“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
Esta frase se repite incesante, insistente, reverbera en mi mente, parece estar rebotando en la bóveda de mi cráneo. Inquieta mi sueño, pero no me angustia, si no que me intriga y pugno por entender, saber qué es lo que significa, qué me quiere decir. Despierto para que se vaya, para que calle. Y la sigo escuchando. Las palabras no provienen de las zonas profundas del subconsciente, del sueño, parecen ser ajenas a mí, venir de afuera, de todas partes. Se hacen eco en el pasillo, en la habitación, se quedan vibrando graves en el tambor de la puerta, estridentes en la sólida invisibilidad de los cristales. Parece que las acompaña un vago murmullo, apenas audible, de voces, cientos de voces que pareciera que rezaran incansables, inconmovibles.
Abro la ventana y las palabras se escuchan más fuerte en la calle. Veo a un viejecillo vestido de ruda manta, maltrecha, sucia, con sombrero ancho, estropeado por la el tiempo y la tristeza. Tiene en su nervuda mano un grueso cirio, que emite una pequeña y vacilante llama y llora lentamente cera derretida. El anciano me mira muy serio, me hace un guiño y procede a caminar. Salgo a seguirlo.
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
Nuevamente la frase, pero ahora parece irse diluyendo delante de mí, escurriéndose como por un laberinto, atrayéndome, guiándome hacia algún lugar. Las calles están tan vacías, tan frías, que nada las anima, que parece que la gente no estuviera dormida si no muerta, y en ellas resuenan mis pasos armónicamente con las palabras y los rezos. Las luces son escasas y mortecinas; las ventanas de todas las casas son como ojos cerrados. Me detengo en medio de un cruce y en la otra cuadra miro al viejecillo que tiene a sus pies un sahumerio, el cual emana una espesa nube humo, que como serpiente de gas, viene hacia mi olorosa a copal.
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
”Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
“Siguiendo el camino de flores llegarás hasta tu casa”
Poco a poco, conforme avanzo, las calles se van llenando de flores, alfombradas de miles de pétalos multicolores. A los costados hay veladoras de cintilante luz que marcan perfectamente una avenida. ¡Qué hermosa se ve adornada así la tristeza nocturna del poblado! En la textura sedosa de las hojas se notan gotas de agua, misma que va rociando el viejillo que me precede en el camino de las flores.
Llego a la iglesia, al campo santo. ¡Irradian tanta luz! Es tal la cantidad de cirios y veladoras que arden en su interior, que ambos parecen incendiarse. La luminosidad forma un espectro de fuego, rojo, danzante, que sobrecoge, mientras el humo asciende lentamente, mezclándose con la húmeda neblina. Solamente se ven las siluetas de las personas, sombras recortadas, negras, como fantasmas que están ahí para conmemorar a los muertos.
En la puerta veo al viejecillo que me sonríe sin dientes. Lo reconozco: es Don Timoteo Séptimo, de oficio encaminador de almas. Llego hasta él. Me toma de un hombro y señalando con su largo dedo índice, me muestra el camino que he dejado atrás. . .
¡Ahora comprendo, ya estoy muerto y el anciano me ha mostrado el camino más seguro, libre, de regreso al cementerio, mi nuevo hogar!
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