Las tres carcajadas
Lobo Antunes Saavedra era un general liberal que a pesar de que las canas ya le agotaban la madurez, conservaba todavía las cualidades y el genio íntegro de todo un “Don Juan” y aquella misma tarde, en la capital, más de la mitad de las damas suspiraban afligidas ante su inminente fusilamiento tan sólo se despistara el gallo al amanecer.
Su enemigo más acérrimo, el también general y presidente electo del partido conservador, Eluterio de Mendoza y Cascote, se mostró impasible e intransigente ante las numerosas peticiones de indulto, incluso a las capitaneadas por su mujer, la bella Eleonor. El motivo de tanta falta de humanidad radicaba en la deshonra que su antiguo compañero de armas y hoy reo de muerte le había infringido al robarle el amor de su mujer dejándolo como un ciervo afligido hasta con astas y corona. Es mas, de buena gana habría acudido Eluterio a la ejecución para meterle al Lobo el tiro de gracia entre las cejas, pero esta acción no era acorde a su situación y podría haberle costado las próximas elecciones, desde que se había decidido otorgarle el derecho de voto a las féminas.
En esto estaba nuestro presidente mientras limpiaba su arma, feliz por deshacerse de una vez de los cuernos y su rival, cuando por arte de magia se le disparó el arma y sus sueños de grandeza se fueron a decorar las paredes del despacho.
A la media hora del percance, su esposa, la bella Eleonor, por fin a solas en sus aposentos arrojó a un lado las lágrimas de cocodrilo y soltó una carcajada de dicha al consultar el reloj y comprobar que aún le quedaban un par de horas para anular el ajustamiento de su amado.
El indulto lo pilló al Lobo delante de doce fusiles que se quedaron con las ganas, porque el oficial de turno que hasta ese instante le había deseado las mil pestes, ahora le lamía incluso los talones; sobre todo cuando Lobo se enteró con una sonora carcajada de que no sólo la muerte lo habría de esperar, sino que además se había convertido de la noche a la mañana en el nuevo presidente; y es que las consecuencias de una carcajada son imprevisibles, al menos para Dios, pero no para el diablo.
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