo, malacostumbrado a la ley del mínimo esfuerzo, mandé varias veces al demonio a mi tío Ernesio y a sus vacas malparidas. Pero la verdad era que no sabía hacer nada y que lo que él me pagaba no me lo pagaría nadie más por mis nulas facultades. Poco a poco fui entendiendo los secretos del negocio, comenzando desde abajo, trapeando sangre, cargando bultos de entrañas y apéndices hasta llegar a ser lo que era ahora: socio a partes iguales de un obrador cárnico grande y reconocido… ¿Y mis libros de Sartre? ¿Y mi póster de Zapata?
- Oiga tío –dije en medio de mis cavilaciones-, ¿por qué nunca le propuso matrimonio a mi mamá?
Su ruidosa respiración se detuvo de golpe. Me miró nuevamente, ésta vez asombrado, como si yo acabara de decir algo terriblemente indebido.
- Vamos, tío. Ya estoy viejo para que usted siga fingiendo; siempre supe que mi padre y usted no se hablaban a causa de mi mamá… ella… fue novia de usted antes de casarse con él.
Por un momento siguió mirándome atónito. Traía su cigarro entre los labios y la ceniza cayó sobre sus piernas sin que él se inmutase. Luego, con un dejo que parecía sonrisa, dijo
- No digas pendejadas.
Había tocado fibras ocultas en el toro furioso.
- No son pendejadas, tío –insistí-. Bien pudo proponerle matrimonio sabiendo que lo iba a aceptar… y que nosotros también lo haríamos.
- Tu madre era una dama, cabrón. Yo soy sólo un pinche carnicero.
La respuesta salió mezclada con un suspiro inconsciente. Aventó la colilla hacia la calle y se quitó los lentes; sus ojillos negros se perdieron por un instante en recuerdos que nunca revelaría.
Mi madre había fallecido hacía apenas dos meses a causa de un cáncer descubierto demasiado tarde. Se marchitó en cuestión de semanas y no hubo nada por hacer. Sus años de viuda los había vivido sin preocupaciones gracias a la atención puesta por mi tío, y él había estado con ella hasta la última exhalación. Ninguno de los dos, nunca, sobrepasó los límites de la cortesía. Ambos cargarían con la duda para siempre.
- ¿Traes tu celular? –preguntó saliendo de sus pensamientos.
- Sí.
- ¡Háblale a Martín y dile en dónde estamos!, no vaya a creer que ya no llegamos. ¡Estos hijos de puta no tienen para cuando desaparecer!
Marqué el número de Martín y uno de sus empleados me informó que acababa de salir. Le dije que llevábamos su pedido y él me contestó que Martín no había dejado dinero para pagar ningún pedido. Informé de esto último a mi tío.
- ¡Pásame a ese cabrón! -dijo y le di el teléfono.
Me voy ahorrar la retahíla de insultos, amenazas y demás improperios que mi tío Ernesio le recetó al empleado de Martín. Solamente voy a decir que el tal empleado colgó el teléfono antes de que mi tío terminara de expectorar todas sus eufóricas maldiciones. Entonces se bajó de la camioneta, temblando de rabia, sudando y con el cuello en completa tensión. Se dirigió decidido hacia dónde los manifestantes y al grito de ¡¡¡CHIIIINGUEN A SU MADREEEEEEE!!!, les arrojó con todas sus fuerzas mi celular.
Veinticinco minutos después los autos comenzaron a moverse. En las calles adyacentes se abrían rutas de escape y los conductores hacían gala de toda su destreza para salir bien librados del embrollo. También decayó la afluencia de manifestantes y, antes de que los carros detrás de nosotros abrieran espacio, el tráfico delante nuestro avanzó subrepticiamente. Mi tío Ernesio encendió la camioneta, se caló su sombrero e hizo rugir el motor. Todavía tuvo tiempo de insultar a los rezagados simpatizantes: ¡¡¡PUTA BOLA DE HUEVOOOOOONESSSS!!!
Camino a lo de Martín (a velocidad suficiente para ignorar cualquier señalización), me pidió, desesperado, buscar en la radio la transmisión del partido Atlas – Cruz Azul. No tardé en encontrarla. El narrador informaba: “… así llegamos al final de este primer tiempo, con marcador de tres a cero a favor de la máquina del Cruz Azul que, prácticamente, ha anulado a los visitantes zorros del Atlas, último lugar en la tabla general y a quienes ni siquiera el porcentaje que los tiene al filo de descender a segunda división parece ser suficiente para sacarlos de su apático estilo de juego…”
Mientras mi tío Ernesio bufaba con tremebundo enfado, yo seguía pensando en aquellos días en que creía que la vida no podía ser sólo trabajar como burro, sin descanso, como si la existencia sólo sirviese para ser desgastada dentro del ácido corrosivo de rutinas delimitadas que nunca daban cabida a la reflexión o al disfrute despreocupado de las cosas… ¿qué les había ocurrido a mis deseos de un mundo mejor? Me daba cuenta de que los había abandonado insensiblemente, sin percatarme de su desaparición. Aun más: me daba cuenta de que ya no simpatizaba con nada de aquello que en su momento me despertara un verdadero entusiasmo. La experiencia me había enseñado que todo ideal es siempre traicionado, que nunca es suficiente con desearlo, que el que no trabaja no come y que el que no come se muere.
De todas las cosas que había perdido, lo que menos extrañaba era aquella estúpida fotografía del Che.
Texto de Aristidemo agregado el 30-10-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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