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Divagando de Diez a Doce
DIVAGANDO DE DIEZ A DOCE
I
Hace días vi en la televisión una de esas noticias que logran sugestionar-seducir-fascinar por no más de veinte segundos: una corredora gringa que ganó varias medallas en no sé qué competencia internacional reconoció, ante las cámaras, haberse dopado. Tuvo que devolver las preseas y hasta escribir una carta a su familia, pidiéndoles perdón por la tremenda decepción.
Realmente me gusta ver CNN en español para estar bien informado de lo que sucede en el mundo. Todo lo que tengo que hacer es dejar de oír; escuchar entre líneas, interpretar, descubrir la verdad detrás de la puesta en escena multimillonaria.
Después de apagar la tele, me puse a reflexionar en algo divertido: al escritor suele sucederle lo contrario que a la negrita aquella. Primero se toma un par de copas para despertar su inventiva, aguzar el talento. Posteriormente, sobrio, disfruta del genuino éxito de su labor silenciosa, dispuesto a corregir ciertos excesos de la velada.
Paradójico: la seductora sonrisa de Marian Jones en la pista de atletismo, ocultó el sol al declararse culpable; mientras la noche, la incógnita cotidiana del redactor obrero, una vez más mutó en luz de su pensamiento.
En la tierra, si es tortuga; en el agua no es humano. En la hoja de papel en turno, mixtura perfecta de una idea; al ser, no un escritor de lecturas –como decía William Hazlitt-, sino de la vida real comprobada en libros leídos.
En la actualidad, así como la gente ha perdido la costumbre de caminar por placer –ya sea atolondrado o en sus cinco sentidos-, optando por correr sin sentido ni destino genuino, también ha extraviado su capacidad de análisis, de observación y, por lo tanto, del simple, natural meditar en la vida diaria. Se conforman con que CNN o cualquier otro hipnotiza-morbos les arranque la dosis completa de emociones, conduciéndolos a un sólo vicio mundial, “globalizado”, matizado de mil maneras e interpretaciones, que bien puede denominarse Masturbación Mental.
Como consecuencia subconsciente de lo anterior, las mayorías han transformado el placer solitario de la literatura en una especie de catarsis insegura y ordinaria de la novela que contenga “efectos especiales”, o el manual del buen desenvolvimiento individualizado para sacar provecho de todo y de todos los demás “afectados de manera especial”; disfrazando las letras con promesas fortuitas o recetas de plástico, de manera que resulten irresistibles para las mentes conmovedoramente debilitadas –perfectamente homogeneizadas al gusto de la estrategia maquiavélica.
Me llama mucho la atención lo pasmoso que sigue resultando, en el siglo XXI, la manipulación de la gente. Todos uniformados en posturas físicas, miradas y conceptos pasajeros como las toneladas de información –tan envidiable hace apenas un par de décadas- que pasa rauda por sus sentidos atrofiados.
Si viéramos la fotografía de un ser humano desnudo, rapado, sin maquillajes ni rastro o adorno alguno sobre su piel, con fondo blanco y ningún objeto revelador a su alrededor; nada, sólo él y su cuerpo tatuado de invisibles conceptos subliminales, sería tan fácil adivinar la posición social, el carácter, las ambiciones, las frustraciones... la época en que vivió o vive; independientemente de la calidad y demás características del papel fotográfico. Su porte, su mirar estandarizado, lo delatarían al instante. Cortado con la correspondiente tijera ideológica-generacional.
Pero estas modas también han sido llevadas el extremo opuesto, nunca antes visto en la historia del mundo. Hoy día, en cualquier instante cabe la posibilidad de toparse con imágenes-paradigma en poleras, murallas o hasta en algún altar de iglesia, sin sospechar que el Poder es quien ha tenido a bien distribuirlas gratuitamente hasta en la tierra de los pigmeos.
Esa es, precisamente, la estrategia del Enemigo: “Te doy el arma, sin enseñarte a usarla –sin ideología; esto reclámaselo a los Fabricantes de Tijeras que te cortaron las glándulas correspondientes-, para que reniegues de ti y termines sucumbiendo en mí. No analices el concepto, no observes la realidad, menos medites lo que ni siquiera tiene forma; el fondo es mío. Simplemente jala del gatillo en cualquier dirección. Complace tu hedonismo a toda hora, de mil maneras e interpretaciones prácticas, tanto como tu candidez te lo permita.”
