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FANTASMAS
Andrea se despertó temblando. “Ha pasado otra vez”, pensó. Se levantó sigilosamente y se acercó a la ventana. Estaba una noche preciosa, ni una sola nube ensombrecía aquel paisaje de estrellas. Sin embargo, la chiquilla percibía el sonido del agua al estrellarse contra el tejado. Era una sola gota pero sirvió para que se le pusiera la piel de gallina. “Será una muerte violenta, una muerte con mucha sangre”. Apretó los labios y, de puntillas, salió a la terraza. Volvió a ver hacia el cielo y esta vez observó como se acercaba una nube negra, más oscura que las que lo cubrían en los días más lluviosos de invierno. El corazón se le aceleró pero sabía que estaba a salvo, ya le había sucedido antes por lo que no tenía nada que temer. Sin saber por qué echó a andar por el camino que transcurría por debajo de su casa. Era como un pasillo natural, como un ancho corredor que terminaba en un portal de piedra, ya medio derrumbado, de principios del siglo XVIII.
Cuando Andrea despertó era ya mediodía. Se levantó corriendo y preguntándose por qué su madre no la había avisado antes. Normalmente, si no se levantaba a su hora, su progenitora la llamaba, bastante enfadada, y le preguntaba si tenía pensado dormir todo el día. Pero en aquella ocasión no lo había hecho y eso le extrañó mucho. Recorrió toda la casa pero no encontró a nadie. Era normal que su padre no estubiera porque tenía que trabajar, pero su madre y sus hermanos no solían ir a ningún sitio por la mañana...En cuanto salió a la terraza comprendió lo ocurrido. Percibió unos gritos ahogados, un llanto pesaroso y recordó lo que le había acontecido la noche anterior.
Después de pasear durante más de una hora, la chiquilla volvió a la terraza. Desde allí pudo ver como la oscura nube se alejaba lentamente. “Ya ha pasado todo”, dijo, en voz muy baja, y se fue a la cama.
Andrea dudó un momento. Temía enfrentarse a lo sucedido, tenía miedo de descubrir que lo que había visto era cierto y no un terrible sueño. Sin embargo, ya no era la primera vez que le pasaba y era consciente de que si no iba nunca podría tranquilizar su alma. Subió corriendo las escaleras y acudió rápidamente a la casa de Sofía. No obstante, a medida que se acercaba su paso se iba volviendo más lento y sus piernas comenzaron a temblar. Sintió que no podría enfrentarse a la realidad, que no sería quien de soportar lo que se le venía encima, pero sabía que debía intentarlo. Respiró hondo y siguió caminando.
No fue necesario entrar en la casa. Desde donde estaba vio como un grupo de gente se amontonaba en la puerta llorando, gritando, hablando sin parar. Sólo se acercó un poco más, lo justo para ver que en el suelo se encontraba el cadáver, ensangrentado, de la que una vez había sido una gran amiga de su familia. Sofía yacía en el suelo, con el rostro desencajado, el cuerpo desfigurado y la ropa llena de sangre. Alguien vio a la pequeña y, rápidamente, la sujetó del brazo y se la llevó diciéndole que no debía ver aquello, que había sucedido algo terrible que ya comprendería cuando fuese mayor. Demasiado tarde, Andrea ya había visto aquella imagen que permanecería en su mente, totalmente nítida, durante el resto de su vida y con la que aprendería a convivir sin que despertase en ella ningún temor.
Al día siguiente, el alcalde del pueblo decretó que se mantendría el luto durante tres días. Era una aldea pequeña, de menos de cien habitantes, por lo que se conocían casi todos y era normal que tras la muerte de alguien se guardara el luto. Durante aquel tiempo los escasos establecimientos del lugar se mantenían cerrados o realizaban la menor actividad posible y los parientes o amigos más cercanos al fallecido permanecían en sus casas y apenas salían a la calle. La familia de Andrea se encontraba entre estos últimos por lo que la actividad en su hogar era escasa. Su madre lloraba constantemente ya que había estado muy ligada a aquella mujer desde su más tierna infancia. Todos sus hijos intentaban consolarla, todos menos uno. La pequeña de la casa sabía que todo aquello era inútil, que nada podría aliviar la pena de su progenitora ya que había perdido a la que había sido, durante toda su vida, su mejor amiga, su confidente, la madre que había perdido al nacer. A pesar de que sólo tenía ocho años, Andrea era más madura que cualquiera de sus hermanos. Había tenido que crecer de golpe para poder soportar lo que se le venía encima o, de lo contrario, habría perdido el juicio.
