La Página de los Cuentos
Tu comunidad de cuentos en Internet
[ Ingresa
|
Regístrate ]
Menu
Home
Noticias
Foro
Mesa Redonda
Eventos
Enlaces
Búsqueda

Cuenteros
Locales
Invitados


Inicio / Cuenteros Locales / FENIXABSOLUTO / LA ODISEA DE TELÉMACO

 Versión para imprimir  Enviar a un amigo [C:319495]

LA ODISEA DE TELÉMACO

“¿Qué es la noche sino tan sólo una inmensa sombra pasajera?”.


La incertidumbre y su certeza de peligro, la noche y su amenaza de tormenta, la calle y su abandono de gentío…, todo parecía confabular para que Eva llevara a cabo su execrable cometido. Acodada sobre el frío metal de la barandilla de un puente, dejó extraviar su mirada desvalida, en la vertiginosa boca del precipicio que le susurraba desde su hondura la promesa de acabar con sus trágicas tribulaciones. Y habiéndose hastiado de una vida sin sentido, la joven mujer, encaramó el frágil peso de su existencia sobre la rígida estructura metálica que se distendía ahora, bajo sus dos temblorosas piernas, como un atrayente trampolín hacia la nada.

Parada al borde del abismo, con sus brazos tirados hacia atrás y, las manos soportando en la barra del antepecho del puente, Eva, detonaba en llanto; mas sus lágrimas amargas, pronto terminaron confundiéndose con la lluvia que empezó a cundir copiosamente, ahogando el quebranto que balbucía: “¡Ernesto, querido mío… ya en breve estaré a tu lado!”.

Ernesto, su novio, había muerto un año atrás, abrasado por las llamas de un pavoroso incendio, al que ella, logró sobrevivir; no obstante, con las horrendas quemaduras que, desde entonces, arruinaron la belleza de su rozagante rostro.

A poco de arrojarse al vacío, quedaron sus ánimos suspendidos como por cuerdas invisibles que le robaban la arrebatada voluntad de seguir adelante con su suicidio; y es que, la enternecedora mirada de aquel insospechado visitante tuvo el poder de subyugarla y luego, acobardarla, en el último preciso momento. Bastó entonces que, un desdichado perro se acercara a contemplar a la muchacha, para que ésta se obligase a desistir de su fatal decisión.

Sin reponerse aún de su estupor, Eva volvió a poner los pies en el lado correcto del puente; y al punto, fue asaltada por la suave y babosa lengua del can, quien no se hartaba de prodigarle efusivas muestras de cariño; lamiéndole las manos y las pantorrillas, mientras hacía una ronda jubilosa en torno a ella. ”¡Telémaco! ¿Así te llamas, encanto?”- le preguntó Eva, al perro, luego de descubrir su nombre escrito en la medallita de la correa que decoraba su cuello. - “¡Pobre desamparado! ¿Estás solo? Pues, ya somos dos… ¿Qué te parece si desde hoy, nos hacemos compañía? ¡Vamos, Telémaco! ¡Vamos a mi casa! Te daré un hogar y tú me darás un tiempo en qué ocuparme”. Dos figuras nocturnas empapadas bajo la lluvia corrían a refugiarse; alejándose entre carcajadas y ladridos, del puente y su abismo.

Pasaron casi dos meses sin mayores sobresaltos, en los que Eva asimiló mejor las penurias de su vida en compañía de su amado Telémaco; pero, al principiar la primavera y mientras regresaba para su casa (siempre con un velo que cubría su rostro para ocultar su fealdad), se topó con un vistoso aviso pegado en la pared del supermercado, donde se ofrecía una recompensa para quien informara sobre el paradero de aquel perro de la fotografía adjunta que respondía al nombre de “Telémaco”.

Palidecida por la impresión, Eva sólo atinó a apurar sus pasos, no sin antes apuntar en su celular (y sin saber muy bien por qué), el número telefónico del verdadero amo de su perro.

Para cuando llegó a su casa, se sentía, aún tan perturbada por la ingrata novedad que, ni bien vio a Telémaco, la emprendió contra él, atosigándolo con disparatadas preguntas sobre su amo; reprochándole asimismo que, ella le necesitaba mucho más que aquel fulano. Pero ya desahogada y con los nervios en calma, abrazó al inocente animal y movida luego, por raptos de curiosidad y pudorosos remordimientos, buscó confrontar al antiguo propietario del perro disponiéndose enseguida, a comunicarse con éste; marcando su número telefónico: 13 081992. En el brevísimo lapso de tiempo que aguardó con el auricular pegado a la oreja, notó con punzante sorpresa que, el número coincidía con la fecha de aniversario de su noviazgo y no pudo entonces, evitar pensar en él: su siempre amado, Ernesto.

En ese mismo instante, una voz estentórea y extrañamente familiar, embelesó sus sentidos; haciendo que olvidara sus vanas cavilaciones.
- ¡Aló! ¡Diga!
- ¡Hola! Verá, señor... llamaba para decirle que yo tengo a su perro.
- ¡Qué bueno! Por qué no me hace el favor de traérmelo y yo, mientras le firmaré un lindo cheque, al portador.
- Pues, ¡No será posible! Sepa usted que Telémaco, ahora es mío y, por ninguna suma se lo regresaré.
- ¡Vaya! ¡Qué pena! ¿Sabe? Porque en tanto hablábamos mi leal perro volvió aquí, conmigo; con su legítimo dueño.
- Pero ¿qué cosas locas dice, señor? Le repito que yo tengo a su perro.
- En ese caso ¡Llámelo! Y comprobará que lo que le digo es cierto.

