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Inicio / Cuenteros Locales / Chusita / El VERANO DE JULIO

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El VERANO DE JULIO

Julio vivía cerca de la gran ciudad. Él no había nacido allí, pero llevaba muchos años viendo el amanecer desde aquel resignado pueblo que no hacía más que crecer y deshumanizarse. Era el momento de la urbanización. Era la época de la ascensión, de subir el escalón en el estatus social de la apariencia, y su pueblo adoptivo no era menos que los demás.

Julio era un apasionado del pensamiento, del suyo y del de sus amigos. Le fascinaba la conversación y siempre que tenía ocasión platicaba desde el corazón con quien creía escucharlo. Claro está que esto no le traía buenos resultados, porque siempre se quedaba con la duda de si su pensamiento había sido comprendido o, por el contrario, había quedado como un río de piedras. Machacado y no circulante.

Lo que más le gustaba eran sus paseos matutinos de verano. A pesar del calor, en este pueblo del ladrillo, la temperatura por las mañana era lo suficientemente refrescante como para poder recorrer el asfalto urbano sin asfixiarse uno. Y lo hacía de buen agrado.

Por la calle primera coincidía con una pareja que, con ritmo desacompasado, lo saludaban muy amistosamente. Y no los conocía de nada. Al llegar a la calle cuarta caminaban dos mujeres que, por el contrario, no lo saludaban. Los primeros eran forasteros y las segundas… lugareñas.

Pensando y razonando, pero sin esfuerzo, Julio llegó a la conclusión de que no por ser paisano hay que ser simpático. Voltaire decía, con agudeza y sarcasmo, que la duda es un estado incómodo, pero que el estado de certeza es de estúpidos. Julio no continuó pensando…, pero sí caminando.

Llegó la tarde y Julio dejó de caminar, dejó de pensar y dejó de hablar. Julio cerró sus ojos esperando el amanecer siguiente. Sabía que podría volver a caminar por el asfalto urbano. Quería seguir pensando y soñando, pero se quedó dormido esperando.

Texto agregado el 05-11-2007, y leído por 11 visitantes. (0 votos)


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