El blanco realzaba el rosa de sus mejillas maquilladas. Sus suaves labios sólo llevaban un toque de brillo. Las pestañas curvadas y ennegrecidas, su piel de porcelana, sus negros cabellos caían en perfecta armonía sobre sus hombros decorados con sutiles ilusiones en tela.
Su vestido era blanco, puro e impecable, a pesar del exceso de ropajes, se veía perfecta.
Su silueta aunque escondida aparecía en los bordados y piedras cocidas una a una en el largo de la tela.
Entre sus manos un hermoso ramo de rosas albas, en donde sobresalía un tulipán azul.
Cada detalle en su lugar. Nada podía fallar en ese día. Todas las tradiciones debían aparecer:
Algo azul, el tulipán; algo prestado, el rosario que abrazaba su muñeca; algo nuevo, el vestido; algo regalado, los zapatos; algo usado, los aros, algo robado?
eso faltaba…
¿Qué podría robarse de esa sala? Pues nada, si dos días antes le habían robado lo más preciado, la vida.
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