Se acercó a la ventana pero, tal como había hecho la noche anterior, decidió salir a la terraza. Se sentó en una de las escaleras, cerró los ojos y sonrió. Todavía recordaba el tranquilo rostro de su amiga, después de que la nube negra hubiera desaparecido, mientras le decía adiós con la mano, al fondo del camino, justo al lado del portal en ruinas. Después de aquello sólo la volvió a ver en otra ocasión, en una última aparición con la que logró sosegar el alma de la chiquilla.
Cuando Juan le dio la mano y le dijo que no debía ver aquello, Andrea dirigió la mirada, por última vez, hacia el cadáver. Sintió ganas de llorar pero, de repente, vio a su madre. Alguien le acariciaba suavemente la cabeza y le daba un beso. Alguien a quien la mujer no veía pero que su hija distinguía perfectamente. Sofía miró a la pequeña y le sonrió. Se acercó un dedo a los labios y, finalmente, le dijo adiós. “Adiós”, susurró la chiquilla y comprendió que no debía contar a nadie lo que había visto.
Al cabo de unas semanas ya todo había pasado. El pueblo había vuelto a la normalidad y, aparentemente, todo volvía a ser como antes. Sin embargo, aquel terrible suceso permanecía en la memoria de la gente que, en las noches más oscuras, recordaba a aquella vecina...que había sido brutalmente asesinada.
También para Andrea volvió la normalidad. Su vida seguía, a pesar de que tenía que convivir con un sexto sentido que la asustaba terriblemente. La pequeña había asimilado que era especial, que podía ver lo que otros ignoraban pero el sentimiento de culpa la abrumaba. No entendía porque, aún sabiendo lo que iba a pasar, no lograba evitarlo. Cuando recordaba la sincera sonrisa de Sofía al despedirse de ella se tranquilizaba. Sabía que su amiga no la culpaba porque ella sí comprendía que la niña no podía evitar lo que el destino, o Dios para algunos, ya había decidido.
Ya habían pasado unos meses cuando Andrea se volvió a despertar sobresaltada. Sin embargo, esta vez no se levantó. Permaneció tumbada, boca arriba, pensando en cómo sería esta vez. Sabía a quién le tocaba pero no podía decir nada. De todos modos, había comprendido que era inevitable por lo que la culpabilidad ya no la mortificaba como antes.
A la mañana siguiente, la muchacha volvió a sus quehaceres cotidianos. Cuando volvía del pilón, con la ropa recién lavada en una tina, se encontró con dos gatos que peleaban, furiosamente, delante del portal en ruinas que llevaba a su casa, justo enfrente de la puerta de su vecina. Uno de ellos era negro y el otro totalmente blanco. Andrea tuvo que esperar a que los animales terminasen para proseguir su camino. La pelea finalizó con la victoria del felino negro y la huída del humillado rival. La niña suspiró y volvió a casa.
Esa misma tarde, en la casa de al lado, Sabela puso un pie en falso al subir las escaleras y cayó de espaldas. Murió en el acto.
Durante el entierro, Andrea volvió a verla. Sin embargo, no aparecía sonriente como Sofía el día que se despidió, sino que parecía disgustada, triste. Aquella aparición se repetiría constantemente en las semanas siguientes. Cada vez que la niña pasaba por delante de la casa de la mujer, la veía. Daba igual que fuera de día o de noche, Sabela permanecía sentada ante su puerta o caminaba pesarosamente de un lado a otro. La chiquilla no entendía nada, era algo nuevo para ella. Normalmente podía ver el espectro del difunto una o dos veces, antes de que emprendiera el camino hacia algún lugar que sólo los que ya habían muerto conocían. Pero en esta ocasión no fue así. El fantasma de aquella señora se negaba a abandonar su hogar y esto asustaba terriblemente a Andrea que no entendía por qué no se iba.
En una de las ocasiones en las que la pequeña se cruzó con aquel ser de ultratumba, este se quedó mirándola fíjamente. La niña salió corriendo, aterrorizada, y tardó mucho tiempo en volver a aquel lugar.
Una noche, mientras cenaban, la madre anunció la llegada de su hermana. Era la única familia que le quedaba ya que su madre había muerto al dar a luz y su padre había fallecido en el frente, durante la Guerra Civil. Teresa se había ido a trabajar a la capital y sólo los visitaba una o dos veces al año. Para Andrea aquello era todo un acontecimiento ya que su tía era una persona muy especial para ella. Desde donde alcanzaba su memoria recordaba haber estado muy unida a ella, a pesar de la distancia. Era como una segunda madre con la que, a diferencia de la verdadera, podía hablar sin temor a meter la pata. Teresa nunca la regañaba, jamás le levantaba la voz. Se limitaba a explicarle por qué lo que había hecho estaba mal e intentaba que comprendiera que no debía volver a hacerlo. Por eso la niña la quería tanto, por eso y porque podía confiar plenamente en ella.