Colerdige afirmaba que la virtud no consiste en la ausencia de vicios, sino en saber vencerlos.
Se puede llegar a ser un virtuoso escribiendo, con ayuda, quizás, de un vicio placentero y legítimo –podría decirse que hasta sano- como lo representa una botella de vino.
Es comprensible que, bajo los efectos del elixir, en ocasiones se alcance el extremo de expresar, en tinta, ridiculeces. Todo se arregla al día siguiente botando a la basura las hojas malgastadas. Pero es inadmisible que otras ridiculeces se redacten en sano juicio. Lo intolerable es que esos juicios grotescos se envíen al agente editor y éste se encargue de publicarlos en todo el mundo, a manera de dictámenes espiritualosos, memorias politiqueras o tratados para lograr el éxtasis del pensamiento voluptuoso en diez pasos prácticos, sin bajarse el pantalón.
Cuando el concepto “lo que vende es bueno; lo que no vende es malo” se convirtió en sugerencia generalizada que transformó estilos de vida, modificando drásticamente jerarquías, personalidades, ansias y fracasos, posteriormente mutó en costumbre, doctrina enajenada, arrebatada; novedad onanista más allá de insulsas descendencias de limitados y moldeables humanos al capricho del Vendedor. Un coito más a la lista que no cuenta más de cien años de carrera verdaderamente cabalgante; mientras el arte verdadero se abstiene de apostar en el hipódromo; para él, los boletos en las taquillas representan jeroglíficos de un presente moribundo, pero jamás vencido.
Abstrayéndonos un rato de ver la vida en línea recta, quitándonos los aparejos que nos impiden admirar el panorama completo, no es difícil darse cuenta que el cáncer del consumismo terminará por perecer junto con sus auspiciadores, por elemental necesidad armónica del mundo. La balanza retornará al punto medio –la eterna oferta y demanda de usureros y necesitados (como Raskolnikov y la vieja prestamista)-, quizás dentro de mucho tiempo; que, a final de cuentas, no será más que un suspiro en la vasta historia de la humanidad.
La belleza quedará intacta para posteriores generaciones que poco a poco, paso a paso, se liberarán individualmente del dogma de la genealogía, de las tijeras corruptas en actitud y expresión, retornando o ideando su propia verdad renacentista.
II
Hay de manías a manías.
Cuando se tiene a disposición una pequeña pero inteligente biblioteca: a la izquierda de aquel búho de madera tallada, la antología de Balzac; un poco más abajo, entre el polvo en sosiego y una araña trapecista, Crimen y Castigo, los Cuentistas Rusos... Detrás de nosotros, llamándonos con ese aroma exquisito del libro senil no abierto en décadas, a sarcófago en cuyo interior se sigue desgajando la existencia Schopenhauer; sin importarle despertar los demonios de un Borges desvelado, en el último peldaño de la cripta –de la corta escalera crujiente a cada paso-; dándonos audiencia cualquiera de ellos en el momento en que se nos antoje.
Si esto es posible, uno se deja llevar por el único vicio verdadero: el afán de conocer almas nuevas, renovadas sólo para nosotros; llegando al extremo de no poder leer más de un libro –a veces un selecto cuento o ensayo breve- de cada autor, brincando de aquí para allá, de chistera en chistera, sin trucos ni persuasiones baratas.
Aunque nos haya fascinado el viaje en barco de Cortázar a través del río de La Plata, ya está a la vista en el horizonte la chimenea del vapor donde viene Mark Twain para contarnos sus andanzas sobre el lomo de un elefante en el norte de la India.
Hazlitt me clava el codo en el costado: “Todo el que haya pasado por las etapas regulares de una educación clásica, y no haya sido idiotizado por ella, puede considerarse que se ha escapado de una buena.”
Y es que no es un vicio realmente eso de picotear aquí y allá. Esto solamente lo puede hacer el ave que es libre.
De alguna manera, en este caso, el vicio corruptible viene representado por la abstención, la renuncia, el privarse de probar el cocktail venenoso por miedo a embriagarse, a errar en la ruta, provocando el vuelo con rumbo sur cuando la primavera pinta el norte de placer; llegando así, el ave cansada, extraviada, repleta de experiencias inusitadas que sólo ella se atrevió a buscar; resguardada dentro de una húmeda cueva decorada, al amanecer, por pinturas rupestres explicando a la perfección la técnica de ataque contra el bisonte, la historia completa de su caza, con imperceptibles modificaciones gráficas de esencia y figura.
