Pareciera que el sol se oculta de este lado cada vez que puede.
Soy un árbol, vivo en medio del páramo, crezco en medio de la nada, y de la nada hago algo. Hace unos meses algunas de mis ramas se secaron, pues no fueron capaces de alcanzar el sol de ocaso.
Pero eso no fue todo, mi mala suerte siguió su curso intensificándose, un día, cierto hombre pasó a mi lado, se detuvo frente a mí contemplándome, de pronto vi en su rostro la ira, y temí, pues se desquitaría sobre mí. Arrancó parte de mi corteza, haciendo que mi agonía se fuera acelerando, pues la gente no entiende que la necesitamos.
Agonicé cada una de mis dolencias, no producía hojas, menos frutos, sólo desfallecía inminentemente en el desnudo de mis ramas…fue el invierno más frío que haya soportado. Ser leña era mi anhelo.
Hace poco menos de un mes el mismo hombre pasó por mi lado, me miró con rostro dolido, percibí que quizás estaba arrepentido. Lloró a mi lado, buscó en los alrededores el trozo de corteza que había arrancado, entendió que era parte de lo que me protegía y daba vida, pero sólo pudo encontrar algunos pedazos, el resto prácticamente se había desintegrado, como pudo los unió y sujetó en mi herida, pero fue imposible pegarlos, pues uno a uno volvían a caer al lugar por donde los había tirado. Rompió su camisa para tratar de cubrir el vacío, una y mil formas que no dieron resultado.
Así entendió que cuando algo que es parte de nuestra propia consistencia se ha roto, es imposible volverla a su sitio para que germine nuevamente. Si bien no he muerto, aún hay una parte de mí que no ha vuelto y en la sequedad de mis días espero el momento en que la naturaleza me devuelva la vida por completo…
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