La mudanza
Juan conduce sin prisas al atardecer por una ancha avenida y con la lluvia encima que rebota contra el techo de su vehículo.
En ese mismo instante, en la sala de un local, Enrique asiste a un entierro; aguarda ya levantado con otros en fila para ofrecerle su pésame a los padres del difunto que permanecen sentados a la cabecera de la larga mesa donde acaba de celebrarse el banquete tras el sepelio. Los presentes esperan silenciosos o hablan a susurros en la sala a oscuras, alumbrada solamente por las velas de los candelabros que comienzan a consumirse una detrás de otra y Enrique observa a través de la ventana cómo oscurece sobre el cementerio mientras la lluvia golpea en los cristales.
La lluvia arrecia y Juan sube el volumen de la radio; aparentemente nervioso enciende un cigarrillo y la lumbre ilumina su rostro. Es ya de noche y el aguacero le impiden ver con claridad. Mira a través de los cristales empañados y lo único que distingue es el resplandor que emana de la avenida y unos cuantos metros de asfalto mojado delante del morro de su auto. El limpiaparabrisas oscila en un monótono baile apartando diminutos torrentes de agua y entre sus escobillas aparece al doblar la esquina una sombra inesperada. Juan logra frenar a tiempo y su vehículo se detiene con un chirrido a escasos centímetros de la sombra que alumbrada por los faros se transforma en una anciana con la cabeza embutida en un paraguas. Juan apoya la frente sobre el volante con el eco del frenazo todavía en los oídos, pero cuando vuelve a alzar el rostro la mujer ha desaparecido y por una fracción de segundo se contempla a sí mismo con el cuerpo hecho pedazos, atrapado en su propio vehículo en llamas.
Enrique se encuentra delante de los padres del difunto, es su turno; la madre tiene el rostro lloroso hundido en un pañuelo y el padre mira al vacío con ojos enrojecidos al mismo tiempo que le ofrece la mano y Enrique se despide después de expresar cohibido su pésame. A continuación huye del local con el remordimiento en los talones, y una vez en la calle, aligera el paso bajo la lluvia y se pierde entre la multitud; sólo desea llegar a a su casa y echarse a dormir, a veces es mejor no pensar.
Juan da marcha atrás para aparcar delante de un portal cuando oye un golpe sordo; acaba de dañar el vehículo estacionado a sus espaldas. Incómodo baja la ventanilla y observa a los pasantes. La calle está abarrotada y sin embargo nadie lo increpa y la gente pasa de largo. Juan vuelve a aparcar al otro lado de la calle, la cruza y camina por la acera hasta que ingresa por la puerta giratoria en el portal de antes.
A oscuras Enrique entra en su nuevo apartamento, lanza los zapatos en un rincón, arroja la gabardina sobre un sillón y se echa en el sofá. Un profundo cansancio lo invade , pero sus ojos permanecen clavados un instante en la esquela mortuoria del periódico antes de quedarse dormido.
El conserje lee de pie el periódico extendido sobre el mostrador y Juan lo saluda al pasar:
__ Hola, buenas tardes Thomas...
El portero lo ignora, ni siquiera alza la vista y Juan se gira y lo mira extrañado. Entra en el ascensor y pulsa el botón del octavo. El elevador asciende con un lento ronroneo y Juan comienza a jugar con en el manojo de llaves hasta que advierte que le sudan las manos. Antes de llegar al octavo escucha una voz apagada:
__ Pobre hombre, pobrecito...Era tan joven...
Es la vecina del séptimo y Juan la observa a través de las rejas del ascensor. La mujer limpia su rellano y con frecuencia mueve triste la cabeza mientras prosigue con su soliloquio.
Introduce las llaves en la cerradura y al abrir la puerta se tropieza con un pozo de negrura; Juan permanece indeciso sin atreverse a entrar, el miedo se refleja en su mirada. Finalmente se decide y cruza el umbral encendiendo la luz del recibidor para llevarse un susto de muerte; sobre el sofá del living distingue la espalda de un desconocido que parece dormir a pierna suelta. Sobresaltado Juan duda, no sabe lo que hacer y no se atreve a despertar al extraño; sigiloso retrocede unos pasos y sacando su móvil marca el número de la policía, pero no escucha señal alguna y exasperado se acerca al teléfono y lo vuelve a intentar. Mientras espera a que alguien le responda al otro lado de la línea el desconocido se revuelve en sueños y Juan lo reconoce. Es Enrique, un compañero del trabajo y Juan se acuerda de haber charlado con él en una fiesta en su casa no hace mucho. En aquella ocasión ambos contemplaban desde su balcón la cuidad a sus pies con un vaso de vino en la mano y Enrique le rogó que si algún día se le ocurría cambiar de domicilio no dudara en decírselo pues le encantaría tener una vivienda tan central y con tan buena vista.
Juan espera, pero por segunda vez nadie responde a su llamada. Gotas de sudor frío se deslizan por su frente y de repente deja caer el teléfono que se estrella contra el suelo. Asustado comienza a contemplar el piso; los muebles, la decoración, todo ha cambiado, incluso hasta el color de las paredes. Con expresión atormentada busca algo, algún objeto que le recuerde a su hogar, cuando su ojos se quedan clavados en la esquela mortuoria del periódico doblado sobre la mesa...
†
Rogad por el alma de
Juan Diego Mendoza
y que Dios lo acoja en su seno,
fallecido el pasado día 23 de Abril
por un golpe del destino en accidente de tráfico
a la edad de 35 años
E. P. D:
Churruka |