Un suspiro del tiempo después, ante la aparición de la Historia, esas pinturas se convirtieron en signos, en letras, contando la misma leyenda hasta que esta se transformó en tradición genuina; luego, en rumor de afectación, parodia, plagio y patraña. Las castas, el temple, la codicia y hasta el desaliento se maquillaron sin rostro ni adorno alguno; fondo blanco carente de un objeto real que identificara a su creador.
Al darse cuenta de su vacío, el escritor de signos suntuosos –mejor conocido como literato arraigado en el pasado-, sin tener nada más que decir, sin decir nada más que falacias en medio de su protocolo, propuso arrancar del lenguaje la ortografía; mutó de nato a ñato en el fondo de su cueva, donde lo único que le hace compañía es su oxidado carrusel de bisontitos aterciopelados, repitiendo una y otra vez la eterna vuelta sobre el mismo eje redundante de sus libros.
El escritor resulta realmente imprescindible cuando sus lectores recuerdan mejor que él mismo los pormenores de los detalles de su obra, cuando obsequia su versión personalísima del éxtasis del pensamiento sublime o la historia singular.
Si el arte se obliga a profundizar la esencia de la naturaleza para considerarse tal, para evitar una burda imitación insoportable, ¿deben ser consideradas obras de arte las figuras de cera que, mientras más se parecen a la persona que representan, más son admiradas en los museos? Entonces, ¿por qué siguen siendo aplaudidos los novelistas redundantes? cambiando tan sólo los nombres de lugares comunes, de personajes que contienen sicologías semejantes; de semejantes historias que cargan a cuestas cosas como el Nobel, tan rupestre como aquella cueva oscura de su imaginación, de sus juicios huecos; desarrollando a la perfección técnicas que tan bien saben envolver la anécdota matizada tantas veces.
Hasta las Putas se bajaron del carrusel de bisontitos, gritándole a la cara:
-¡Puras patrañas!
Ante el dilema de dos caminos sugerentes, para empezar, evita entrar en una cueva con oasis de luz en el fondo. Luego, no prescindas futuros arrepentimientos si el sendero elegido contiene tu certeza. Atrévete a ensayar la peculiaridad. Sólo así el pensamiento madura y el estilo se perfecciona, sin necesidad de echar mano a la fórmula íntima ya expresada. Idea.
Escribir “de diez a doce, diario, con tremenda e infinita disciplina” –como lo afirmó recientemente un escritor mexicano de renombre-, incluso cuando se tenga en el cerebro la idea clara a desarrollar; por lógica mecánica mental, da, como resultado, tarde o temprano, obras semejantes entre sí -burocracia del intelecto.
Más bien hay que tener los cinco sentidos agudizados, concentrados en la sustancia de la rutina de la existencia o subsistencia, por más insoportable que resulte en ocasiones; no de diez a doce, sino a cada minuto de toda la vida, hasta en sueños, para arrancar el momento exacto, excitado, único, perfecto, y llevarlo al papel en el tiempo justo para convertirlo en exquisitez irrepetible. En esto radica la verdadera vocación del escritor.
Las oportunidades y las circunstancias más importantes en la vida de un artista –como tal, no como publicista de sí mismo- están “allá afuera”, como estrategia reinventada a diario; no “aquí dentro”, como método severo, a manera de castigo. El chispazo, la singularidad; lo demás dependerá de su talento. Si el universo es infinito, la mente es ilimitada. El cosmos también tiene su abecedario.
Los que escriben “de diez a doce” generalmente resultan mejores conversadores que literatos. Su verborrea termina siendo foco de atención en cualquier esquina iluminada. –Claro que han existido excepciones maravillosas al respecto, como Oscar Wilde, genial en ambos sentidos.
Lo que no expresa literalmente el autor, pero lo da a entender, lo sugiere, insinúa, mas no es descubierto por el lector, puede deberse, en primer lugar, a que éste se concentró en la estética del escrito –uno de esos seres que gustan enamorarse del amor, no de la persona-; pero también es posible que se trate de un escritor “de diez a doce”, cuya receta, el lector, ha aprendido a la perfección sin darse cuenta, pasando instantáneamente el acertijo, de sus ojos, a la subconsciencia –pensará al terminar el libro: “¡Fulano de Tal es un genio! ¡siempre me deja esta misma sensación que no puedo describir con palabras!”
Una tercera opción: el canon lo domina a tal grado el autor, que aquel salta sutil, automático, de su pluma a la conformación del escrito, sustituyendo o enmascarando la profundidad y atmósfera de su trabajo.