A la mañana siguiente todos fueron a recibir a la pariente. Como siempre, traía regalos para todos. Ese día, Andrea a penas pudo hablar con ella. Sus familiares acaparaban toda su atención ya que para ellos era muy interesante todo lo que aquella mujer les pudiese contar. La vida en el campo era monótona por lo que lo que sucedía en la capital constituía el tema principal de las conversaciones del pueblo durante las siguientes semanas o, incluso, meses.
Sin embargo, al día siguiente pudo disfrutar totalmente de su tía, al menos, durante unas horas. La chiquilla le contó todo lo que le había sucedido durante el tiempo que habían estado separadas...todo salvo aquello que más la preocupaba, su sexto sentido. A pesar de la confianza que le tenía, sabía que aquello era algo increible y que ni siquiera la persona más comprensiva del mundo lo podría entender. Seguramente pensaría que se había vuelto loca y hablaría con sus padres. Pero Teresa la conocía demasiado bien, mejor que su propia madre, y decidió que debía descubrir qué era aquello que había logrado apagar la alegre mirada de su sobrina.
Durante los días que permaneció en la aldea, la mujer se dedicó a observar a la pequeña constantemente. Difícilmente la perdía de vista y descubrió que Andrea ya no era la niña que ella había conocido. Casi no hablaba, apenas comía y se pasaba sola la mayor parte del tiempo. No jugaba, no sonreía y miraba continuamente hacia la casa de al lado. Teresa decidió acercarse a aquel lugar en busca de algo que le hiciese comprender el extraño comportamiento de la cría. Permaneció unos minutos ante la puerta de aquella vivienda tras los cuales, sonriendo, regresó al hogar de su hermana. El resto de la tarde lo pasó sentada junto a la ventana. Se encontraba sola en la casa ya que la familia estaba ocupada en sus tareas diarias por lo que tuvo tiempo de pensar en lo que iba a hacer.
Aquella noche, cuando ya todos dormían, Andrea y Teresa salieron a la terraza. Permanecieron en silencio durante un buen rato, hasta que la mujer se decidió a hablar. “Necesita tu ayuda”, susurró, manteniendo la mirada perdida en el infinito. La pequeña miró a su tía extrañada, no entendía de qué estaba hablando. Su amiga sonrió y le contó que se había ido a la capital porque tenía miedo, porque había llegado un momento en el que había sentido que ya no podía más, que debía cambiar de aires o, de lo contrario, perdería la razón.
-No sirvió de nada- le había dicho- vaya a donde vaya, siempre los veo. Están ahí y debo aceptarlo...sé que no me harán daño y he aprendido a convivir con ellos. Tú debes hacer lo mismo, debes asumir que eres especial...pero no tengas miedo...son inofensivos.
Andrea asintió, eso ya lo había entendido la noche en la que vio a Sofía junto al portal. Lo que no tenía claro era por qué Sabela todavía seguía allí. Su tía le explicó que, a veces, cuando alguien moría repentinamente, dejaba algo sin hacer. En ocasiones, el difunto quería terminar alguna tarea que para él era importante pero, a menudo, se trataba de cosas de lo más sencillas. Le contó, también, que cuando esto pasaba el alma no podía descansar en paz y por eso no podía emprender su viaje hasta terminar lo que había empezado. En aquel momento, la pequeña decidió ayudar a su vecina. No podía permitir que la pobre mujer no pudiese irse al mundo de los muertos por su culpa. Lo que no tenía muy claro era qué era aquello tan importante que Sabela debía finalizar. Aún así, se propuso ayudarla.
A la mañana siguiente, mientras los demás dormían, Andrea se acercó a la casa de al lado. No le costó mucho encontrar lo que buscaba. El espectro permanecía sentado en uno de los escalones. La chiquilla sintió miedo pero, recordando las palabras de su tía, prosiguió su camino. Cuando pisó el primer escalón el fantasma se levantó. Tranquilamente, entró en la casa. La pequeña intentó seguirla pero la puerta estaba cerrada. Rodeando el edificio, buscó una ventana por la que entrar. Cuando ya casi había perdido la esperanza, halló un pequeño ventanuco con el cristal hecho trizas. Aunque con cierta dificultad, logró entrar. Dentro reinaba la oscuridad. El polvo cubría los pocos muebles que los familiares habían dejado en la casa y el olor a humedad mareaba a la niña. Sin embargo, no se dejó acobardar. Se había propuesto terminar con el sufrimiento de aquella señora y no iba a desistir tan fácilmente. Temblando, recorrió el pasillo, sin saber muy bien hacia dónde iba. No tardó mucho en encontrar al espectro, pues la estaba esperando junto a la puerta de entrada. El extraño ser prosiguió su camino en cuanto vio a la chiquilla. La condujo escaleras arriba y, ya en el último piso, entraron en un pequeño cuarto, al fondo del corredor. Estaba oscuro pero, gracias a un rayito de sol que entraba por una rendija, Andrea pudo distinguir una cuna, algunos muebles más y unos cuantos peluches viejos. La difunta se paró delante de la cuna y señaló el interior. Dentro, en medio de unos cojines, había una pequeña urna dorada. La muchacha la cogió aunque no sabía qué debía hacer con ella. En aquel momento, estuvo a punto de echarse atrás. Sin embargo, recordó las palabras de su tía y decidió terminar lo que había empezado. El fantasma comenzó a andar de nuevo. Salió de la casa y esperó a que la niña hiciese lo mismo.
