De la manera más atenta, pido al lector que imagine por cuenta propia el inicio de éste cuento. Dibuje el escenario que más le plazca, sitúelo en la época que mejor crea conveniente, adórnelo con todo su barroquismo o sea tan escueto como un policía.
Borre al policía de su cabeza y ponga en su lugar la hora. ¿Día? ¿Noche?, usted sabrá. Instale los objetos que le ayuden y quite los que le estorban.
Ahora haga aparecer a un hombre con todas las características del primer hombre que se le venga a la mente (si el que se le presenta es el policía, inténtelo de nuevo) (Si el policía insiste, tómese su tiempo). Deténgase un poco en los detalles, haga notar rápidamente lo indispensable de su fisonomía. Ropa y accesorios son totalmente optativos; si está desnudo, allá usted con sus gustos.
Póngalo a hacer algo (pensar también es hacer, así que el hombre éste puede pensar lo que se le dé la gana). Imagine una situación cualquiera en la que él tenga parte. Dependerá esto de lo que usted considere como situación apropiada para un tipo así como ese que usted imagina. Ya se sabe: puede ser un soliloquio reminiscente o una acción inesperada o un accidente inevitable o cualquier otra que usted elija. ¿Qué le parece si lo pone a interactuar con alguien más? Si su hombre no es mudo, hágalo decir algo. Si su hombre es mudo no le haga caso a la siguiente indicación: escuche el sonido de esa voz que usted acaba de modular.
Ahora haga aparecer a… … … no se haga bolas, aparece una mujer. Lo de siempre: ¿su esposa?, ¿su madre?, ¿su vecina?, ¿su hija?, ¿una mujer policía?, usted ordena. Según su decisión, él y ella tendrán un encuentro verbal o carnal o platónico o, en todo caso, circunstancial. Si usted es de los que describen, vea; si usted es de los que conversan, escuche; si usted es de los que duermen, despierte.
Ahora, abusando de su amabilidad, enrede un poco las cosas. Su elección anterior no condicionará esto que ahora le pido. Así que siéntase en completa libertad de transformar el entorno, saltar en el tiempo, introducir nuevos elementos o, en fin, siéntase en completa libertad de dar o quitar la vida. Aquí es dónde se cuece la sopa. Si tiene hambre, digamos entonces: aquí es donde se hace el nudo; si es suicida, digamos entonces: aquí es donde la puerca tuerce el rabo; si volvió a pensar en jamón, tocino, chorizo o moronga, vaya a la cocina, coma algo y, si quiere, regrese para terminar esto.
Seguimos: eso que ha pasado hace unos momentos en su imaginación encausará esta historia a su conclusión. Según las circunstancias elaboradas por usted mismo, haga que las cosas se abalancen hacia el punto final. Al igual que antes, puede usted hacer uso de los elementos que mejor vayan con su muy particular gusto de la estética. Difumine, recalque, sorprenda o corte de tajo con todo de una buena vez. La sensación o pensamiento que usted quiera provocar es la única directiva en todo éste asunto.
Así entonces, llega usted a donde quería llegar y siente que el tiempo invertido en esto que acaba de leer bien ha valido la pena.
Una vez hecho todo esto, sólo me resta agradecer al estimado lector: no todos los días se topa uno con historias tan buenas.
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