Ahora que si se juntan en un solo ensayo, el enamorado del amor, que a la vez ame el estilo disfrazado del creador, la ley de las probabilidades consumistas sin duda le tendrá guardado al escritor un lugar en los Anales de los Esfuerzos Perecederos.
Existen literatos que se niegan a crear si no tienen un concepto representado con intención y propósito fresco, espontáneo e interesante para sí mismos -no para llenar metros cuadrados en librerías-. Los demás seguirán reinventando su idéntica quimera de por vida.
A la medicina sólo la puede traicionar un médico hipocondríaco. A la literatura, un relojero.
Colerdige: “El encanto de la escultura se basa en la unidad de efecto” de sus formas que magnifican el fondo imaginativo. En las letras, es el fondo el único que puede dar forma a la magnificencia de la imaginación. De esta manera, una obra maestra nunca terminará de escribirse, no porque el autor o el tiempo modifiquen la interpretación intrínseca, sino porque un estilo legítimo, impar, aunado a ideas auténticas, provocan que la duración de la oportunidad dé paso a circunstancias permanentes que despiertan análisis constantes, hasta que la tela de juicio se venza ante las generaciones subsecuentes. Si la pintura es capaz de presentar un objeto completo, como lo hace la escultura, la literatura ha de beberse la vida para ofrecerla sublime.
III
Debido a que las mayorías han sido y serán –mientras su contemplación y pose personales sigan siendo manipuladas- simples y ciegos libres albedríos, la mujer que logra abstraerse de sus encantos puede llegar a fascinar al hombre que consiga vencer su banalidad. Las tinieblas de la cueva mutando en luz, más allá de posturas y miradas.
Lo mismo sucede con el escritor que evite, imaginativo y/o fantasioso, la órbita solemne en su discurso disfrazado de viveza; por medio de la cual logra dominar las mentes seducidas de sus lectores a través de una belleza primaria, mintiéndoles al repetir el gastado dogma. Si dicho escritor se atreviera a prolongar la sobremesa hasta después del mediodía, quizás sería capaz de provocar encanto y perfección que fascinaría, no en su elocuencia, sino al libre albedrío de sus aprisionados seguidores. El pensamiento ingenioso capturado con el sucio mondadientes de una tarde cualquiera.
Así como el realismo fantástico debe contener una sutilísima porción, en peso específico, de cruda realidad, para convencer al lector de que la historia pudo haber sido cierta, alguna vez, en algún lugar, también es necesario que el escritor genuino, en los malos tiempos, se atreva a afirmar: “No me sobra el dinero; pero tampoco tengo tiempo para andar buscando más de manera enajenada, al punto de que se me escape el momento exacto, excitado, único, perfecto”.
Voltaire: “... Seréis poeta y hombre de letras no tanto porque así lo hayáis deseado, sino porque la naturaleza así lo ha querido. Pero os equivocáis mucho al imaginar que disfrutaréis de la tranquilidad. La carrera de las letras es más espinosa que la de la fortuna...”
Vivimos una época de oscurantismo innovador, iluminado fantásticamente por el neón de las pasarelas; pero el despertar cotidiano, con sus paisajes sinuosos y calles escarapeladas, sigue siendo un grado más interesante de lo que suelen vendernos en imágenes-paradigma: “Me cansé de ser tozudo y desobediente. De diez a doce espero instrucciones de mi agente editorial. Mientras me llama, ¡brindemos con un buen vino por el cazador de lectores!”
Hay que aprender a usar el arma sin jalar nunca del gatillo. Entender que lo inverosímil es tan necesario como indeseable el recuerdo del ilustrador de cuevas.
La siquiatría es cómplice de los fantasmas; pero estos nunca estarán dispuestos a comparecer su obviedad pusilánime masturba-lerdos que pasan la semana preguntándose si la señorita Jones ya habrá pedido ayuda sicológica al gobierno de su país.
Idear el futuro de manera que, cuando éste sea pasado, parezca un placentero presente. Olvidar el pasado redundante; así, cuando el futuro se aproxime, se asemejará cada vez más a un presente brillante en ideas.
Jugar con el tiempo. Detenerlo, burlar el invierno en alas de aquella ave del sur en el cambio de estaciones; sin miedo a embriagarme de palabras ideadas por esa linda alma de libre albedrío.
Texto de alipuso agregado el 04-11-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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