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Inicio / Cuenteros Locales / Maj8 / LA VISITA

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Desde días antes la miraron observando la fachada gris de nuestra casa. Los viejos vecinos, igual o más antiguos que los gruesos ahuehuetes que circundan el barrio, la vieron y nada mas se santiguaron temerosos, pero, para su desgracia, ellos aun verán morir a los sabios árboles. Como siempre, a ella la seguían las sombras. Ahora comprendo porque varias veces me pareció ver, al asomarme por la ventana, su furtiva forma deslizarse en esos agónicos atardeceres tan rojos que algo presagiaban. Creí haberla imaginado paseando por la calle con su velo blanco al vuelo, contando las piedras con los dedos de sus pies desnudos. Sé que esperaba con paciencia el momento preciso. Así es ella, esperaba con la calma de toda una vida.

Y el día que todo ocurrió fue porque alguien dejó entreabierto el zaguán.

Penetró calmadamente en la casa, sin hacer rechinar los oxidados goznes del portón de tablones, sabedora y conocedora de todos sus rincones por los descriptivos relatos que yo creí hacerle a su eterna indiferencia. Se paseó por el florido jardín de mi madre, ese en el que yo le decía que perfumaba la felicidad, y que no ha vuelto a retoñar desde entonces. Acarició a nuestro perro que ladraba despavorido, deslizó su mano por la sucia pelambrera, tranquilizándolo para que mansamente se echara a sus pies.

Entró a la cocina acompañada de su peculiar rumor, que es como un roce de viento con ligerísimas cortinas, en la que seguramente bebió del tibio café que aún preparó mi hermana y en donde debe haberse calentado junto a la estufa. Pasó por la planta baja, enfriando el ambiente y hurtando la vacilante luz de las veladoras del altarcito que veneraba mi abuela. Su paso es el pesado andar de quién carga un oficio de centurias, de reloj de arena.

Sólo alguien la vió por las habitaciones de abajo: Una pequeña niña morena de escasos tres años que la miró asustada a través de sus ojos mojados e inocentes, y ella, la que nunca sonrió cuando la amaron, torció sus labios en triste sonrisa; dicen que a quién ella regala esa halagüeña mueca le espera una larga vida.

Yo la escuché subir las escaleras paso a paso, contando cada escalón, sentí su frío invadiendo las paredes, el piso, las puertas, calando los huesos y entumiendo el alma. Me estremecí, en una revoltura de emoción y miedo. Todavía daban vueltas en mi cabeza, y en mi corazón, los tiempos buenos, no tan lejanos, en los que pretendí casarme con ella, a sabiendas aun de lo que era, reconociendo que apostaba mi vida. Pero ella no quiso que la amara, no quiso. Jamás aceptó mi amor; siempre fue tan clara. “Yo no puedo amar” me dijo. Le pregunté el por qué y no me contestó nada, sólo en sus ojos ví un fulgor. Desde entonces me rehuyó y yo fui su perseguidor. Me gasté por caminos de todo el mundo y la vi ejercer cabalmente su oficio. Hasta que un día, harta de mí, me dijo: “Vuelve a tu casa. Alguna noche iré por ti “.

Me volví y comencé a esperarla. De ella aprendí la paciencia que me lleva lentamente por la tristeza. No hubo día que no esperara su visita. Y ya estaba en casa.

Salté del lecho. Abrí la puerta que da al corredor en el momento que ella pasaba. Las macetas se convertían en tierra de panteón para las plantas y flores que se marchitaban al paso de su bella y lánguida figura. Contemplé su perfecto rostro pálido, casi translúcido, el mismo rostro que a cada rato me persigue en mis sueños, en mis poemas, en mis soledades.

Nos miramos de hito en hito, sus claros ojos se clavaron profundo en los míos, como aquellas veces que escarbaba así en mi alma y encontraba la verdad, mientras que yo en los suyos nada hallaba, y comprendí, al ver dos lágrimas, que no venía por mí; que ese día tardara, que por más que lo desee, aún navegaré por interminables calendarios y sufrimientos. Venía por otro ser, por alguien querido.

Ahora la miraba buscando en ella un atisbo de compasión. Tomé sus gélidas manos entre las mías tratando así de detener lo inevitable. Sus ojos se deshicieron en llanto, debía de cumplir, como en los albores, como en el presente, como en mil futuros. Solté sus manos, retuve su caricia, y siguió su andar eterno por el corredor. La seguí hasta el nebuloso cuarto de humo e incienso donde una vida agonizaba.

Un sacerdote de polvorienta sotana nos miró entrar. Era el mismo párroco que me advirtió no amarla con mi espíritu ni desearla con mi carne. Dibujó la señal de la cruz en el aire y murmuró algo impreciso.

Por última vez le supliqué con un gesto, sólo acarició mi mejilla, congelando una lágrima que resbalaba. Todo fue tranquilo, la agonía resignada es lo más parecido al abandono de placer; es el anticipo de la gloria. Se colocó a los pies de la cama de latón, posó sus ojos en aquella flama que se apagaba, absorbió las reminiscencias vitales y libertó un alma. Esta surgió del cuerpo como un fogonazo de luz que cegaba, luz pura que me hizo llorar. Y ella estaba bellísima, engrandecida en esa escena que ha repetido millones y millones de veces desde que se gestó la primera vida de todas las vidas; belleza que nadie desea, que nadie ve, porque es tanta que se cree que duele, que castiga.

Todo quedó callado, sin llanto, sin rezos. Salió ella del recinto sin despedirse de mí, llevándose de la mano a mi hermana, que sonreía, camino a quién sabe donde, al lugar de la muerte.

La muerte había visitado la casa por primera vez para recordarnos lo efímeros que somos, colgando en las paredes la tristeza y metiéndonos una mancha en el pensamiento que hoy duele al cerrar los ojos. La muerte, mi novia, estuvo y no vino por mí.






Texto agregado el 05-11-2007, y leído por 17 visitantes. (1 voto)


Lectores Opinan
2008-02-08 04:06:23 "La muerte mi novia, estuvo y no vino por mi"... mi comentario te lo hare personal cuando podamos hablar, por ahora 5* arcangel_ solar88
2007-11-05 00:46:57 ¡¡Excelente!! Creo que no hace falta que diga más, ¿no? Esdrelon
 
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