La tierra sigue dando comida y sustento, abrigo y canciones, canciones del viento, se lleva en su copa el árbol añejo, una melodía mordida en el tiempo.
La luna sembrada en lagos y cerros, el río bañándose con los brotes tiernos, la voz de los dioses gritando hacia adentro.
La tierra era nuestra y el monte era nuestro, las aves del campo, los niños pequeños, la mirada clara de nuestros ancestros que era a nuestro lado hoy nos mira de lejos.
Llegaron en barcos con cruces de fuego, velas y caballos, armas, caballeros, un idioma extraño, un gesto extranjero, torva la mirada, y talante fiero.
Llegaron pisando al dios que trajeron, olvidando todo aquello que aprendieron, en la santa iglesia, en el mundo viejo, el poder y el oro con la fe pudieron.
Mataron de a poco nuestro mundo nuevo, sembrado de flores era nuestro imperio, imperio que hoy cubren los hermanos muertos.
La sangre del indio regará tus caminos, por siempre hombre blanco pesará en tu cabeza, las vidas robadas en nombre del cristo que murió por todos, cazadores y presas.
La sangre del indio te sigue royendo las botas lustradas, tu conciencia y tu alma, conquistadorcito, no sirven las armas, contra el Dios supremo y su fija mirada.
Marcados a fuego por la cruel matanza, violaron mujeres y niñas y ancianas, tomaron la tierra, nuestra pacha mama, y la maltrataron cortando su chala, nos quitaron todo, no dejaron nada, ni siquiera nuestra dignidad amarga, ni siquiera el sol pegando en la cara, ni siquiera el tiempo para ver que pasa.
Soy de los vencidos el que está quedando, la ausencia, el silencio, el terror y el llanto, los gritos de niños, la sangre de antaño, el ave nocturna que robó mi canto, el gris aguacero del dios de los blancos, se llevó a mis hijos, se llevó mis años.
Soy de los vencidos el que aún no muere, hijo de temores y de malos tratos, de injusticias sociales, nagual sin poderes, el indio barato, portador de los males.
Caminando entre sombras se pintó la historia, la pintaron otros, para que otros vean, en grandes museos de la gran Europa.
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