La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net - Ikalinen - 'Memorias de Hilario 2 - Decepción I'


Memorias de Hilario 2 - Decepción I

Lanzarse al vacío para caer en un diminuto charco de agua no es algo que pueda considerarse sensato. Pero cuando decidí dejar aparcada la desconfianza, no supe distinguir cuándo terminaba ésta y dónde comenzaba el buen juicio; y así fue cómo me deshice de ambos en un mismo paquete. O, lo que es peor aún, así fue como los encadené en lo más profundo de mi conciencia y los amordacé para no escucharlos. Porque abandonarlos puede sugerir algún estado alterado, locura, desvarío, y quizás sirva de excusa para sobrellevar las insensateces (si es que alguna vez se recupera el buen tino). Sin embargo, obviar lo que nuestra razón nos repite con tediosa insistencia es un acto de necedad supina contra uno mismo. Algo que atenta no sólo contra la integridad de los huesos, sino la del espíritu.

Mas, ¿por qué negarlo?, siempre he tenido esta estúpida tendencia autodestructiva.

Ese diminuto charco (que en aquel momento no era tan insignificante, sino que a mis ojos se pintaba como un vasto océano), representaba el total de mis esperanzas. Y no me importó en el momento de saltar al vacío la distancia que me separaba del suelo -o la que me separaría de mis fronteras conocidas-, o que ese mar de sensaciones al que me precipitaba no fuera lo suficientemente profundo al recibirme -o para que aún quedara algo entre nosotros-. Ni tan siquiera que el oleaje, en caso de que sobreviviera a lo anterior, me arrastrara lejos o me estrellara contra alguna roca...

La cuestión es que renuncié a mi empleo, vendí mi departamento, regalé mis pertenencias... todo ello con un sentimiento de satisfacción indescriptible... y con una maleta de mano como único equipaje, subí a aquel avión, en busca de un sitio del que sólo conocía el nombre gracias al remitente de una carta.

Y llegué. Y para mi sorpresa, al decir mi nombre a la dueña de la casa, me reconoció aún sin conocerme ni entenderme. Mas su expresión me inspiró a deja vu. Entré en el cuarto que te alquilaba, e impregnado en las paredes que habías pintado a mano con otoñales hojas de árboles, pude oler tu perfume. Mas en la puerta entornada del armario, no encontré ninguna prenda colgada, y ese regusto a cosa ya vivida me destrozó por dentro. Había seguido el rastro de mi Hada Gris, pero una vez más escapaba de mí...

Al final, lo difícil no fue encontrar el lugar. Lo duro fue encontrarlo tan lleno de ti, mas sin tu presencia.


Texto de Ikalinen agregado el 02-11-2007.
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