Indignada por lo que consideraba una broma de mal gusto, cortó abruptamente la comunicación; e intranquila porque Telémaco no acudía a sus insistentes llamados, se puso a buscarlo por los cuatro rincones de la casa, sin poderlo hallar. La desesperación en aumento, la arrastró afuera, a recorrer sin rumbo fijo las calles pobladas de la ciudad; tras la pista de alguna huella perruna que la llevase, nuevamente junto a su amado Telémaco. Pero las horas pasaban inclementes y la frustración creciente comenzó a aletargar sus pasos que, agotados, se plantaron contiguos al puente donde conoció al can.

Allí, en la calzada del puente, estaba Telémaco, guiando los pasos de un hombre, presumiblemente invidente, que vestía un elegante gabán blanco y, sombrero del mismo albo color. Eva corrió a su encuentro.

Antes que pudiera decir algo, Eva fue intempestivamente atacada por el perro que se abalanzó encima, haciéndola caer de espaldas; y, gruñéndole de un modo espantoso, le expuso todos los dientes como aprestándose para hacerla pedazos.
- ¡Alto! ¡Ven aquí! - Eva volvió a oír esa voz que se le hacía formidable y misteriosamente familiar, y que hizo que Telémaco se le quitara de encima, ipso facto. Al incorporarse, se sintió tan confusa y demudada que, tuvo que sostenerse de la barandilla del puente, para no desmayarse. Pero luego, disparó varias interrogantes a sus acompañantes:
- Pero ¿por qué me atacaste, Telémaco? Y ¿quién es usted, señor? ¿No es acaso, el actor estadounidense, Morgan Freeman? Pero ¿por qué está usted ciego? Y ¿esa voz…?
- ¡Cálmate! Te explicaré todo – dijo el enigmático sujeto, y agregó- Este perro no se llama Telémaco. Tenías apenas tres años de edad, cuando éste, te dio un susto tremendo, tal y como ahora. Quizá no lo recuerdes claramente, pero todo quedó grabado en tu inconsciente. En cuanto a mí, pues, sólo digamos que soy el personaje que tú elegiste para que sea tu conciencia… la conciencia de tu inconsciente, el mundo donde te has sumergido. Mi voz te resulta familiar porque es la voz de tu difunto abuelo, al que tanto admirabas y todavía, veneras. ¿Ciego? Ciego estoy porque tú no quieres que nadie te vea… ¿Desde cuándo no te quitas ese velo que cubre tu rostro? ¿Crees acaso que tienes la cara quemada? Pues, no es así, ya que tú nunca te quemaste en aquel incendio. “Telémaco” ¿recuerdas? o ¿Ya olvidaste que interpretaste el papel, del valeroso hijo de Odiseo, en una obra teatral de la escuela? ¡Recuerda, Telémaco! o… debería llamarte ¿Ernesto? Sí; porque tú eres Ernesto y no Eva. No moriste, Ernesto, a ti te salvó tu novia, pero desde entonces, te encuentras en estado de coma. Tanto amas a Eva que, todo este tiempo, has querido sentirte como ella, para no estar solo. Pero Eva, te extraña mucho y desea que despiertes, nuevamente a la vida… ¡Despierta, Ernesto! ¡Despierta ya, valiente Telémaco!

Abrumado por los golpes de su conciencia, Ernesto perdió el equilibrio y resbaló del puente, cayendo al fondo del negro abismo.

Sintió el vacío insondable de la infinita caída, hasta que su nuca reposó en el muelle fondo; blando como una cama. Abrió los ojos y la niebla en ellos se tornó blanca y cerrada, como la habitación de un hospital… como los canos cabellos de su novia, Eva que dormía con la cabeza recostada a los pies de su cama, esperando siempre que, algún día despertara.



Texto agregado el 02-11-2007, y leído por 205 visitantes. (21 votos)


Lectores Opinan
2008-01-12 23:38:47 Un texto de enedos tan humanos ...es tan propio de nosotros no querer ver lo más valioso que está siempre frente a nuestras narices , pero no hay mal que dure 100 años ni tonto que lo aguante... naiviv
2007-11-28 22:05:52 Este es realmente un muy buen cuento. Bien relatado, con buenas imágenes y una trama que atrapa. Me pareció genial, un placer leerlo. Esdrelon
2007-11-20 12:48:33 La belleza, la fealdad, la vida, la muerte, el suicidio, el amor, la amistad, la magia, la esperanza, el final... Una cadena de sentimientos articulada con maestría en tu relato, amigo... De antología la referencia a Morgan Freeman! Un abrazo ***** riverdelpue rto
2007-11-10 21:42:19 Tus cuentos siempre lo atrapan a uno. Pero que increíble cuento, con un final tremendamente sorpresivo. Tu capacidad narrativa más tu fecunda imaginación dan como resultado incuestionable cuentos excelentes. Mis 5* __________ Tico
2007-11-10 02:51:48 No esperaba el final...excelente trama...perfecto!!! alexandra
Ver todos los comentarios...
 
Para escribir comentarios debes ingresar a la Comunidad: Login


[ Privacidad | Términos y Condiciones | Reglamento | Contacto | Equipo | Preguntas Frecuentes | Haz tu aporte!]