Aquella noche, tía y sobrina volvieron a salir a la terraza mientras todos dormían.
-Sólo quería que llevase una urna a su tumba. Yo no entendía por qué pero esta tarde, hablando con mamá, he descubierto que Sabela tuvo un hijo que murió con poco más de dos años. Según ella, era la única compañía que tenía y por eso pidió que lo incinerasen...para poder mantenerlo a su lado.
Desde esa noche, Andrea no volvió a temer aquellas apariciones. Aprendió a convivir con ellas. Ya no le extrañaba saber quién iba a morir antes de que el propio difunto lo supiese ni temía a los espectros que se despedían del pueblo antes de emprender su viaje.
Una noche, poco antes de su diecisiete cumpleaños, la muchacha vio a su padre paseando por aquel pasillo natural que llevaba al portal en ruinas. Era raro que su progenitor anduviese por allí a aquellas horas por lo que la chica se acercó y le preguntó que ocurría. El hombre no contestó, ni siquiera miró a su hija. Andrea sintió como se le helaba la sangre, notó como el corazón se le encogía y los ojos se le llenaban de lágrimas. No era su padre, sólo una parte de él que se despedía de todo aquello que tanto trabajo le había costado conseguir, de todo lo que ahora debían cuidar sus hijos. La joven apretó los labios, reprimiendo el llanto. No debía molestarlo o, de lo contrario, no podría irse en paz. Se fue a su cuarto, comprendiendo que nunca más vería a su padre con vida. Sin embargo, se equivocó. A la mañana siguiente nada había cambiado en su hogar. Cada quien se ocupaba de sus cosas, incluido el cabeza de familia, que acudió a trabajar como todos los días. Andrea no entendía qué había ocurrido y acabó pensando que se trataba de un mal sueño. Pero la visión se repitió. En cuanto todos se acostaban, la chiquilla bajaba al camino y observaba como el ente paseaba, tranquilamente, de un lado a otro. Al cabo de un rato, se iba a la cama, consternada y confusa, preguntándose qué era lo que estaba pasando. Dos noches después de la primera aparición, cuando ya casi estaba dormida, notó como una mano le acariciaba la cara. Intentó abrir los ojos pero no lo logró, sus párpados permanecían sellados y, por más que lo intentó, no logró ver quién la acariciaba. Aún así, notó como el corazón se le aceleraba y como las lágrimas resbalaban por sus mejillas. El desasosiego se coló entre sus sueños y la mortificó hasta la mañana siguiente.
Andrea se despertó sobresaltada. Alguien lloraba en el cuarto de al lado. Permaneció unos minutos tumbada en la cama, hasta que logró asimilar lo que había sucedido. No necesitaba levantarse para saber qué había ocurrido. Lloró durante un largo rato, pero no por la muerte de su padre sino porque recordó lo que había sentido mientras dormía. Era él quien la acariciaba, quien le decía adiós. Sin embargo, ella no había sido capaz de abrir los ojos, no había podido despedirse de él tal y como había hecho con los demás.
Durante el entierro, Andrea intentó hablar con su tía, que había regresado al pueblo nada más enterarse de la terrible noticia, pero no lo logró. Teresa estaba demasiado ocupada consolando a su afligida hermana como para percibir la desazón de su sobrina. La chiquilla tuvo que esperar a que llegase la noche y a que todos durmiesen para contarle lo sucedido.
-No pude despedirme de él, no conseguí abrir los ojos...
Su tía sonrió, le acarició el pelo y susurró:
-A lo mejor no quería que lo vieses, no quería ser como los demás...quizá lo que pretendía era que sintieses cuánto te quería.
Texto de fanicf agregado el 08-11-2007. La Página de los Cuentos - www.loscuentos.net
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